Deshagamos desde un principio la posible confusión entre fe y cultura cristiana. La fe es un don que se experimenta como confianza en Dios. Gabriel Marcel dice en El misterio del ser que la fe es un creer en, mientras que la creencia es un creer que. Salta a la vista que la cultura es otra cosa. Un conjunto complejo de conocimientos, concepciones, tradiciones, costumbres, una forma de entender la vida que configuran una sociedad. Confiar en Jesucristo es fe. Poner el pesebre y cantar villancicos forma parte de una cultura, que no necesita de la fe para manifestarse, aunque sí se explica en ella. Entre ambas hay una relación histórica, pero no necesariamente una correlación personal.

Christopher Dawson en La religión y el origen de la cultura occidental, se pregunta cómo un pequeño grupo de pueblos de Europa, en un periodo de tiempo breve, transformó el mundo, emancipándose de muchas de las limitaciones de la naturaleza. Su respuesta es ésta: porque su ideal religioso no consistió en adorar una perfección eterna e inmutable, sino "en el seguimiento de alguien -Jesucristo- que se incorporaba a la humanidad para cambiar el mundo". Europa, Occidente ha sido y todavía es por la cultura cristiana que lo ha forjado. Prácticamente en solitario desde la caída de Roma en el siglo IV hasta la mitad del XVIII. Junto con otras creencias en la época más reciente.

En este contexto de civilización, Catalunya es singular. Es el país medieval por excelencia con una cultura básicamente producida por el cristianismo. Aquí casi no se dio el Renacimiento y fuimos enemigos radicales de la Revolución Francesa y la Ilustración. La Guerra Gran, la pérdida del Rosselló y parte de la Cerdanya, forma parte de nuestra lucha contra la Convención Republicana. Más tarde el rechazo de Napoleón y su Ilustración vino a ser una continuación de aquel gran conflicto. Las liberales Cortes de Cádiz definieron una Constitución que derogaba lo que quedaba del derecho público catalán que el Decret de Nova Planta de Felipe V había respetado. Para Catalunya, la Ilustración, el liberalismo, significó la liquidación definitiva de nuestras constituciones y fueros, las antípodas del modelo federativo inspirado en los antiguos reinos. Y esto ayuda a entender por qué tan pronto y durante tanto tiempo este país, junto con el País Vasco y Navarra, fueron los lugares de Europa donde la tradición se mantuvo más fuerte política y culturalmente. Simplemente porque era sentida por el pueblo.

Sin cultura cristiana y los hombres que la encarnan no se entiende este país. Desde las Constitucions y los Usatges, hasta la recuperación económica ya a finales del XVIII y la posterior revolución industrial. La Renaixença, el big bang del catalanismo, el modernismo; Verdaguer, Gaudí, Torras i Bages, Prat de la Riba. Todo eso está inserto en un marco referencial, una antropología, un sistema de valores, una concepción de la sociedad, fruto de la cultura cristiana. Al igual que gran parte de la recuperación posterior a la Guerra Civil, cuando catalanismo y europeísmo unidos, son proyectados directamente por la concepción cristiana. Desde Criterium hasta Serra d´Or y Oriflama, desde Estela hasta Nova Terra.

¿Qué queda de Catalunya si suprimimos los 1.800 primeros años de su historia y del 60% de los 200 siguientes? Un 4%. Éste sería el resultado de suprimir la cultura cristiana, tan pegada a nuestro imaginario popular que sin ella carecemos de nombre para dar sentido a los lugares y fechas señaladas para humanizar el tiempo.

Uno de los retos vitales de este país es integrar a los inmigrantes a nuestra cultura, pero esto no será viable mientras la reduzcamos a una caricatura, a una realidad donde el derecho consuetudinario es liquidado, toda tradición vilipendiada, la historia censurada y manipulada, como Stalin hacía suprimiendo a Trotsky de las fotografías.

Porque desde el poder se tiene el estúpido, suicida deseo, de que los niños confundan el Belén con un escenario de invierno (?) o un juego de rol. Que del cristianismo no quede nada. Ni la cultura.