Unos lectores y el editor Joaquim Palau me recuerdan lúdicamente que André Malraux se montó por escrito un Museo Imaginario, y me sugieren que lo repita como juego con el arte catalán moderno. Es una idea, vamos allá, contando con que este panel de nombres, y en una breve columna, se tome sólo como sugerencia, no como canon, y además en detrimento de los ausentes. Aunque creo en mi panel, sí.
Desde la perspectiva internacional, cuatro extraordinarios nombres dominan el periodo: el insidioso y audaz Dalí, aunque pendiente de cierta aquilitación; Miró, encumbrado en su lenguaje lírico, astral y único; Tàpies, ya en todos los museos pero cuya intensidad se impondrá aún, y Gaudí, con su magmática potencia oscura, más de escultor que de arquitecto.
Después están el fastuoso Anglada Camarasa, Ramon Casas elegante, el austero y denso Isidre Nonell, Joaquim Mir vibrante, el delicado Joaquim Sunyer, el abrupto Manolo Hugué, Leandre Cristòfol con sus airosas fantasías, Miquel Villà en su solidez... Y ya llegamos a Joan Ponç en su endiablado dibujo, al munificente pincel de Cuixart, al amargo J. M. de Sucre, a Guinovart en su terraqueidad, al cerebralista Subirachs anterior a la Sagrada Família. A los que siguen en el tiempo Arranz Bravo, Plensa, Perejaume, Julio Vaquero, obras en marcha y ya resueltas. Entre otras que mi impreparación me impide citar.
Y panorama global éste sobre el que asoman dos antecedentes decimonónicos: el sensorial hervor de Fortuny y el melancólico Modest Urgell. Y dejo al margen nombres que otros valorarán más, supongamos del sensual Pruna los primeros cuadros, y los de Togores entonces a la altura de una Lempika; pero ambos se adocenaron; José María Sert, cuyo gigantismo es mejor de lo que se dice; y Clavé, que siendo bueno no es superior; Josep Clarà, sensible y convencional; ¿y debe rescatarse al centelleante José Viola, y contar más con la expansiva valoración de Hernández Pijuan? Etcétera.
Pero no incluiría a los iniciales Picasso y Torres García como catalanes, se fueron porque desbordaron el ámbito local; pero ¿habría que incluir a la deliciosa Olga Sacharoff y a la poética abstracción de Willy Faber? Y resulta excesivo querer apoderarse de Miquel Barceló porque es mallorquín, como lo sería intentarlo con Manolo Valdés por valenciano. Y ahí el tema sigue siendo dónde situar el formidable rosellonés Arístides Maillol, que coteja sin merma su clasicismo con las vanguardias y es consagrado por Malraux.
Un museo el nuestro, pues, nada imaginario sino real y subyugante. Más que la política del país en el mismo siglo, a la que dedicamos infinitamente más pasiones.

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