Sé muy poco de usted, don Marino, ignorancia imperdonable la mía. Seguro que es el suyo uno de los nombres con mayor protagonismo sindical y político en la Asturias que luchó contra el llamado tardofranquismo. Confesado mi injustificable desconocimiento, su inquebrantable lealtad a Areces me resulta, más que llamativa, inquietante.

No hace mucho que se asomó a las páginas de opinión de este periódico sugiriendo que en el pasado de Fernández Villa había cosas «francamente» oscuras. Regresa usted a estas mismas páginas de opinión implorando la necesidad de apoyo a Areces. Habla de una derecha crispada que no ha aceptado su derrota electoral de marzo de 2004. De una derecha radicalizada que se inclina hacia su fracción más ultra, y que, tras tanto tiempo transcurrido, aún no se ha desmarcado del franquismo con la claridad deseable -y hasta exigible- en democracia. Estoy completamente de acuerdo.

Pero una cosa es la deriva del PP en la política nacional, no sólo rechazable, sino además preocupante, y otra muy distinta es el malestar que la política arecista está causando en Asturias. El ejemplo más reciente de ello es el cierre de una emisora de televisión casi en vísperas electorales. Tal vez el PP esté aprovechando este clima en beneficio propio, lo que no exime a Areces de responsabilidad política.

La política llevada a cabo por Areces ha venido generando frustraciones continuas. Y -disculpe la obviedad- de tales atmósferas cargadas es don Vicente el principal causante. Si nos remontamos a la memoria de los años predemocráticos, haber nombrado en la legislatura pasada al señor Bregón no fue una medida muy acertada al decir de los testimonios de gentes de izquierdas no aquejadas de amnesia. Si nos situamos en la Asturias de hoy, cuesta entender que por parte del mundo político y sindical no haya muestras de solidaridad con la situación que están viviendo los sindicalistas Cándido y Morala. Tanto silencio desquicia y decepciona a un tiempo.

De otro lado, habla usted de unas cincuenta personas que acaban de formar una especie de plataforma para apoyar a Areces. Eso me retrotrae al año 1999, a un acto de apoyo en un conocido restaurante ovetense a la candidatura al Gobierno asturiano que presentaba el entonces alcalde de Gijón. Pintaban bastos para el felipismo, que había caído tres años antes electoralmente castigado por escándalos de corrupción y terrorismo de Estado. Sin embargo, muchas fuerzas vivas de la izquierda astur obviaron tal cosa, confiando acaso en que Areces nada tenía que ver con los asuntos más turbios de aquel período de 14 años liderado por un Tartufo de la política.
Ocho años después, Areces sigue teniendo de su parte a una especie de fiel infantería que le apoya sin fisuras. De un lado están algunos de sus antiguos camaradas, con independencia de que sigan o no en el PCE, cuyo comportamiento se asemeja mucho al que pudiera ser el propio del politburó. Si, según dice el tópico, haber sido cura deja un sesgo inconfundible, algo similar pudiera suceder con el estalinismo, que se sigue conservando en el modus operandi en clave interna, por mucho que ya no se sostenga un discurso ortodoxo y prosoviético, lo que significaría estar fuera de algo tan importante para todo marxista que se precie como es la historia. De otro lado pudieran estar también «intelectuales» y «creadores» excelentemente considerados por el actual presidente. La relación con alguno de estos últimos puede datar de los tiempos de militancia comunista. Con otros fue sobrevenida en democracia. Permítame que le diga, don Marino, que esta doble apoyatura no es tan consistente como usted parece desear.
Me asombra que para usted la izquierda, de la democracia a esta parte, se mantiene impoluta. Pertrecharse bajo unas siglas no supone un certificado de garantía ideológica. No contempla usted la existencia de gentes de izquierdas decepcionadas con las políticas llevadas a cabo, en España y en Asturias, por partidos que de progresistas tienen poco más que las siglas.

¿Es progresista una política que sitúa al cemento entre sus principales prioridades? ¿Es progresista una política urbanística que crea un rechazo visceral en áreas rurales próximas a grandes ciudades, como es el caso de Gijón? Sin salir de la misma ciudad, ¿es progresista una política que tuvo recientemente entre sus principales reclamos ser sede de los jurados de los premios «Príncipe de Asturias», así como el asentamiento de un casino? ¿Es progresista una política llevada a cabo en varios municipios del occidente asturiano que dispara alarmas continuas por su falta de sensibilidad en asuntos medioambientales?

Si a usted le inquieta lo que pueda pasar en las próximas elecciones autonómicas, algo habrá estado fallando, pues el señor Areces ha dispuesto de ocho años para ganarse la confianza del electorado en Asturias. Pasó de la mayoría absoluta de 1999 a la necesidad de formar coalición en 2003. Si en la tercera ocasión que se presente la posibilidad de seguir perdiendo votos sigue ahí, por fuerza tiene que haber una casuística en este deterioro distinta a lo que dice y hace el PP.

Pero nada de crítica. Todo sea por el politburó. Prietas -también- sus filas, sin lugar para la crítica ni para la discrepancia. Fe ciega, lealtad inquebrantable.

¿La izquierda era esto, señor Artos? ¿Se ha parado usted a pensar en la cantidad de gentes que se han quedado en las cunetas, decepcionadas por tantas renuncias y renuncios? ¿Terminó para usted la historia en 1975, en España y en Asturias?

¡No me lo puedo creer!