En medio del ruido y la crispación que anima el debate político español hay dos datos que posiblemente resumen la situación y merecen ser comentados sobre los líderes del PP y del PSOE. El primero de ellos es que Rajoy no manda como debiera en el PP, y el segundo que Zapatero manda demasiado y a solas en el PSOE, y esta situación provoca la perplejidad entre los votantes del centro y los indecisos.
Rajoy no manda con plena autoridad en el PP, y buena prueba de ello es que con motivo de las dos últimas manifestaciones de Madrid y Pamplona sus diputados y dirigentes más próximos han querido hacernos creer que acababa de nacer un líder, a pesar de que lleva casi cuatro años al frente del PP, desde que lo invistió como tal Aznar en el otoño del 2003. Los incidentes que protagonizaron Zaplana en Valencia y Aguirre en Madrid, donde la presidenta madrileña, después de la bronca de su librito, sigue empeñada en hacerle la lista electoral de Gallardón, ante la mirada distraída de Rajoy, o los varios desencuentros entre Piqué, Nebredad y Vendrall en el PP catalán, son vivos ejemplos —a los que se acaba de añadir la declaración de Del Burgo sobre la guerra de Iraq— de esa falta de mando y liderazgo en el PP que les lleva a muchos a concluir que si Rajoy no manda hoy en su partido, en un momento que el PP califica de grave para España, cómo va a ser capaz de Gobernar la nación. Rajoy debería, pues, actuar si es que quiere que le tomen en serio en el PP y en España en general.
Rajoy se está convirtiendo en el rey del disimulo, a ver si así los españoles que no son furiosos militantes del PSOE o del PP o que han sufrido el desengaño por causa de los golpes de mano y errores políticos de los respectivos líderes de los partidos nacionales se aproximan a las urnas del PP adornadas con la bandera de España, como un reclamo frente a quienes desconfían de las reformas autonómicas de Zapatero, de su pasión por los partidos nacionalistas y de sus errores y cesiones en las negociaciones con ETA.
Sin embargo, en la llamada de Rajoy y en su disimulada falta de autoridad, que pretende disfrazar de moderación, se incluyen elementos serios de sospecha que asoman sobre la espalda del líder del PP, como son las guerras soterradas para su sucesión en el PP, los protagonistas de las mentiras de la guerra de Iraq y del 11M (Aznar, Acebes, Aguirre y Zaplana), y los azuzadores mediáticos de la conspiración del 11M, con los obispos ultraconservadores en el papel de entrometidos en política, y la extrema derecha enseñando sus símbolos en las manifestaciones del PP. Lo que, por más que disimule Rajoy, ofrece al total de los ciudadanos un razonado argumento constitucional en defensa del modelo de Estado y de la transición, trufado de trampas y de personajes que amenazan, si el PP consigue el poder, con el regreso de una derecha integrista donde Rajoy desempeñaría el papel de albacea, pero donde el poder residiría en el núcleo duro del partido y sus más ruidosos medios de comunicación, además de en otros sectores fácticos afines, que van desde FAES a la embajada de Bush.
En ese cesto del centro imaginario, que no sabe a dónde ir o a quién votar e incluso si va a votar, se incluyen desde los desencantados del PP del 2004 que arrastran su malestar desde el giro ultraconservador de Aznar y las mentiras de la guerra de Iraq y del 11M, hasta los desafectos del PSOE que nunca han entendido las reformas autonómicas de Zapatero camino de un incierto modelo de Estado, de corte federal o confederal, al que con un exceso de temeridad el presidente ha ligado el proceso de negociación con ETA. Como tampoco comparten el modelo autocrático y el presidencialista que el primer secretario del PSOE ha impuesto en el partido, eliminado toda posible disidencia y a la vez la experiencia que acumulaban los barones del PSOE, que Zapatero ha tirado por la ventana para ser él, a pesar de no tener más proyecto que lo que el presidente llama su “convicción”, o su intuición en cada momento, y cuyos resultados probaron que carece de fundamento y los lleva al error. Se vio con el primer borrador del Estatuto catalán, salido del Parlament, y se ha visto con la fallida negociación con ETA y el bombazo de Barajas acaecido horas después de que Zapatero anunciara su “convicción” de que las negociaciones con ETA iban muy bien.
El resultado de estas dos situaciones es que Rajoy no manda en el PP y disimula para tapar a la derecha ultraconservadora que dirige su proyecto y su partido, lejos de una verdadera opción de centro, y que Zapatero quiere ser el único que mande en el PSOE y el que dirija el Gobierno y el partido hacia nadie sabe dónde, con el único argumento de la paz, la igualdad, la bondad y la Alianza de las Civilizaciones, que entre otras cosas incluye a una parte que desde luego no está civilizada, como se ve en el trato que en el mundo musulmán se le da a las mujeres, a las que Zapatero utiliza como argumento de su progresía social.
En estas circunstancias, a los posibles votantes de centro, cansados además del ruido de la política que organizan unos profesionales de muy escaso nivel y preparación, no les queda mejor opción que la abstención. La que ya se ha dibujado de alguna manera en las pasadas elecciones catalanas y en los referendos de Cataluña y Andalucía, a pesar de la gran polémica política y mediática que ha rodeado todos estos eventos. Y, en estas circunstancias, cabría imaginar que ni siquiera la proximidad de los comicios locales y la presencia de candidatos que deberían ser allegados y conocidos pueda romper la tendencia de la abstención si unos y otros se empeñan en convertir las elecciones del mes de mayo en “las primarias” de las generales del 2008. Porque el ruido volverá a ser estremecedor y los votantes indecisos y perplejos del centro se quedarán en su casa a seguir los resultados por internet y televisión.

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