Ser usuarios de Renfe nos permite ser muchas cosas a la vez. Además de ser clientes impunemente burlados, practicantes forzosos de insólitos deportes de aventura e impuntuales redomados, ahora podemos convertirnos en miembros de una nueva minoría marginada y penalizada. No es una hipótesis, es una conclusión seria que les brindo tras haber leído, en La Vanguardia del pasado viernes, la preocupante historia de la señora Irene Sanjuán, profesora de francés que fue eliminada de un proceso de selección para un empleo cuando se descubrió su terrible estigma: debía desplazarse diariamente desde su casa en Segur de Calafell hasta el lugar de trabajo en el centro de Barcelona y pretendía hacerlo -ingenua ciudadana- en los trenes de cercanías de Renfe. Aplicando los métodos preventivos más clásicos, los seleccionadores de personal descartaron a la señora Sanjuán por este motivo. Su argumento es irrebatible: saben que los retrasos de cercanías son frecuentes y en su negocio la puntualidad es fundamental.

¿Puede crear precedentes este caso? Si las leyes o el Síndic de Greuges no lo impiden, seguro. De hecho, yo también me siento estigmatizado como la señora Sanjuán, aunque todavía no me han despedido por este motivo. Dices que te mueves con Renfe y te miran como si tuvieras una enfermedad contagiosa. "Ahí van los apestados que viajan en tren, que alguien se apiade de sus almas", piensa el resto de los mortales. Ves en los ojos de los demás una mezcla inefable de compasión, asco y coña cuando das cuenta de tus peripecias sobre raíles. Pero queda la satisfacción de saber que los viajeros de Renfe cumplimos una cierta función reguladora para el equilibrio del sistema. Afortunadamente, la discriminación contra las mujeres y contra las personas negras va retrocediendo, a fuerza de acción legislativa y de presión social, pero ahí estamos nosotros, los amigos de Renfe, para poner en evidencia que la injusticia escoge nuevas víctimas. Cuando ya nos hemos rebelado contra la discriminación laboral de las mujeres que deciden ser madres, alguien afirma que moverse en cercanías es un factor de clara exclusión en el trabajo.

Mientras asumo que todos podemos ser tratados como la señora Sanjuán, me golpea la cabeza la palabra competitividad. El estigma del viajero de cercanías, a la vista del paro preventivo que algunos ya aplican, es no ser lo bastante competitivo. Ironías: queremos aeropuertos transoceánicos para hacer grandes negocios pero alguien pierde oportunidades porque los trenes no son de fiar.