Es éste un país raro, en el que se vive con más encono la política que la rivalidad futbolística. Quién sabe si eso es buen síntoma o todo lo contrario. Lo cierto es que acabamos de estrenar una nueva fase de crispación en la política española. Y el PP lleva, de nuevo, la voz cantante. Para los populares, la excarcelación de De Juana ha sido la espoleta para desatar la ofensiva contra un Gobierno que, con sus torpezas, no ha logrado despegarse de su rival pese a llevar tres años en el poder.

Dos no se pelean si uno no quiere. Pero tampoco si uno no logra recabar argumentos para incomodar a su oponente. En ese caso, sus improperios no hallan eco. El PP logró el aliento que necesitaba el mismo día del atentado de ETA en Barajas. El ridículo de un presidente anunciando una paz próxima mientras los terroristas conducían la furgoneta en la que cargaron los explosivos, seguido de la reticencia posterior de Zapatero a marcar distancia con Batasuna, incluido el cortejo de Otegi sobre Navarra, fueron la munición que anhelaba el PP para arreciar un desaforado acoso al Ejecutivo. Con la ayuda de De Juana estaba servido el filón que explotar. ¿Acaso creía alguien en el Gobierno que el PP vería pasar esta oportunidad cruzado de brazos?

Es más, ¿a estas alturas podría hacer otra cosa Rajoy sin comprometer su futuro como líder del PP? Si no abanderaba la causa antigubernamental a raíz del caso De Juana, corría el riesgo de que lo hicieran la AVT y la Cope, de modo que él se habría visto obligado a seguirles. Pero además, los populares recuerdan que la estrategia de tensar la cuerda les da réditos -más que la oposición abnegada-, sobre todo aderezada con un subidón de patriotismo españolista, haciendo de la bandera y el himno una apropiación indebida, aprovechando la dejación manifiesta que se atribuye al PSOE tras el baile estatutario. El riesgo para Rajoy es estirar demasiado, que la goma se suelte y le fustigue en plena cara. Es lo que espera el Gobierno, cuya táctica hasta ahora ha consistido en contraponer moderación a radicalidad. También Zapatero repite receta.

¿A qué nos aboca este torbellino? Unos dicen que a la abstención, otros apuntan al enfrentamiento civil, los hay que no ven peligro mientras la economía funcione y, por último, algunos muestran preocupación ante una sociedad que juega con los principios, los banaliza, trivializa y frivoliza de forma alarmante. Lo cierto es que en la reciente democracia española sólo hemos cambiado de gobierno creando situaciones límite de deterioro y escarnio público. Quizá es que somos tan inconscientes que la mera evaluación de una buena o mala gestión gubernamental no nos motiva y necesitamos sacudidas emocionales para provocar la alternancia. Aún no vemos la derecha y la izquierda como dos formas de gobierno, sino como dos instrumentos de revancha.

Llegados a este punto, tanto Rajoy como Zapatero apelan al dictamen de las urnas como vía de escape a tanto vapor acumulado, pero deberían ser más conscientes de que después de las elecciones lo importante será que el ganador no gobierne sólo para los que se manifiestan, sino, sobre todo, para los que se quedan en casa.

Amistades populares La manifestación del PP en Madrid sirvió también para que dirigentes del partido confraternizaran antes de la marcha. Josep Piqué aprovechó para almorzar con el presidente de la Generalitat valenciana, Francisco Camps, y con el líder del PP andaluz, Javier Arenas, con quienes mantiene buena amistad desde hace tiempo. Alguno de los presentes comentó que, de haberse sumado al encuentro Alberto Núñez Feijóo (PP gallego) y Alberto Ruiz-Gallardón, alcalde de Madrid, cualquier malpensado habría concluido que se estaba forjando una conspiración en toda regla para dar un golpe de timón en el PP.

Maragall, pasota con el PSC Aunque continúa siendo presidente del PSC, a Pasqual Maragall no parece que le interesen mucho las ejecutivas de su partido. Desde que volvió de Argentina no ha asistido a ninguna. Y van tres. Tampoco fue a escuchar la conferencia de José Montilla con motivo de sus cien días en el Govern. En cambio, tuvo tiempo para ir al palco del Camp Nou para ver el Barça-Madrid.

Ciutadans en España Mientras los dirigentes de Ciutadans continúan buscando a un candidato -preferiblemente mujer- a la alcaldía de Barcelona, parece que ya han decidido que, fuera de Catalunya, su implantación será moderada. De momento, Salamanca y Alicante se perfilan como las únicas ciudades españolas en las que concurrirán.