El poeta Joan Teixidor me decía que cuando alguien muere, siempre quedamos en deuda con él. Cómo lo he pensado al enterarme de la muerte de José Luis Coll, acaecida precisamente pocas semanas después de que nos prometiéramos, junto a su esposa Tilde, volver a deambular juntos después de una serie de años de mutua ausencia. ¿Y por qué? Por nada, yo aterrizaba en Madrid y el tiempo nos devora.

Porque resulta que en la década de los ochenta yo iba mucho a Madrid, y allí cada noche acudía a la boîte Cleofás, donde me reía como un loco con el show de Tip y Coll, y después José Luis y yo nos instalábamos en Bocaccio, donde él mantenía con whisky una tertulia variopinta, al lado de otra de María Asquerino con actores, obsesionados por la precariedad laboral. En nuestra mesa se hablaba de literatura, teatro y pintura, José Luis coleccionaba cuadros, leía mucho y publicó varios libros, unos agudos diccionarios en su línea surrealista, en alguno aparezco, y una novela sobre su infancia, muy bien escrita. Y al alba nos despedíamos iluminados, yo incluso alquilé un apartamento sobre Bocaccio, para estar al quite. Y un verano se vino a mi pueblo.

José Luis era cordial, fraternal, bajito y algo regordete. Siempre alerta. Esta última vez que nos vimos a mí me entregaban en Madrid cierto galardón cultural, y cuando me tocaba agradecerlo divisé a José Luis y a Tilde entre el público, y dije a tono con nuestras viejas historias: "Hoy sobre todo me alegra haber encontrado de nuevo a Coll, la persona con la que he pasado más noches a excepción de con mi mujer".

El humor de Tip y Coll pertenecía al surrealismo, pero no fue una parida artificiosa, sino una erupción fresca, irisada, basada en el malabarismo idiomático: dobles sentidos, retruécanos u onomatopeyas, que a menudo desvelaban el absurdo que nos sumerge. Tip, entrañable Luis Sánchez Pollack, era más de sal gruesa, aunque también afilado. Pero quien señalaba el camino era Coll. Ambos han sido los grandes creadores del humor español del último medio siglo. Antes tuvo gracia Gila, después Eugenio.

Y la gente decía que Tip y Coll estaban de punta porque Luis era de derechas y José Luis de izquierda, y además iba a jugar al billar con González, el presidente del Gobierno. Sólo una vez vi un conato de irritación entre ambos, cuando Luis en escena mencionó al PSOE, pero nada, su compañerismo y la entrelazada creación siguieron como antes.

Y esta ausencia en su show de política partidista, hoy insólita vista la reiterada caricatura politiquera en los audiovisuales, estimuló su capacidad de ingenio e ironía. Pero ¿qué queda de ello? Lo que al fin somos, recuerdo...