TRIBUNA
De un tiempo a esta parte, algunos miembros y dirigentes del tripartito han caído en una irrefrenable obsesión por adjetivar el catalanismo. Catalanismo social, catalanismo en positivo o catalanismo exigente son algunos de los recientes ejemplos de esa tendencia.
Parece como si el sustantivo a secas fuera impresentable para ellos; o peor aún: un concepto vago cuando no molesto al que es preciso apostillar con alguna coletilla de distracción o con alguna muletilla progre homologable al relato que el tripartito pretende hegemónico: que el mundo se divide en izquierda y derecha. Social, en positivo, exigente... como si el catalanismo hubiera sido en algún momento un movimiento al que se le pudiera reprochar un comportamiento asocial.
Quienes abusan hoy de esos adjetivos deberían saber que el catalanismo, desde sus inicios hasta el floreciente periodo del pujolismo, ha sido eso y mucho más. Nació como un proyecto de progreso social y modernización económica; como un modelo de convivencia y con una moral basada en el trabajo y las libertades. Ha consistido y debe seguir consistiendo también en un proyecto de país ambicioso, con objetivos claros y una hoja de ruta flexible. Y ha significado la puesta en práctica de un modo de hacer política basado en los valores del reformismo, en el avance progresivo, en un hacer política pragmático y pactista, pero en ningún caso autocensurante y dado a la renuncia fácil, como está haciendo un tripartito timorato y vendido a Madrid.
Quienes hoy utilizan esos eslóganes de catalanismo social o exigente son los que practican la política menos catalanista, social y exigente de los últimos años. Son los que apoyan una ley de dependencia que no sólo no responde a las necesidades reales de muchas personas, sino que es una renuncia a la posibilidad de impulsar la que podría ser una de las políticas sociales más avanzadas de Europa, diseñada desde Catalunya y sin que el Estado invadiera el marco competencial. Son quienes dinamitan y echan a perder el prestigio conseguido por nuestro país después de muchos años de esfuerzos, haciendo de él una pieza más de esa lucha entre un PP y un PSOE deseosos de no tener que lidiar con una Catalunya con voz propia. Son también quienes advierten de que la amenaza de un bloqueo o de rebajas por parte del TC que hagan imposible desplegar el Estatut no reviste especial gravedad. Y son también quienes tachan de apocalípticos a los que exigimos medidas ante el desastre de Renfe, o que vaticinamos la pérdida de una oportunidad histórica si el Gobierno del PSOE y el tripartito no hacen del aeropuerto de Barcelona un hub.
Frente al catalanismo con adjetivos pero sin atributos y sin ambición alguna del tripartito, es preciso reimpulsar el catalanismo de la dignidad, de la defensa firme del país.
FELIP PUIG, portavoz de CiU en el Parlament.

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