El ambiente sigue oliendo a azufre porque el PP se ha pasado en la dosis de testosterona. Resultado: lo que gana en agresividad lo pierde en instinto de conservación. Con un insensato desprecio del riesgo, adelanta tanto las líneas que su defensa queda desguarnecida y expuesta a la goleada, como a veces le pasa al Barça. Es lo malo de presionar al contrario en el terreno de éste. Antes o después se le volverá en contra.
Le pasó a Eduardo Zaplana el otro día con Rubalcaba, cuando el portavoz del PP se aferró al GAL para salir del cepo. Y le ocurrió el miércoles a Ignacio Astarloa con Fernández Bermejo. El nuevo ministro le tendió la mano, "desde el respeto, aunque sea en el desacuerdo", para avanzar juntos y devolver el sosiego a los medios judiciales. La respuesta de Astarloa, ex secretario de Estado de Seguridad, fue llamarle "fiscal sectario", "arrogante", "patético", "estrella de la bronca" y "activista de sus propios prejuicios" que ha llegado al Gobierno "para controlar el Poder Judicial y atacar por tierra, mar y aire al PP".
Pero donde se han desbordado los límites de lo tolerable en el legítimo ejercicio de la lucha política es en el argumentario dirigido a la persona de Rodríguez Zapatero. El malicioso retrato elaborado por sus furiosos detractores, aún con la marca del estupor en la frente por la derrota electoral del 14-M, es la de un presidente anómalo. Algo así como un 'okupa' de la Moncloa. La habita indebidamente por haber llegado al poder como consecuencia de un terrible atentado cuya autoría no está clara, según los escribanos de la verdad sospechosa.
Pero sugerir que el PSOE está detrás de los atentados del 11-M, por ser tan burdo, debe doler menos que situar cada día a Zapatero "más cerca de los terroristas que de sus víctimas". O acusarle de encabezar una conspiración para poner al Estado de rodillas ante ETA, mientras negocia en secreto el futuro de España con Batasuna. No me invento nada. Esta última acusación la formuló al terminar una manifestación convocada por el PP alguien en teoría tan sensato como don Mariano Rajoy. ¿Trastorno transitorio? Ojalá fuera eso. Lo peor es que son estrategias de ataque perfectamente elaboradas en las que, a mi juicio, el PP ha perdido la noción del riesgo que corre.
En la política, como en el juego de las siete y media, como bien sabía el don Mendo de Muñoz Seca, tan malo es no llegar como pasarse. El ensañamiento con Zapatero puede generar entre las silenciosas mayorías una reacción contraria a la que busca el PP. El electorado castiga los excesos. Tiene un sexto sentido para detectar el juego sucio en el debate político. Y tiende a penalizar a quien lo practica, cuando descubre, antes o después, que sólo hay pólvora mojada detrás de las grandes soflamas y los rasgados de vestiduras en la plaza pública.
Es difícil que los ciudadanos respalden a un partido llamado a gobernar que acusa de no creer en el Estado de Derecho al partido que gobierna. Sería la primera vez que los españoles gratificasen la demagogia, la mentira, el obstruccionismo a la tarea de un Gobierno democrático y la delirante asignación de intenciones ajenas que inspira en estos momentos el agresivo discurso del PP.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados