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28 Marzo 2007

Depresiones, flagelo de esta época, de Luis Hornstein en La Vanguardia

DEBATE

Después de la sociedad industrial y la del ocio, se ha instalado la sociedad depresiva. Mal medicados o automedicados, los antidepresivos devienen píldoras milagrosas. A los ilegales se agregan los toxicómanos legales. Y no son especulaciones. Es el pronóstico de la Organización Mundial de la Salud: "Se espera que los trastornos depresivos, en la actualidad responsables de la cuarta causa de muerte y discapacidad a escala mundial, ocupen el segundo lugar, después de las cardiopatías, en el 2020". Y son datos de la OMS: 121 millones de personas padecen depresión; 37 millones, la enfermedad de Alzheimer; 50 millones, epilepsia, y 24 millones, esquizofrenia.

Agréguese el costo económico de las depresiones. El Journal of the American Medical Association lo estima para Estados Unidos, en 48.000 millones de dólares anuales. El número se queda corto, no incluye los gastos derivados: hospitalizaciones, consultas y pruebas diagnósticas por afecciones médicas (depresión enmascarada).

Los intereses sectoriales, científicos o empresariales, apelan cada uno a un reduccionismo (biologicismo, psicologismo, sociologismo, etcétera). Únicamente evitando simplificaciones es posible entender el desequilibrio neuroquímico y al mismo tiempo la acción conjunta de la herencia, la historia, la vida actual, los conflictos, el contexto social y los estados del cuerpo.

Reconocer los aspectos químicos de las depresiones no implica desconocer los psíquicos ni los socioeconómicos. Pero postular que las depresiones son sólo biológicas es científicamente falso y humanamente peligroso. En el mundo las depresiones tienen que ver también con el desempleo, la marginación, la pobreza extrema y la crisis en los valores e ideales. Condénese al 40% de la población a condiciones infrahumanas y se verán los límites del cientificismo.

Los deprimidos presentan una visión pesimista de sí mismos y del mundo, así como un sentimiento de impotencia y de fracaso. Hay pérdida de la capacidad de experimentar placer (intelectual, estético, alimentario o sexual). La existencia pierde sabor y sentido. Muchos hombres deprimidos pasan inadvertidos porque en vez de silencioso abatimiento muestran el ruido de la violencia, el consumo de drogas o la adicción al trabajo. Es que la depresión no existe. Existen las depresiones. Un amplio rango de humores y de expresiones afectivas: agobiados en busca de estímulo, ansiosos en busca de calma, insomnes en busca de sueño. El agobio se expresa en la temporalidad (no tengo futuro),en la motivación (no tengo fuerzas)y en la propia estimación (no valgo nada).Se sienten abrumados por cierta desesperanza que les impide contar con la energía necesaria para formular nuevos proyectos y dejar de merodear, nostálgicamente, por las cenizas del pasado. Sin anticipación del futuro, no hay proyecto. La ilusión se doblega ante la nostalgia.

Para entender las depresiones y contrarrestarlas es capital el concepto de autoestima. Por razones de espacio, me limitaré a describirlo como un estuario. Desembocan en la autoestima: la historia personal, las realizaciones, la trama de relaciones significativas, pero también los proyectos individuales y colectivos que desde el futuro nutren el presente. Con tantos afluentes, la autoestima es turbulenta, inestable y precaria al perderse anclaje cultural.

La de ozono no es la única capa que se está dañando. ¿Qué tal si a la ecología ambiental le agregamos una ecología social? En una cultura del éxito y de la acción individual es necesario ser el primero para no ser el último.

Las depresiones componen la cara oscura de la intimidad contemporánea. Depresiones en vez de ese desparpajo, esa calma chicha que supuestamente traía el fin de la historia,happy end inventado por la restauración neoconservadora. Pero los lamentos sólo perpetúan el statu quo. Se trata de asumir protagonismo ciudadano en debates y acciones que conciernen a la salud pública.

LUIS HORNSTEIN, médico y psicoanalista © Clarín.

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