Cuando el músculo abraza, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
EL MIRADOR
No es primavera en Pamplona, aunque ya estallan los bulbos y brotan las gemas en el parque de la Taconera, donde paso unas horas contemplando la sonrisa de los narcisos y conversando sobre Navarra con los paseantes. Ancianos que sorben el sol, padres que llevan a sus hijos a contemplar los pavos reales. No pocos afirman ser votantes de UPN, las siglas que subsumen al PP en Navarra. Pero a ninguno de ellos acaba de gustarles la visita de Rajoy, ni el hecho de que Navarra sea objeto de la irritada trifulca política. Ríen, cuando les pregunto si Navarra está en peligro. José Antonio, de 72 años, no soporta a los nacionalistas vascos ( "son, con perdón, como la mosca cojonera") y adora a la alcaldesa de UPN, que "ha dejado preciosa la plaza del Castillo". Pero cree muy exagerada la postura del presidente Miguel Sanz al que siempre había votado: "Votaré al PSOE por primera vez".
A la hora del aperitivo, en la plaza del Castillo se produce la primera manifestación de la jornada. Un centenar de okupas. Las familias que disfrutan del sábado los observan con indiferencia. En la celebérrima calle Estafeta, la del encierro, las gentes se agolpan en las tascas para probar las exquisiteces preparadas para la "semana de pincho". Se come de maravilla y se bebe con total despreocupación. Las personas con las que hablo expresan su punto de vista sobre la relación entre lo vasco y lo navarro. Todos admiten raíces comunes. Algunos para establecer la supremacía de Navarra ( "no eran más que un apéndice nuestro"), otros para centrarlas en lo cultural, algunos para burlarse del eusquer batua: "¡En Baztán sí se habla bien el vasco, no en Bilbao!". La relación entre lo vasco y lo navarro es incierta y difusa, pero existe. No sé si forzarla en sentido contrario, con acento españolista, ha sido una buena idea.
Por la tarde, se nubla el cielo. Contemplo las dos manifestaciones. A la de las ikurriñas asiste muy poca gente. Tipos de mediana edad de aspecto fabril, jóvenes de estética radical, con sus aros en las orejas. La del Gobierno navarro es un río rojo y rojigualdo. Un éxito. Predominan las gentes de aspecto aseado y confortable. Familias enteras.
Muchos niños. También abuelos. Menos militantes que personas normales: poco acostumbradas a corear consignas. El músculo exitoso del PP ha vuelto a impresionar. Pero, cuidado: a veces las exhibiciones provocan efectos inhibidores. La identidad colectiva es una emoción. Y los navarros la sienten con naturalidad. No se torturan con ella. De la misma manera que ni se plantean que los de la ikurriña puedan poner alguna vez la mano en su Navarra, también puede haberles chocado el énfasis rojigualdo con el que la ha abrazado el PP.
