Navarra y la "política preventiva" del PP como reflejo de la desconfianza radical hacia Zapatero, de Jesús Cacho en El Confidencial
Leía ayer que el sin par Pepiño Blanco se refería a las manifestaciones impulsadas por el Partido Popular, la más reciente de las cuales ha sido la de Pamplona del sábado, como una forma de hacer “política preventiva”, y la frase me parece casi una hallazgo lingüístico, porque no le falta razón al antiguo aprendiz del PSOE gallego, que eso es exactamente lo que está haciendo Mariano Rajoy y su gente: política preventiva provocada por la desconfianza radical que en millones de españoles, no necesariamente de derechas y/o votantes del PP, provoca la política de José Luis Rodríguez Zapatero.
Vale la metáfora marinera, cuando, en los amaneceres inmaculados en alta mar, el vigía divisa un lejano hilo de humo elevarse sobre el horizonte sin que sea posible distinguir nada más. Por el humo se sabe dónde está el fuego, dice la conocida zarzuela, y por esa señal descubre el marino que detrás de esa columna de humo hay un barco oculto en la curvatura del planeta azul que habitamos. Nadie sabe lo que oculta Zapatero en su extraña relación con el mundo radical abertzale -la matriz, ETA, y su filial, Batasuna-, pero el halo de misterio que despide mantiene viva la sospecha de muchos de que detrás de ese humo hay pacto o acuerdo más o menos tácito.
Y por eso sale la gente a la calle. Porque el pueblo llano sospecha que, llegado el momento, este presidente del Gobierno cederá en lo que sea menester. Política preventiva, pues, basada en la desconfianza que el español común siente hacia quienes ahora pilotan las instituciones. Desde esta perspectiva, la manifestación del sábado en Pamplona fue un aviso a navegantes, un toque de atención al capitán que sin rumbo claro manda ese gran paquebote llamado España, motivo por el cual la marinería anda revuelta y desasosegada, dispuesta a manifestarse en cubierta un día sí y otro también.
Las cosas están claras para casi todos, menos para el señor Zapatero: las 3.000 personas que hace 15 días se reunieron en el Pabellón Anaitasuna de Pamplona, pudieron escuchar a Arnaldo Otegi, ese amante de la paz, asegurar a voz en grito que “sin Navarra, no queremos nada, nada, nada. Navarra no se tiene que integrar en ningún sitio. Nos indigna oír eso. Navarra es el pilar de Euskal Herria”. Y es que con el mundo etarra sólo se engaña quien quiere ser engañado. En el proyecto totalitario de la izquierda abertzale no cabe el diálogo ni otras pamplinas dignas de las democracia liberales; lo suyo es el dirigismo al modo estalinismo y quien se oponga a él, tendrá que salir por pies o afrontar las consecuencias. Parodiando las palabras que Miguel de Unamuno pone en boca de doña Mariquita en Paz y Guerra (1897), “el nacionalismo se mama con la leche, y lo que con la leche se mama en la mortaja se derrama”.
Navarra se lanzó el sábado a la calle para proclamar a los cuatro vientos su “libertad” frente a eventuales pactos oscuros que pudieran convertirla en moneda de cambio en unas hipotéticas negociaciones que ZP dirige en la penumbra de una Moncloa plagada de sombras. El leonés acusa a Rajoy de mentir, pero como dice Péter Estérházy en Armonía Celestial, “es harto difícil mentir sin conocer la verdad”. El caso es que su Gobierno no acaba de ser claro con los navarros quienes, con las mosca tras la oreja, se niegan a cumplir con la premisa victoriana de close your eyes and think of England que tanto desearía oír, y prestan oídos, por el contrario, a la oposición, los eternos vigilantes que tratan de prevenir lo que, en 1917, Rathenau alertaba en su libro De las cosas futuras: “La locura es siempre más fuerte que la verdad”.
Han pasado siglos sin que Navarra deje de ser ella misma, unas veces como reino y otras como provincia, pero siempre con identidad propia. ¿Va a ser ETA quien imponga activar la Adicional 4 de la Constitución, redactada en unos momentos en los que tanto Adolfo Suárez como el resto de constituyentes creyeron ver en el PNV a la vieja iglesia reconstituida, capaz de conducir al redil a las ovejas descarriadas, capaz de lograr el milagro de esa adaptación social de los terroristas que nunca llegó?
El final de la Primera Guerra carlista fue el inicio de un proceso que acabaría convirtiendo en provincia al viejo reino de Navarra. Y así, la ley de 25 de octubre de 1839 confirmó los fueros “sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquía” y, dos años más tarde, la llamada Ley Paccionada aseguró para Navarra una autonomía fiscal y administrativa dentro del Estado liberal. Desde 1841 no ha variado sustancialmente el status de Navarra. Los intentos de integrarla en el Estatuto Vasco fracasaron durante la II República, tal y como sucedió a partir de 1977. Variar el rumbo claro de un pueblo como el navarro podría tener consecuencias funestas para todos, y ZP debería saber que el interés no une a los hombres, al contrario, los acaba separando.
Una senda de siglos no puede quedar al albur de los intereses particulares de un político sometido a ese febril estado llamado “inspiración”, que con frecuencia no es más que la manifestación nerviosa de las tremendas presiones a las que le someten los más intransigentes. Que el Gobierno del PSOE siga tonteando con el mundo de los violentos tras el desastre de la zona cero de Barajas es lo que tiene y mantiene desconcertados a millones de españoles y lo que impulsa la “política preventiva” del PP, basada en la desconfianza radical hacia José Luis Rodríguez Zapatero.
