Estamos inmersos en la oleada de publicaciones de indicadores correspondientes al 2006, con unos datos macroeconómicos en conjunto positivos. El INE confirma un crecimiento del PIB del 3,9% y del empleo en un 3,1%. Incluso ha disminuido, pero no desaparecido, el diferencial de inflación con la zona euro, que viene lastrando nuestra competitividad, al tiempo que la moderación salarial permite incrementar los beneficios con la esperanza de que se traduzcan en relanzamiento de la inversión y del empleo de más calidad.
Pero merece destacarse un aspecto referido a la dimensión exterior de nuestra economía: el positivo crecimiento de las exportaciones que, en lo que se refiere a mercancías, aumentan en el 2006 un 5,6% en términos reales tras haberse estancando el año 2005 y languidecido en años anteriores. Asimismo debe resaltarse que las exportaciones de bienes a destinos situados fuera de la UE crecen a un ritmo que duplica el de las exportaciones a los mercados más tradicionales y maduros de la UE, apuntando un proceso de diversificación y acceso a mercados más dinámicos que debería consolidarse para conseguir mantener y eventualmente mejorar nuestra "cuota" sobre las exportaciones mundiales. Que en el 2006 Catalunya haya representado el origen del 26,2% de las exportaciones españolas, lo que supone más que la suma de las dos autonomías que le siguen en este ranking (Valencia y Madrid), es un dato a explicitar, al tiempo que una llamada de atención acerca de cómo inciden territorialmente las múltiples dificultades para consolidar esta dinámica positiva.
Estas cifras son especialmente valiosas a la vista de los datos recientes de "tendencia de competitividad", que siguió mostrando en el 2006 un deterioro más o menos amplio según diversos indicadores, pero que han supuesto otro lastre a superar también en el 2006 por las exportaciones. En el marco del ya famoso "modelo de crecimiento español" este freno a la competitividad de las empresas que compiten en los mercados globales no es un "efecto colateral" sino un aspecto central de una pauta cuyos beneficiarios no los sectores más necesita economía dinámica y abierta. A la vista de este entorno, la actividad de las empresas -en buen porcentaje medianas o pequeñas- que van asumiendo con tan encomiable empuje como enormes exigencias y dificultades los retos de la exportación, merece la calificación de heroica. El mayor crecimiento de las importaciones, que condujo en el 2006 a que la "necesidad de financiación exterior" de la economía española ascendiese al 7,8% del PIB (probablemente alcanzaría el 8% sin las revisiones metodológicas) y se mantuviese entre las más elevadas del mundo -y vulnerables en un escenario de mayor inestabilidad financiera- no sólo no empaña este juicio sino que realza las dificultades del marco en que se produce.
Algunos estudios apuntan a la dificultad de mantener este relanzado ritmo exportador. Para seguir contando con él se requieren actuaciones decididas. Iniciativas como la reciente Anella Internacional del Copca son (más) pasos valiosos en la buena dirección. Y tenemos que preguntarnos si, como país y como sociedad, valoramos adecuadamente los esfuerzos, a menudo discretos, de las empresas y el empresariado que conforman esa parte más dinámica, creativa, de verdad innovadora, de nuestro tejido productivo. Deberíamos hacerlo: los necesitamos.

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