LA NUEVA AGENDA

Los quebequeses cambiaron su mapa político hace cuatro años. El soberanista Partido Quebequés, en el poder provincial desde 1994, fue derrotado por los federalistas liberales de Jean Charest, con lo que la posibilidad de otro referéndum sobre la soberanía de la provincia francófona de Canadá, que sería el tercero desde 1980, desapareció del horizonte político. Ahora, Quebec irá a las urnas el 26 de marzo, y los sondeos indican que los quebequeses, cansados de la interminable querella constitucional, no quieren otro referéndum y darán una vuelta inédita al mapa.

Las elecciones del 2003 cerraron una etapa en la que los soberanistas rozaron la gloria y acabaron sacrificando a sus dirigentes más emblemáticos. Primero, René Levésque, líder histórico del movimiento surgido en la década de 1960, les condujo a un referéndum que perdieron con el 60% de los votos en contra. Después, Jacques Parizeau, de retórica incendiaria, quemó sus naves en el plebiscito de 1995, cuando los soberanistas acariciaron el éxito, del que sólo les separaron 50.000 votos. Lucien Bouchard, más pragmático, tomó el relevo, pero también se agotó con el trabajo de Sísifo. La piedra, después de haberla subido hasta lo más alto, volvió a rodar, y entonces le llegó el turno a Bernard Landry, que fue derrotado por Charest.

Charest lo ha sido casi todo en la política canadiense, dominada por liberales y conservadores. Primero fue conservador, pero cuando el partido se hundió en los años noventa y los soberanistas estaban en lo más alto, rozando la separación, los empresarios canadienses invitaron a Charest a encabezar a los liberales de Quebec como última baza federalista. Y Charest respondió. Bilingüe perfecto, sus adversarios le tildaban de sucursalista (à quattre pattes ante Ottawa), pero la derrota soberanista fue sonada, y eso que el sistema electoral mayoritario les resulta favorable. El voto federalista se concentra en Montreal, donde reside el 45% de los 7,6 millones de quebequeses y la mayoría de los anglófonos, que son el 9% de la población.

¿Qué pasará el próximo lunes? Por primera vez en más de cien años, Quebec puede tener un gobierno minoritario. En los últimos cuatro decenios, a ningún gobierno saliente se le ha negado la victoria. Y Charest, según los sondeos, puede ser reelegido. Pero la novedad es que la tradicional pugna entre liberales federalistas y soberanistas la ha modificado un tercero en discordia, Acción Democrática de Quebec, populista y autonomista (ni federalista ni soberanista).

Las razones de este cambio de escenario son tres, evidentemente. Primero, porque el liberal Charest no ha acabado de levantar cabeza pese a la ayuda que Ottawa le ha proporcionado hasta el último momento. Segundo, por los problemas existentes en la casa de los soberanistas, donde Landry ha sido reemplazado sin gran éxito por André Boisclair, dispuesto a convocar otro referéndum si gana estas elecciones y, al mismo tiempo, criticado por los conservadores sociales por airear su condición de gay. Y tercero, porque Acción Democrática, liderada por Mario Dumont, se ha beneficiado del cansancio por la querella constitucional. Crítico con las elites, populista en inmigración, con gancho en las áreas rurales y contrario a convocar otro referéndum, Dumont, de 37 años, ha triunfado en la campaña electoral y ha situado a su partido al nivel de federalistas y soberanistas (los tres en torno al 30%).

La idea que los soberanistas tienen del primer ministro canadiense, Stephen Harper, líder del Partido Conservador, es más o menos la que en Catalunya se tiene de Aznar. A su condición de conservador social se añade la antipatía con la que las provincias del oeste, donde reside su fuerza electoral, contemplan a Quebec. Pero Harper, una vez en el poder, ha cambiado. Los anglófonos del oeste no quieren la soberanía, pero tienen algo en común con los soberanistas quebequeses: despotrican del federalismo centralista de Ottawa. Esta coincidencia se ha traducido en una actitud más conciliatoria, económica y políticamente, hacia Quebec por parte de Harper, interesado en apoyar a los federalistas. Ottawa ha anunciado esta semana un presupuesto para el periodo 2007-2008 en el que se han aumentado considerablemente las transferencias a las provincias, y el 55% de los canadienses considera que la gran beneficiada ha sido Quebec. Harper, además, logró el pasado otoño que el Parlamento canadiense reconociera a Quebec como "una nación dentro de un Canadá unido". Pero los soberanistas atribuyen este talante de Harper, como pasó con el primer Aznar, al hecho de que su gobierno es minoritario.

Una victoria de los soberanistas volvería a situar a Quebec como primer asunto político canadiense. Pero la ventaja parece tenerla Charest, cuya victoria también sería un triunfo de Harper, porque, al fin y al cabo, las elecciones las habría ganado un federalista. Y un gobierno minoritario, sea cual sea su color, también confirmaría que el tercer referéndum sobre la soberanía no es ahora la primera preocupación de los quebequeses.