AQUI NO HAY PLAYA

Perico Beltrán llevaba 60 años de anarquismo juvenil por las calles del centro de Madrid. Se ha apoyado en las mesas de los cafés que importan para firmar un último guión que nunca era el último. En los mingitorios del Gijón ejerció de practicante para los amigos abastecido por un boticario calvo y rojo. Perico Beltrán fue un lujo de paso lento, un antídoto contra la estupidez de la actualidad, un embajador que traía noticia entorchada del frío cabrón que hace ahí afuera. No he conocido a un hombre más cosmopolita de ideas sin salir de las cuatro calles de su reino: la del Clavel, la de la Victoria, la Plaza de Santa Ana y los aledaños de Sol. Por allí andaba como un gato, como un príncipe de cuyo brazo se colgaron Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida, el viejo Julio Aparicio, señoritos y burlangas, marquesas, su amado Fernán Gómez y Luis García Berlanga, además de otros ilustres. Cerca de Perico se paseaba mejor la calle ancha de la libertad.

En la mesa de la Cervecería Alemana, donde Hemingway rebuznaba su borrachera de oficial de barbacoa, se sentaba en la mañana para observar con su vista corta lo que pasa lejos (cuestión de talento). Allí bebía un té frío más por impertinencia que por gusto. Allí lo vi hace algo más de una semana. Hablamos de lo de siempre, que en Perico siempre era algo nuevo. Comimos en La Trucha, al costado del Teatro Español. Y cuando alguien se acercaba a escuchar su gregoriano en ideas o a pedirle un préstamo, asestaba una absolución con la mano abacial, mientras se persignaban a compás los camareros. Era el último bohemio de un Madrid cruel que no cree en la bohemia. Tenía la elegancia de no quejarse nunca y, de vez en cuando, por no perder costumbre, dejaba ver sus ribetes de pícaro del Siglo de Oro y enamoraba a una alemana perezosa cantándole una nana como lo haría en Zambra Rafael Romero, El Gallina, como Manolo Caracol en Los Canasteros, jondo, caló sin serlo, sabio, rematando la faena con la 'pataíta' que le enseño su amigo Gades a esa hora en que en Madrid suenan las palmas por las pensiones.

Su mundo ha sido el cine. Sabía tanto de películas como de toros. Era capaz de diagnosticar el comportamiento de un morlaco oyéndolo respirar, escuchando su trote fino. Cuando presentó en el Teatro Marquina 'Burro de noria', chispeante libro de poemas, vació la ciudad de actores, directores y fieles. Todos se auparon al escenario para decir algún verso, desde Concha Velasco a Imanol Arias. Estaban allí por convencimiento y admiración, porque Perico no es de los que llaman ni cuando las pasa putas, como era habitual. Si venían malas se encerraba en 'palacio' (así llamaba a las pensiones donde vivía) y dejaba huérfana Madrid por una temporada. Huía de los zascandiles y los malditos de profesión. Perico sabía que hoy se da un malditismo a medias, y a él le sobraba gracia e inteligencia para hacer nada a medias. Ni siquiera quejarse. Era un lujo que Madrid y el Café Gijón no supieron ver. Don Pedro, como dicen en 'palacio', se ha ido de 'viaje a ninguna parte'.

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