Hablaré de una actitud que no entiendo y reporta una revista italiana. Rima Fakhri tiene 40 años, es madre de cuatro hijos e ingeniera por la Universidad Americana de Beirut. Y allí milita en el partido extremista islámico Hizbulah, chií, donde dirigió su rama femenina y ahora se sienta en su buró político, primera y única mujer entre hombres. Lo que juzga así: "Mi nominación desmiente la imagen de un Hizbulah conservador y fanático. Mi naturaleza y personalidad se edifican alrededor del islam, y en tanto que mujer militante debo separar mis sentimientos íntimos de mis convicciones políticas".

Incluso detesto a quienes se adscriben a una patria, religión o ideología que les niega como individualidad y hasta les castiga, sea en Catalunya o el Líbano. En cambio, comulgo con algo que concurre en otra mujer: Drew Faust, de 59 años, madre de dos hijas e historiadora, que acaba de acceder a la presidencia de la prestigiosa Harvard, con sus 2.500 profesores. A la par, también cuentan con presidentas universidades de EE. UU. como Princeton, Pennsylvania, Brown o el famoso Massachusetts Institute of Technology.

Pero mujeres son igualmente Hillary Clinton y Condoleezza Rice, botones de muestra de cómo la mujer accede allí a los más altos cargos.

Y en concreto a los políticos, en Europa acaso sea Suecia donde la fémina figura más. Así Mona Shalin es presidenta del Partido Socialdemócrata; Wanja Lundby-Wedin, líder de la confederación sindical; Maud Olofsson, ministra de Industria; Beatrice Ask, de Justicia; María Larsson, de Sanidad, etcétera. Y si fue la izquierda la que impulsó esta ascensión, ahora la derecha parece reservada ante ella.

Aunque otros países ese feminismo ha estado a la derecha: Angela Merkel en Alemania, Margaret Thatcher en Inglatera... En España, las iniciales mujeres notorias en política fueron también de izquierda y republicanas, como la socialista Victoria Kent o la anarquista Federica Montseny. A las que traté en su exilio, a Kent en Nueva York, con su compañera, de la familia propietaria de la fábrica de papel del dólar, y a Montseny en Toulouse con su melosa gatita Sirikit. Aunque ahora derecha e izquierda, y el vasquismo, incluyen a féminas en la cúpula. Ahí sólo el catalanismo sigue misógino.

Pero esa lucha por la igualdad no termina, espanta cómo la mujer es despreciada en cuanto a salarios y puestos dirigentes. Y ha pasado eso de la miss Cantabria descalificada del concurso de belleza por tener un hijo: como en tanto empleo donde echan o marginan a la madre por serlo. Y sobre la maternidad publica un breve libro, Per què parir (Ara), duro y tierno testimonio, expresivo, la periodista Anna Grau.