El ojo del tigre
Plantearle, ahora, a la derecha la necesidad de limpiar los callejeros de las ciudades y pueblos, quitándoles los nombres que evocan el próximo pasado de un régimen dictatorial tiene su lógica. La necesidad de asear públicamente la vida cotidiana. Pero esta necesidad, aunque sólo sea para moralizar democráticamente la nomenclatura de las calles y las plazas, coincide con el momento en que la derecha, que proviene inequívocamente del duro núcleo ideológico que borró los nombres que tenían esas plazas y calles en tiempos de la II República, está haciendo un esfuerzo titánico para demostrar, una vez más, que la calle también es suya. Por lo tanto, ese empeño es inútil.
Creo que el líder del partido que representa a esa derecha -ultraconservadora de sus raíces ideológicas-, lo dejó muy claro el pasado fin de semana aquí, en Asturias, cuando durante su viaje apostólico a las ciudades de Avilés, Gijón y Mieres, el triángulo espiritual de la (antigua) izquierda clásica asturiana, dijo que las cosas del pasado no les preocupan a los ciudadanos. Y se preguntó: "Franco, quién fue Franco?" Inteligente pregunta para luego explicar y demostrarle a la gente que el ayer histórico no tiene importancia alguna en el presente tan ávido de poseer cosas concretas y no ideas abstractas . Creo que quien mejor le hubiera contestado a esa pregunta habría sido su propio abuelo, don Enrique Rajoy, un gallego culto, profesor de Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela; el cual también sufrió las duras represalias de aquel hombre cuya única agudeza intelectual era la de la punta de su sable de general...
Pienso -si pensar por cuenta propia ya no es un delito, que se comete contra el bien común- que cuando faltan ideas para plantear un debate ideológico a fondo, se suele recurrir a estas pequeñas batallas políticas para cubrir el expediente de la diferenciación básica entre los dos partidos que acaparan la vida política española. Entre el PSOE, que gobierna, y el PP, que se opone, las únicas diferencias que hay son las que plantean sus propios y específicos intereses orgánicos; mientras convergen ambos en lo que son sus respectivas devociones dinásticas. Con debates mediáticos, como el de los nombres de las calles, entretienen a la ciudadanía, generalmente ayuna de ideas pero hastiada de cosas. Hoy, más que ser ciudadanos, lo que por lo visto interesa es que sean clientes ... Se les nota a estos políticos -como Rajoy- que lo que dicen no lo expresan pensando en convencer políticamente, sino para ganarse una clientela que les asegure los buenos resultados electorales.
En la vida cotidiana hay menos elementos de juicio para afirmar que este país es un binomio ideológico (derecha-izquierda) y muchos más argumentos para demostrar que es un monomio (derecha). El famoso fenómeno -físico y químico- de la Transición, en realidad solo fue un parche de Sor Virginia aplicado al pueblo para calmar el dolor causado por esa terrible amputación ideológica que ha supuesto la liquidación del genuino pensamiento de izquierda. Pretender demostrar -como lo intenta Rajoy- que hay una ideología de izquierda empeñada en competir con la derecha (radical) es pura ciencia-ficción. Sí es verdad que hubo un momento en el que parecía como si la derecha civilizada le hubiera ganado la partida a la derecha ultramontana, la que siempre le afiló la punta al sable de aquel general... Oh, tiempos aquellos de la UCD suarista...!
Entonces, la derecha resabiada tras su paso por el desfiladero (totalitario) del franquismo se había metido debajo de la cama. Transcurrido un tiempo prudencial, sacó un pie; después, el otro, y al comprobar que no pasaba nada, osó sacar la cabeza. Perdido el miedo cerval que le tuvo al cambio, esa derecha, liderada por el ideólogo Aznar, recuperó sus viejos vicios históricos -la prepotencia, la intolerancia y el ordeño y mando ...-- y ahí está: negociando la evidencia de la necesidad de ser esencialmente demócrata.
Rajoy vino a Asturias creyendo -o aparentando creérselo- que está gobernada por la izquierda. Y, lo cual es mucho más grave, que urge liberarla ... Sin embargo, la izquierda asturiana -sobre todo, la que caracterizaba al movimiento obrero- no existe ni en un imaginario Museo de Cera de la historia de esta región en los últimos setenta años. El PSOE -renovado para adecuarlo al modelo de Transición política que diseñaron los que (casi) todos sospechábamos- ha asumido, en realidad, el papel de un sosegado centro-derecha; lógicamente, después de haber renegado de sus orígenes ideológicos y de sus principios de clase.
Adjudicarle A don Vicente Alvarez Areces la responsabilidad de presidir un Gobierno autonómico de izquierda es casi lo mismo que oírle decir a Aznar que su partido (el PP) es moderado, de centro y liberal. Es decir, es un disparate político. El señor Alvarez Areces, gobierna -o dirige la gobernanza de Asturias- como puede; o sea, como le permite gobernar el sistema, que es, como se sabe, propio de un vigoroso capitalismo (especulador). Suponiendo que las próximas elecciones autonómicas las ganara el PP, ¿en qué se diferenciaría el Gobierno autonómico actual del futuro gobierno que presidiera, supongamos, el popular don Ovidio Sánchez? En nada fundamental. Unicamente cambiaría la tendencia burocrática; especialmente, en cuanto a la manipulación de ciertos aspectos políticos. Pero, por ejemplo, la política cultural seguiría siendo igual: con las mismas grandes superficies (Museo de la Prehistoria, MUJA, Ciudad de la Cultura, etcétera) para estimular el consumo de los bienes culturales como productos típicos del ocio. Y, si acaso, ampliar el callejero franquista suprimiendo los nombres de personajes de la antigua izquierda, con los que los socialdemócratas del PSOE osaron borrar la memoria de Franco, el nombre que ensartó a la izquierda española en la punta de su sable.
Lorenzo Cordero. Periodista.

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