LA TERRAZA

Josep Maria Espinàs ha cumplido ochenta años -los cumplió el pasado día 7- y con tal motivo nos regala con su libro número ochenta: Relacions particulars, una evocación personal -"i sovint divertida", como reza la contraportada del libro- de seis grandes escritores con los que Espinàs tuvo en algún momento de su vida una cierta relación: Espriu, J. V. Foix, Delibes, Josep Pla, C. J. Cela y Sagarra.

Ignoro que impresión le habrá hecho a Espinàs ese aniversario y más cuando en la nota con que cierra su libro y nos habla de su relación con el mundillo literario de este país, cita a cuatro autores que empezaron a publicar con él "en aquell temps de posguerra" -Maria Aurelia Capmany, Pedrolo, Perucho y Sarsanedas-, los cuales ya no están en este mundo. Quisiera creer que Espinàs se ha tomado ese aniversario como la cosa más natural del mundo, y añadiría que con gran satisfacción, pues cuando uno goza de buena salud y está hecho un pimpollo, como lo está hecho Espinàs, que no aparenta su respetable edad, el cumplir ochenta años es para sentirse la mar de satisfecho. Me pregunto qué le habrán cocinado a Espinàs el día de su cumpleaños o a qué restaurante habrá ido con los suyos a celebrarlo. En cualquier caso estoy convencido de que habrá dado muestras de un envidiable apetito. Dicho esto, se me ocurre pensar que su editora, la señora Isabel Martí (La Campana) debería organizar un multitudinario banquete popular de homenaje a Espinàs en una de nuestras plazas, donde pudiesen asistir, previo pago, sus innumerables lectores. Es lo mínimo que se merece ese escritor que ha pisado todas las calles de Barcelona y ha escrito sobre ellas, del mismo modo que ha pisado y escrito sobre todas las ciudades y pueblos de Catalunya.

En el actual panorama de las letras catalanas, Josep Maria Espinàs es un caso muy curioso. Es, sin duda, el escritor más popular, más leído de su generación, y al mismo tiempo es un hombre que ha vivido al margen del mundillo literario. "Al llarg de tants anys, mai no he format part de cap grup d´escriptors", nos confiesa en su último libro, y tras afirmar su respeto por los colegas y su indiferencia por la sociedad literaria, añade: "Parlar de literatura m´ha avorrit sempre, sobre tot amb els literats. Així m´he estalviat les teoritzacions, que potser son importantíssimes, però a les cuals soc al. lèrgic per naturaleza. També m´he escapat de la complicitat basada en la consciencia de minoria autoacreditada, i per tant de les exclusions per principi -perillosos principis que porten a la convicció d" allò que està bé i allò que no està bé". Esta última afirmación sobre la peligrosidad de ciertos principios, me lleva a pensar que cuando algún repelente canónigo le ha perdonado la vida literaria a Espinàs, como ocurrió cuando le concedieron, junto a Terenci Moix y a Juan Marsé, la medalla de oro de la ciudad, Espinàs debió haberse quedado la mar de tranquilo. Espinàs es una persona que está muy por encima de esas majaderías y suele respetar la máxima de Espriu que cita en su libro: "La indignaciò no és bona per la salut, i jo no en gasto gaire".

Espinàs empezó escribiendo novelas que le valieron dos importantes premios, el Joanot Martorell y el Sant Jordi; también ha escrito libros de cuentos, por uno de los cuales le concedieron el premio Víctor Català, pero su gran popularidad le ha venido con los libros en los que relata sus viajes a pie por tierras catalanas y de la geografía ibérica, unos viajes que empezaron hace ya más de cincuenta años, cuando Espinàs acompañó a Cela en su viaje a pie por el Pirineo leridano. Aunque no nos ha descubierto la Patagonia, Espinàs es el número uno de nuestros travel writers. Pero si sus largas caminatas a pie le han dado una gran popularidad, es innegable que el hecho de llevar 31 años publicando una columna diaria (todo un récord) en catalán, primero en el Avui,y actualmente en El Periódico, ha contribuido a consolidar y acrecentar esa popularidad. Hubo una época, que yo viví en París, en la que los canónigos repelentes instigaban a los novelistas en agraz a abandonar el periodismo, a evitar el "usage naïf de la langue" y a reciclarse en una facultad de filología. En realidad, siempre existió un cierto enfrentamiento entre la literatura "seria" y el periodismo. "Si quieres ser un buen novelista, deja de escribir artículos o reportajes y concéntrate en tu novela", oí decir en más de una ocasión. A mi siempre me pareció una tontería: hay malos novelistas que son buenos articulistas y hay buenos novelistas que son malos articulistas. Como hay buenos novelistas que son excelentes articulistas, como es el caso de Espinàs.

Cuando en el mes de junio de 2001 se cumplieron los 25 años de la columna diaria de Espinàs, escribí un artículo en que amén de felicitarle contaba de mi adicción por sus artículos diarios, adicción que entonces compartía con los que escribía Quim Monzó, y sigo compartiendo, y con la carta que a la sazón publicaba Indro Montanelli en el Corriere della Sera."Lo que me ocurre a mí con estos articulistas", escribí entonces, "es lo mismo que probablemente le ocurre a mi vecino del Bauma con los artículos de Manuel Trallero o de Rosa Montero, que si uno no se los ha desayunado le da la sensación de salir medio desnudo a la calle. Lo único que yo puedo y me atrevo a afirmar es que, al margen de la dependencia que he contraído con la columna, con el artículo diario de Josep Maria Espinàs, lo cierto es que su lectura me ha hecho cada día más inteligente -dime a quien lees y te diré quien eres-, y sobre todo, más tolerante".

En los artículos de Espinàs, incluso en los más aparentemente triviales, lo que me agarra -y eso es válido también para los de Monzó- es una cierta mirada, un fijarse en un detalle, aparentemente insignificante, y a partir de éste ver cómo el articulista aborda el hecho o el personaje hasta llevarlo a buen puerto. Los urbanitas que aborda Espinàs, los acontecimientos urbanos que aborda Espinàs en su columna guardan un estrecho parentesco con el modo como son abordados un payés, un contrabandista o un cura de pueblo en sus largas caminatas a pie. Siempre hay un detalle que define y explica al personaje, al acontecimiento. Espinàs tiene una gracia especial para ese tipo de cosas. Anteayer, sin ir más lejos, nos dio un buen ejemplo de ello. Los viernes, Espinàs acude a Catalunya Ràdio a glosar un hecho, una frase que le propone Antoni Bassas. El viernes, Bassas le propuso esa hermosa frase de Mariano Rajoy en la que el jefe de la oposición habla de la última manifestación multitudinaria celebrada en Madrid y confiesa que fue uno de los momentos más bonitos, más felices de su vida. Pues bien, Espinàs cogió la hermosa frase de Rajoy, la estructuró como si de una redondilla se tratase y la declamó como se declamaba en los colegios de pago o en la Bodega bohemia, y el resultado fue de lo más divertido. Espinàs, como quien se saca un conejo del sombrero, había convertido a Mariano Rajoy en un poeta retórico, en escasos minutos.

Y es con esa misma mirada, con esa gracia en pillar el detalle esclarecedor, como Espinàs aborda los seis escritores en su libro número ochenta. En el caso de J. V. Foix, el detalle serán unos bombones, los dos -ni uno más ni uno menos- a los que Espinàs tenía derecho - "Vostè prengui´n dos", le decía la Gaudiosa, la sirvienta del poeta cuando iba a visitarle, y en el caso de Pla será una dentadura postiza. Según cuenta Espinàs, un buen día andando con Pla por las calles de Pals pasaron por delante de la casa que se había hecho el doctor Pi Figueres, una casa espléndida. Mientras ambos contemplaban la casa, "es va obrir la porta de la casa i va aparèixer la senyora, que ens havia vist aturats, badant. Immediatament -escribe Espinàs-, en Pla es va girar d´esquena i es va ficar la mà en un butxaca. Què estava fent? Aviat ho vaig descobrir: es treia de la butxaca la dentadura postiza, de la mateixa butxaca on hi havia engrunes de tabac, que es barrejaven amb la dentadura. Mentre se la posava -abans que la senyora el saludés, ´senyor Pla, què hi fa per aquí´- Pla em va dir: Hem d´estar presentables".

Pla escribió sus homenots, algunos geniales; Serrahima escribió sus "mestres", de una calidad a la que el país no estaba acostumbrado, y ahora Espinàs nos regala con sus "relacions particulars", con esos seis estupendos retratos ( "¿espinasos?"). Son tres maneras de mirar, la de Espinàs más cercana a la de Pla, pero más directa, más contundente. A mí me recuerda, por momentos, ciertas novelas del británico David Lodge cuando la emprende con la vida literaria y teatral de una Inglaterra deliciosamente victoriana.

Felicidades, amigo Espinàs, por tus ochenta años y tus ochenta libros. Les invito a que hagan como yo y se zampen cuanto antes esas Relacions particulars.Como decía Pla, "Els bons llibres són aquells que quan sels posa a la boca i els mossega, li deixen, al paladar, una sensació de sabor i d´acostament a la vida". El de Espinàs es uno de ellos.