LA división de IU de Asturias en dos bloques de desigual tamaño, los seguidores de Gaspar Llamazares representando el 80% y el 20% restante agrupados en torno a Francisco Frutos, se ha verificado. Los mayoritarios, liderados por Jesús Iglesias, han arrebatado a los críticos el control de la organización de Oviedo, recurriendo al uso de medidas disciplinarias, mientras que la minoría represaliada ha utilizado los mismos métodos para desalojar a los 'llamazaristas' del poder en el seno del Partido Comunista de Asturias (PCA). Ahora sólo falta que se consume el proceso con el ritual de las expulsiones: los comunistas seguidores de Francisco Frutos dejarán de pertenecer a IU y los 'llamazaristas' perderán el carné del PCA.

Basta echar una mirada rápida a la historia del Partido Comunista y de IU para darse cuenta que las rupturas internas son el rasgo diferencial de esta familia política (en el fondo, se trata del mismo grupo, ya que el PC es la columna vertebral de IU). En todos los partidos hay disensiones internas, pero casi siempre quedan integradas o amortiguadas por las decisiones de los órganos de dirección, mientras que en el PC y en IU, la ruptura es un ingrediente de su dinámica interna. Para no hacer una relación muy prolija, veamos lo que pasó con los tres principales dirigentes de este grupo en la democracia.

Si hay dos líderes políticos descollantes durante la transición, esos son Adolfo Suárez y Santiago Carrillo. Pues bien, hoy, al nonagenario ex dirigente comunista sólo lo festejan Zapatero y los socialistas, porque en el PC y en IU lo cubre un manto de silencio. El caso de Gerardo Iglesias es aún más ominoso, ya que sufrió el vacío sistemático de los dirigentes de IU. Llegados a este punto no me resisto a relatar una anécdota que me contó un amigo hace un par de años.

Entró Gerardo Iglesias en una cafetería, estando casualmente en una mesa del local tres de los principales dirigentes regionales de IU. El ex líder nacional de IU fue directamente a atender una urgencia, y al volver a la barra del establecimiento se percató de que ya no había nadie de la coalición en la cafetería. Sin comentarios.

Vamos con el tercer ejemplo, Julio Anguita. Lo acabamos de ver en fotos, pero no por sus tareas políticas, sino por los avatares del corazón. El carismático califa no realiza ningún trabajo político para la dirección federal de IU, es un hombre caído en desgracia, no se lo cita nunca en los discursos. El día que Gaspar Llamazares abandone la coordinación general de la fuerza política sufrirá el mismo proceso de apartamiento que sus antecesores. Veamos ahora lo que pasa en las otras dos formaciones nacionales, PSOE y PP. Es de sobra conocido que para la vieja guardia socialista el núcleo de la estrategia política de Zapatero (revisión de estatutos de autonomía, proceso de paz) despierta todo tipo de suspicacias y recelos. Sin embargo, ahí está Alfonso Guerra presidiendo la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados, y Felipe González haciendo declaraciones contra el PP. Por no hablar del comisario europeo, Joaquín Almunia, antecesor de Zapatero en la Secretaría General del PSOE, o de Josep Borrell, ganador del único proceso de elecciones primarias vivido a escala nacional, trabajando en la Eurocámara. Nadie cayó en desgracia. Algunos dejan sus cargos, como hizo José Bono, para distanciarse de Zapatero, pero no hay indicio de hostilidad entre las partes.

En el caso del PP, otro tanto. Las opiniones políticas de Fraga Iribarne no despiertan entusiasmo en el equipo de Rajoy y, sin embargo, el 'león de Villalba' tiene escaño en el Senado. Aznar mantiene opiniones políticas más duras y agresivas que Rajoy, pero el ex presidente suma dentro de su fuerza política. Podríamos poner muchos más ejemplos, pero es ya el momento de preguntarse por qué sólo en IU las diferencias políticas llevan sistemáticamente a la ruptura.

El desencanto

Antes de hacerlo, añadamos un rasgo que hace más paradójica la situación. En IU y en el PC, siempre se recuerda el pasado con un tono épico (la defensa de la II República durante la guerra civil, la lucha antifranquista, la campaña contra la OTAN, etcétera), mientras que en el PSOE y el PP, el pasado cuenta menos. Curiosamente, los que tienen un discurso más añorante son los que derriban las figuras del pasado glorioso. Ya tocamos el punto sensible.

La lucha del PCE durante la Dictadura recibió como pago la muerte de Franco en la cama, rodeado del equipo médico habitual, y en las primeras elecciones generales, los comunistas, que habían liderado la lucha antifranquista, recibieron como recompensa el 9,2% de los sufragios. El famoso desencanto del final de los años setenta tenía rostro de militante comunista. Por si el desafecto de la gente no fuese poco, llegó luego la caída del Muro de Berlín para hacer dudar sobre la solidez de la doctrina. La izquierda de la izquierda aspiraba a avanzar hacia la sociedad sin clases, hacia el fin de la historia, pero se interpuso Fukuyama para decir que el fin era esto: el mercado, la democracia formal. Ningún grupo político vio que el mundo giraba tan en contra de sus predicciones, como los partidos comunistas.

Fricciones

Las guerras de poder y las fricciones se dan en todos los grupos, pero sin prestar atención a este malestar colectivo que envuelve la vida diaria de IU, no se entenderían las rupturas internas. En la segunda parte de su autobiografía, 'Casa del Olivo', Castilla del Pino relata cómo los golpes del destino «desintegran el grupo familiar». Una reflexión que se puede extrapolar a IU.

Expuesta la causa de fondo, ya estamos autorizados para decir tres cosas sobre la rabiosa actualidad: 1) La participación en los gobiernos es la medicina contra la crisis existencial de IU. 2) Sólo las necesidades del liderazgo nacional de Llamazares explican el desatino de esta guerra interna en vísperas electorales. 3) La gestora de IU en la capital es un balón de oxígeno para el PSOE, porque el grupo socialista del Ayuntamiento de Oviedo y la AMSO alcanzan el récord de incompetencia entre la izquierda española.