Es un eufemismo más para denominar lo que siempre han sido los mercenarios. En estos días que se recuerdan los sangrientos cuatro años desde que se inició la guerra de Iraq, los mercenarios son, en gran medida, protagonistas invisibles de esta historia. Un panorama de horror constante, en el que miles de hombres bien pagados hacen literalmente de todo. Para reubicar el problema, recordemos la repugnante imagen de los cuerpos colgados, destrozados, en un puente de Faluya. Aquellos hombres eran muy parecidos a los clásicos soldados de fortuna.
Médicos sin Fronteras alerta en su último informe anual del increíble aumento de estos personajes. Algunas cifras ayudan a enmarcar la cuestión: más de 90 compañías privadas se reparten 100.000 millones de dólares, que en el 2010 llegarán a 200.000 millones; en los últimos tres años, estas contrataciones han aumentado un 300 por cien en casi todos los conflictos del planeta; los mercenarios mejor pagados -en situaciones de mayor riesgo- cobran hasta 2.000 dólares diarios, aunque la media oscila en los 15.000 dólares mensuales. En Iraq están desplegados actualmente más de 25.000 hombres, lo que equivale a casi el 20 por ciento del total de soldados estadounidenses en la zona.
Estas compañías se radican en Estados Unidos, Londres, Sudáfrica, Irlanda, Bahamas y Barbados. Los soldados de fortuna proceden de América Latina -fundamentalmente de Chile- y de países africanos, aunque también los países musulmanes aportan sus hombres, como pasó en la guerra de Bosnia. Algunas de estas empresas son Blackwater USA, Military Professional Resources Incorporated, Dyncorp, Dunn and McDonald Inc, Saladyn Security, Defense Systems Limited… y nombres similares hasta unas 100 empresas.
A partir de ahí: ¿bajo qué autoridad judicial o militar trabajan estos "agentes de seguridad"? ¿Se rigen por las reglas de la guerra o por la Convención de Ginebra, a pesar de que operan en zonas de combate total? ¿Quién responde y ante qué autoridad por sus delitos, ya sean crímenes sexuales, sangrientos u otros? ¿Respetan los derechos humanos en sus acciones o con sus detenidos? Imagino que este tipo de individuos existe desde que existen las guerras, pero el peso de las opiniones públicas y el coste electoral de los ataúdes cubiertos de banderas hacen insoportable la presión para los gobiernos. Es una manera como cualquier otra de evitar comerse el marrón. Desde los "janjaweeds" hasta los paramilitares colombianos, pasando por los primeros legionarios o los infiltrados pakistaníes y talibanes, en el fondo, todos son los mismo. El problema radica en su imparable aumento, ante nuestros ojos, bajo nuestro silencio y sobre nuestras conciencias.
La situación, más allá del espanto, llega al chiste: los equipos de Médicos sin Fronteras destacados en Bunia, al este de Congo, han pintado de color fucsia sus todoterrenos, para evitar que soldados como éstos, que abundan por la zona, se camuflen en vehículos de color blanco como los de dicha ONG. Y es que la desconfianza de las poblaciones civiles aumenta incomprensiblemente hacia los voluntarios. Otro escupitajo más que nos lanza el absurdo de la guerra moderna.
Darfur sobrepasa sus fronteras
El drama de Darfur sobrepasa sus propios límites naturales. Cuentan los cooperantes que aguantan en aquel infierno que las milicias sudanesas o sus cuerpos paramilitares se adentran en busca de huidos hasta 300 kilómetros en el interior del Chad. Del mismo modo, el ejército chadiano entra por el oeste de Sudán tan campante, en busca de las mismas víctimas. Todo ello con el beneplácito de ambos gobiernos. El conflicto regional está sobre el tapete.
Nuevos países con nuevas crisis
Los desastres humanos aumentan y sus tipologías sorprenden hasta a las ONG. Dos ejemplos son Brasil y Sudáfrica, países con enorme potencial económico y político, pero que padecen un impresionante drama social. Brasileños y sudafricanos comparten el imparable aumento de suburbios con insoportables situaciones sanitarias y de seguridad. Todo indica que en pocos años el drama aumentará.
Refugiados chechenos en la UE
Nuestro desconocimiento llega hasta ignorar que en suelo de la UE existen campos de refugiados o "de tránsito". Son 16 campos en comarcas polacas de Varsovia, Bialystok y Lublin donde se concentran más de 3.500 chechenos. Sólo un 8% de los solicitantes de asilo lo logran; el resto malvive o regresa al horror. El Gobierno polaco da asistencia médica, comida y abrigo, aunque los principales males de los chechenos son estrés postraumático, pesadillas y trastornos del sueño. Es decir, miedo.

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