Rubalcaba y la diferencia entre Aznar y Zapatero, de Pablo Sebastián en Estrella Digital
El ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, es hueso duro de roer y el portavoz del PP en el Congreso, Eduardo Zaplana, que se cree perro de presa, no pudo con él. Entre otras cosas porque Rubalcaba, que lleva varios meses —desde el estallido de la bomba de ETA en Barajas— ejerciendo como presidente del Gobierno en funciones, supo articular un discurso político bien trenzado en datos y argumentos sobre la que ha sido política antiterrorista del PP en los últimos años, mientras que a Zaplana le faltó la visión completa de la situación y se quedó en la euforia de la manifestación del pasado sábado contra la excarcelación de De Juana, tapando la que fue política de negociación con ETA de los gobiernos de Aznar y sacando el caso de los GAL como arma arrojadiza, a la que Rubalcaba replicó con la fallida conspiración del 11M, de la que Zaplana es un ruidoso abanderado en el seno del PP.
El nudo gordiano del debate de ayer fue el comportamiento de unos y otros, PSOE y PP, en la lucha contra el terrorismo de ETA durante el Gobierno de Aznar y el actual de Zapatero. Y los dos contendientes, Zaplana y Rubalcaba, tienen parte de razón en sus argumentos, aunque el ministro de Interior explicó mejor los suyos. Lo hizo insistiendo en que el PP no tiene más política de oposición al Gobierno —se excedió al excluir, en medio de protestas, la caótica política exterior— que la política antiterrorista de Zapatero. Añadió que, desde que el PP perdió las elecciones, está buscando desesperadamente a ETA para implicarla en la conspiración del 11M —lo que es cierto—, no reconoce su derrota electoral en el 2004 —lo que también es verdad— y, en consecuencia, debilita al Estado y al Gobierno ante ETA, lo que no es cierto del todo porque han sido los errores de Zapatero en las negociaciones con ETA los que debilitaron al Estado y al Gobierno.
Afirma Rubalcaba, con parte de razón, que no se puede aceptar que Aznar pudiera negociar con ETA y hacerle concesiones sobre sus presos, con el silencio y apoyo del PSOE, y que ahora, que ETA está más debilitada gracias a la que fuera política antiterrorista de los últimos años de Aznar —que el ministro reconoció como eficaz—, el Gobierno del PSOE no pueda intentar la búsqueda de la paz, haciendo lo mismo que hizo Aznar, en un tiempo en el que existían la kale borroka y los chantajes a empresarios (Rubalcaba reconoció que ahora los hubo), y recordando que tras la ruptura de la tregua de 1998, con el asesinato del coronel Blanco, Aznar no descartó otra negociación.
Lo que no ha dicho Rubalcaba y no lo ha sabido explicar Zaplana es que, cuando Aznar negoció con ETA —que negoció, aunque ahora niegue la pura realidad—, contaba con el consenso del PSOE porque lo único que estaba en juego era paz por presos. Además, las concesiones de Aznar a ETA lo fueron sólo en el ámbito de la política penitenciaria, que inútilmente niegan Zaplana y el PP, amén de la boutade de aquella declaración del ex presidente donde reconocía a ETA como el Movimiento Nacional de Liberación Vasco.
La diferencia esencial entre las negociaciones de Aznar con ETA y las de Zapatero estriba en lo siguiente: Zapatero ha iniciado la negociación sin conseguir, ni buscar, un acuerdo con el PP que no ha pretendido en ningún momento, porque el hoy presidente del Gobierno cometió el grave error político de unir la reforma del modelo del Estado, a través de los Estatutos de Autonomía, con la negociación con ETA, para ofrecerle a la banda un horizonte político que fuera aceptable por ellos. Y Zapatero se puso en marcha con el único apoyo de los nacionalistas y su calculada exclusión del PP porque sabía que los populares no aceptarían semejante ecuación de paz etarra por territorios, con la reforma incluida del modelo del Estado, porque ése sería un enorme precio político a pagar a ETA. Un precio que tenía unas entregas previas de cantidades, como las que se le ofrecieron a ETA con el público encuentro del PSE con la ilegal Batasuna, aceptando que se constituyera una mesa de partidos para debatir el futuro político del País Vasco al margen de las instituciones. Pagos por entregas en los que se incluyó, tras el atentado de Barajas y para reabrir la negociación aparentemente rota —en eso no dijo Rubalcaba la verdad—, la excarcelación de De Juana Chaos. Una decisión política que el ministro pretende exclusivamente suya, para tapar a Zapatero pero dando pábulo a la idea de que tras el atentado del 30 de diciembre en Barajas el presidente está hibernado y es él quien asume, desde entonces, la presidencia y el Ministerio de Interior.
La unión irresponsable, que hizo Zapatero, de la reforma encubierta del modelo de Estado hacia fórmulas confederadas y la negociación con ETA, que le obligaban a marginar al PP y a renunciar al consenso entre los dos grandes partidos nacionales, es sin duda el hecho diferencial. Pero existen otras diferencias significativas entre las políticas sobre terrorismo de Aznar y Zapatero: ahora existe la Ley de Partidos, lo que debió impedir el encuentro del PSE con Batasuna o pactar la llamada mesa negociadora de partidos. Y, desde luego, nunca se plantearon alusiones más o menos veladas sobre la autodeterminación, el “derecho a decidir”, terminología utilizada por Zapatero, o sobre la incorporación de Navarra al País Vasco, la última de las peticiones de ETA/Batasuna, sobre la que guarda silencio el presidente. Y todas estas concesiones políticas, en las que se incluye el caso De Juana, son las que marcan la diferencia entre la política antiterrorista del PSOE y del PP, al margen de que sean ciertas las acusaciones de Zaplana sobre la responsabilidad del PSOE en los GAL, y la de Rubalcaba sobre la implicación del PP en la conspiración del 11M.
Pero esto, que es así de sencillo, ni lo sabe decir ni explicar Zaplana, ni lo quiere ver ni reconocer Rubalcaba, que sabe que es cierto, porque él mismo se implicó para rebajar los disparates del proyecto de Estatuto que salió del Parlamento catalán negociándolo a la baja con CiU. Rubalcaba sabe todo esto como conoce que Zapatero no tiene cabeza para mucho más. Ya ha tenido que taparlo muchas veces —como durante el debate del plan Ibarretxe o en la reforma del Estatuto catalán—, y sigue tapándolo y sustituyéndolo, como se vio ayer, porque el ministro de Interior ocupó en el Parlamento el lugar que le correspondía a Zapatero. Como ocupó la presidencia tras la bomba del 30D en Barajas, una vez que De la Vega se fue a Suiza y Zapatero a Doñana, anunciando días después la ruptura de la negociación con ETA que Zapatero sólo se había atrevido a suspender. Rubalcaba es el que manda, el hombre que incorporó a Bermejo al Ministerio de Justicia para reforzar su poder y darle más contundencia a tan debilitado Gobierno. Y sobre sus espaldas se cargó el marrón de De Juana, intentando de paso neutralizar el éxito indiscutible de la manifestación del PP, a la que Zapatero desde Moncloa y Blanco desde el PSOE no han sabido responder. Pero Rubalcaba no puede estar en todo, aunque ganas se le ven.
