EL RUNRÚN

Anoche tuve otra pesadilla. Yo era esa mujer de la publicidad de Dolce & Gabbana, en una pose ciertamente incómoda, arqueando las piernas, eso sí, con los pliegues de la ropa impecables, un rouge intenso en los labios y, gajes del oficio, sujetada por un joven con el pecho al descubierto. No estamos solos; cuatro muchachos de los que hacen suspirar a mis amigos gais nos acompañan, uno de ellos con la mirada extraviada. La absurda situación está muy alejada de mis fantasías sexuales, aunque también de mis terrores nocturnos. El fotógrafo quiere hacer algo tipo Helmut Newton, que sugiera un ambiente fetichista y ambiguo. Una estética sadomasoquista, apunta, que tanto ha arrasado en los lenguajes publicitarios desde que apareció aquella mujer enfundada en cuero negro que buscaba a Jacques y, al no encontrarlo, se bajó la cremallera. Dice que su objetivo es crear una sugestión erótica capaz de impulsar al acto de compra del producto -en este caso, ropa masculina para heteros y gays, o para heterogais-. Me piden que probemos a que yo le sujete las muñecas al muchacho, pero como soy más alta que él queda un poco esmirriado.

Empiezan a dolerme las lumbares hasta que escucho una voz en el cuarto de al lado. "¡Si hoy en día todo está sexualizado! -exclama doña Publicidad-, los coches, las salchichas y los seguros, todo depende de la mirada". Me cuenta que ella nos ha enseñado a descodificar su mensaje y a no creernos, faltaría más, sus estereotipos de hombres, mujeres, perros y helados que, por cierto, no se derriten como los de la vida real porque son bolas de puré de patata con colorante.

A estas alturas, yo ya he sido retirada no tan sólo del mapa de España sino del mundo entero, y de nada me ha servido ir vestida de Dolce & Gabbana con tacón de diez centímetros, parecido al que le clavaba Jennifer López a Andrés Velencoso en un anuncio de Louis Vuitton. Tal vez a todos los hombres les guste que una señorita les estampe un tacón de aguja en el mentón. O quizás les guste Jennifer López. El caso es que entonces nadie protestó. En la pesadilla, aparecen otros anuncios que tratan a los hombres de inútiles, como el de un producto para mezclar la ropa de color en la lavadora. Sin comentarios. "No es lo mismo -señala la que me ha retirado del mapa-. Las mujeres somos las que más atentados a nuestra imagen recibimos". Le pregunto qué tenemos que ver yo y mi pose para heterogais con las diferencias salariales o las miserables pensiones que reciben las viudas; aprovecho su silencio para despertar.

En nuestro país tan ejemplar, que ha tomado una posición de vanguardia para denunciar publicidad ofensiva, se publican a diario miles de anuncios, a 1,15 euros por palabra cada uno, vendiendo sus productos: "colegialas sin braguitas". En la revista Capital leí un reportaje donde se calculaba que el periódico más leído de España ingresa unos 13.000 euros al día por anuncios de sexo, cinco millones de euros al año. La doble moral a veces produce escalofríos: se decide no regular la prostitución, condenando a muchas mujeres a ser aún más vulnerables, y en cambio se desayuna cada mañana con cinco páginas de sexo duro, un caso único en la prensa europea. Seguimos empeñados en condenar a la ficción mientras absolvemos la realidad.