Y ya van cuatro años de la infamia de la guerra de Iraq, una guerra basada en mentiras y por oscuros motivos geoestratégicos de una política regida por unos mandatarios codiciosos y sin escrúpulos. Una guerra vendida como el combate del bien contra el mal para que el miedo de las gentes -cultivado ex profeso- no pusiera obstáculos para su realización. Y así es como Bush con sus lacayos Blair y Aznar, subyugados por el poderío que en su mísero imaginario representaba el jefe del país más poderoso del mundo, empezaron la destrucción de un país entero que tenía la mala suerte de poseer petróleo.
Hoy, en un telediario se han cifrado en más de 750.000 los muertos en esa guerra, entre militares y civiles. En esa cifra se incluyen las personas muertas directa o indirectamente por la guerra y su entorno. A las explosiones diarias de coches bomba hay que añadir todas las personas que, debido a la guerra, enferman por falta de cuidados médicos o de medicinas, por la destrucción y degradación de los hospitales, por la penuria y el hambre, por la falta de agua potable. La sociedad civil iraquí quiere que se marchen las tropas ocupantes porque cada día las cosas empeoran.
Otra noticia informaba de que en Inglaterra se ha presentado ya un cúmulo de denuncias contra Tony Blair por crímenes contra la humanidad. Eso esperamos la inmensa mayoría de la gente del mundo entero, que tarde o temprano los responsables de esa atrocidad todavía vigente tengan que comparecer frente al Tribunal Penal Internacional de La Haya por genocidio. Hace cuatro años y antes de empezar esa infamia hubo manifestaciones de millones de personas en la calle en la mayoría de los países del planeta; manifestaciones contra la guerra, una voluntad de las gentes de parar la atrocidad, pero no fueron ni escuchadas ni tenidas en cuenta por la arrogancia de quien se atribuía la posesión de la verdad; cuando ya sabía que se basaba en mentiras.
Una no sabe qué es lo que induce a algunas personas a creerse que están ungidas por algún dios guerrero que las justifica. Hay muchas clases de locura y una de ellas es la megalomanía de creerse un iluminado para así dar rienda suelta al propio furor interno contra todo un pueblo inocente -siempre hay en ello una necesidad de víctimas-, a lo que se suma la total falta de empatía con el sufrimiento ajeno.
El resultado no es más que destrucción, destrucción de los otros, claro, y esos individuos, amparados en su poderío temporal y efímero, deciden sobre la vida y la muerte de miles de personas que tienen la desgracia de vivir en el lugar escogido para la destrucción.
Que todo ello se haga en nombre de la democracia resulta una obscenidad, es un insulto a la inteligencia de las gentes y a los esfuerzos de millones de personas que la han construido a lo largo de los tiempos. La ONU debería crear un consejo de sabios, compuesto por científicos y humanistas, cuyas resoluciones fuesen vinculantes e impidieran esas locuras de gobernantes narcisistas de tal manera que la sola propuesta de algo similar produjera de inmediato la destitución del cargo que ostentan. La historia nos ha mostrado con creces de lo que son capaces ciertos individuos cuando tienen el poder, millones de personas han muerto por ello.
Infamias como esa guerra de Iraq no deberían ser toleradas por el mundo civilizado. La civilización tiene que ver con la pacificación y el entendimiento, mediante pactos y diplomacia entre los distintos países. Cierto que existe el oscuro mundo de los intereses pecuniarios, pero nunca debería consentirse, a nivel internacional, que el poder económico secuestre al poder político inventando guerras sobre un montón de mentiras.

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