RUNRÚN

Desde que Carod anunció su idea de organizar competiciones deportivas en las que participarían sólo naciones sin Estado, una y otra vez me viene a la memoria una radionovela que, en 1990, Sergi Pàmies y yo escribimos para Catalunya Ràdio y que se emitía cada tarde. Se titulaba Sang bruta. Los protagonistas eran la princesa Estefanía de Mónaco y un mosso d´esquadra encargado de protegerla durante su visita al monasterio de Montserrat. Contra la creencia popular, en la radionovela Estefanía era una muchacha devota. En una excursión por la montaña santa, de repente se veía atacada por una pérfida araña de tres metros de envergadura y, entonces, en un acto heroico, el mosso -hijo de una pedagoga de Rosa Sensat y del diseñador de las tapas de váter de la futura Vila Olímpica- conseguía salvarla, escondiéndose luego ambos en un avenc. Esa muestra de valentía y generosidad hizo que la aspereza inicial entre ambos se suavizase y lentamente se convirtiese en amor. Y, como con el roce acaban llegando los críos, la princesa parió un niño precioso al cabo de poco juntándolo con una moto- el gran maestro crease en su fundación una obra espectacular a la que puso por título Moto Kawasaki amb cordó umbilical.

Estefanía y el mosso eran los protagonistas, pero había otros personajes. Josep Maria Flotats, por ejemplo (imitado por Jaume Mallofré), un extraterrestre llamado Òscar (interpretado por una bocina) y, sobre todo, los miembros de las familias Pujol y Grimaldi, amigos desde que la Generalitat se dio cuenta de que lo de Jocs i Apostes no funcionaba con el éxito anhelado. Tras un viaje de Pujol a Mónaco para aprender de la experiencia del casino de Montecarlo, Presidència invitaba al príncipe Rainiero y su familia a visitar Catalunya. Rainiero aceptaba alborozado, en buena parte por su grandísima amistad con José María Gotarda, el barman fundador del Ideal, la coctelería de la calle Aribau en cuya barra el jefe de Estado monegasco pasaría las tardes y las noches de su visita oficial.

Y ahí llegamos a lo que me viene a la memoria estos días cuando oigo hablar de los juegos carodianos. En Sang bruta, una de las particularidades de los personajes monegascos -salvo alguna excepción, como Estefanía- era que sólo mantenían relaciones sexuales con personas de estados pequeños. Los ciudadanos de Luxemburgo, de San Marino, de Andorra, de Kiribati, de Vanuatu, de Liechtenstein, se entendían entre ellos pero nunca con ciudadanos de países de dimensiones estándar. En una escena, en una bañera llena de champán la princesa Carolina se libraba a un ménage à trois con dos muchachos luxemburgueses. Cada vez que oigo cómo Carod nos explica las virtudes de sus juegos de naciones sin Estado, no puedo evitar pensar en aquella bañera en la que tres personas se dedicaban a un sistema de fornicio que, a la vez que excluye a todos los que no son ciudadanos de un microestado, impide a éstos gozar lascivamente del resto de los ciudadanos del mundo, sea cual sea la envergadura de su país, y siendo el goce sin prohibiciones por cuestión de tamaño lo mínimo que uno espera en esta vida.