CUANDO empecé periodismo, hace ya más de tres décadas, una de las primeras cosas que me enseñaron en la Universitat Autònoma de Barcelona es que los periodistas nunca hemos de ser noticia. Nuestra obligación, nos decían, era narrar las cosas que pasaban y de la manera más objetiva posible. Al modelo de periodismo del siglo XXI se han incorporado algunos nuevos conceptos, como el análisis en profundidad o un contacto más directo con los lectores. Pero en lo sustantivo se podría decir que, cambiando muchas de las herramientas con que se desarrolla la profesión, las cosas siguen siendo iguales: los periodistas no hemos de ser noticia. Sin embargo, en ocasiones hay circunstancias en que quien ejerce un puesto relevante en una Administración, en una empresa o en un club de fútbol, por enumerar tan sólo algunas áreas que son permanentemente objeto de atención informativa, acaba no midiendo bien sus palabras. Ello, cuando sucede, siempre es grave porque el daño que acaba produciendo en una sociedad libre tiene consecuencias. El Col·legi de Periodistes ha tomado cartas en el asunto y ha emplazado al Govern a una explicación por las amenazas recibidas por nuestro redactor jefe Jordi Barbeta. El president Montilla señaló ayer que el Ejecutivo catalán no presiona a los medios. Queremos creerle.