Una cámara de vigilancia, en realidad, qué hace? La cámara ahuyenta a los extraños porque registra lo que sucede y porque actúa como símbolo que advierte de la existencia de gente que se ha organizado para neutralizar las amenazas. La disuasión está en el propio objeto, aunque también hay ladrones que no se dejan impresionar y actúan con la cara cubierta o cargándose las cámaras, si pueden, antes de cometer el delito.

En realidad, la videovigilancia tiene otra función mucho más importante y es la de reducir el miedo del ciudadano. Como remarcó el filósofo José Antonio Marina en una reciente conferencia en la facultad de Comunicación Blanquerna, la comunicación es esencial para controlar los miedos, el estar incomunicado multiplica siempre la sensación de peligro. Buscamos comunicarnos para conjurar los terrores de todo tipo. La cámara que observa la calle es aislante y, a la vez, nos comunica con los demás y nos aporta información relevante. Así, la cámara nos conduce a gestionar nuestro miedo difuso, mediante un operativo que nos permite saber algo acerca de lo que ocurre en el exterior. Ese algo es el plus que separa un pánico irracional de una alerta razonable y planificada. El sistema de prevención es muy efectivo cuando la videovigilancia consigue revertir de manera clara la sensación de miedo de los ciudadanos hacia el potencial delincuente. La cámara es disuasiva si el amigo de lo ajeno capta el mensaje elemental.

El Ayuntamiento de Sitges ha impulsado la colocación de cámaras y vallas nocturnas en algunas zonas del término municipal para prevenir los robos y, a partir de este hecho, no son pocas las localidades donde se ha abierto el debate. Los ayuntamientos catalanes no tienen un criterio común sobre la necesidad de implantar sistemas de videovigilancia en las urbanizaciones. Andan mezcladas las razones legales, económicas y de oportunidad, así como los argumentos técnicos. De fondo, una premisa importante: los que viven en urbanizaciones y pueblos pequeños tienen el mismo derecho a sentirse seguros que los que viven en la gran ciudad, pero es imposible que la Administración destine un policía a la puerta de cada hogar. Con todo, la seguridad de nuestras vidas y haciendas sigue siendo una de las pocas cosas que justifican la existencia del Estado, entendido éste como el conjunto de todas las administraciones que mantenemos con nuestros impuestos. Los fallos y dejaciones en este terreno aumentan el descrédito institucional.

Que los ayuntamientos tomen cartas en este asunto es algo obligado y que genera, sin duda, otro debate sobre cómo y quién debe financiar estas medidas. ¿Hablarán de todo ello los candidatos a alcalde?