Veinte años han transcurrido desde que Portugal y España ingresaron juntos en la Unión Europea. La ocasión de tan memorable encuentro no podía ser más significativa. El Viejo Continente abría oficialmente las puertas a los dos Estados del extremo sur. Esas mismas naciones de naciones que, cual faros iluminando las aguas del ancho océano, marcaron las rutas atlánticas hacia la otra orilla. Y una vez alcanzado el ignoto Nuevo Mundo, emprendieron el aventurado y comprometido papel de adelantados difusores y de firmes baluartes de la civilización occidental.
Dos países y pueblos complejos, de hondas raíces históricas y culturales que, en el último tramo del siglo XX escogieron la libertad para instalarse en unos sistemas democráticos, plenamente homologables con los de sus vecinos y amigos del norte. Venían de lejos, tras un largo periodo de dictatorial aislamiento, que les fue impuesto a pesar de sus ansias europeístas. Porque, en efecto, hace nada menos que un siglo atrás, en los años 1907 y 1908, tras los declives imperiales, en las mentes más privilegiadas peninsulares germinó la idea de que Europa era la solución a los problemas nacionales.
Fueron sueños anticipadores que inspiraban y prendían en el alma de sabios y poetas, a los Oliveira Martis y Guerra Junqueiro, a los Unamuno y Ortega, a los catalanes Maragall y D´Ors, hispanófilos unos, lusófilos los otros. La firme convicción iberista del catalanista Maragall sorprendió al propio rector de Salamanca, "asimilador de valores universales", dicho con palabras de Salvador de Madariaga. Y es que si desde la noche de los tiempos los catalanes se consideran europeos, Maragall y Unamuno coincidían en considerar que el europeísmo era incompleto sin el mutuo conocimiento y la confraternización entre lusitanos e hispánicos.
Ambos insignes maestros nos enseñan a amar Portugal. Intuyeron que Europa finalmente nos uniría. Su visión se ha cumplido. De la mejor manera, compartiendo responsabilidades, derechos y deberes al máximo nivel. En Bruselas, capital de la Europa Unida en construcción, que rige la Comisión, referencia universal de un vastísimo proyecto en marcha y de su continuidad, sin precedente en la historia de la humanidad. Paso a paso, tal como predijo Jean Monnet.
Y después de medio siglo de episodios afortunados y de peripecias y estancamientos varios, pero, pese a todo, de seguido funcionamiento, tenemos la suerte de ver presidiendo la Comisión a un estadista portugués de clara vocación y cultura universalista, hábil político, con experiencia de primer ministro de su país, y de negociador de talla internacional, servido por un poliglotismo de superdotado.
Ni para José Manuel Durão Barroso, ni para cualquier líder de su misma categoría, y por muy bien equipado que anduviera, era nada fácil el reto que se le planteó ante el Parlamento de Europa. La Comisión ha contado con eminentes presidentes. Walter Hellstein tuvo la virtud de confirmar la voluntad indeclinable de Alemania Federal de contribuir de forma decisiva a edificar la Unión. Cumplió con los deseos que ejemplarizaron Adenauer y otros grandes cancilleres, incluida la actual presidente Angela Merkel.
Pero estados de menor entidad ofrecieron unos presidentes no menos influyentes en la extenuante tarea constructiva, sea el holandés Sicco Mansholt, sea el luxemburgués Gaston Thorn, figura muy apreciada y familiar en Catalunya, que eligió por segunda residencia.
En los dos años de su mandato, la gestión de Durão Barroso no desmerece la de sus más serios antecesores. Es un modelo de entrega y de saber hacer que deja muy alto el pabellón de los pueblos ibéricos. Desde nuestra doble tribuna, la de la Fundación Conde de Barcelona y la de La Vanguardia, la figura del presidente de la Comisión nos parece muy meritoria. Es todo un símbolo, una personificación de la voluntad europeísta de españoles y portugueses en un momento crítico y a la vez esperanzador del papel que les está asignadas a las democracias de nuestro continente en un equilibrado concierto de las naciones.
Se da la feliz circunstancia de que el conde de Barcelona, título que ostenta con legítimo orgullo Su Majestad el rey Juan Carlos I, es hoy día no sólo el ciudadano número uno de su país, también se le reconoce su condición de primero de los lusófilos. Siguiendo así el ejemplo de su augusto padre, don Juan de Borbón, que estableció la jefatura de la dinastía en el exilio, en su residencia de Estoril. Allí, por cierto, permaneció al estallar la revolución de los claveles y tuvo el gesto mayestático de seguir los eventos seguro de que los portugueses sabrían encontrar el camino de las libertades esenciales que la propia casa real reivindicaba para la nueva monarquía parlamentaria. Fiel a su firme propósito de que el futuro Rey lo fuera de todos los españoles.
La Vanguardia, diario liberal fundado hace más de 125 años por la familia Godó, sigue como el primer día con su tradición de ventana abierta al mundo. Sus páginas de información, cultura, economía y opinión han sido en todas las épocas testimonio de su vocación democrática e internacionalista y, en los últimos decenios, incluidos los del tardofranquismo, no dejó de alentar la legítima aspiración de la abrumadora mayoría de catalanes y españoles de incorporarse al mundo de la Europa democrática y de la Comunidad Atlántica.
Identificada por lo tanto con el espíritu de nuestros estadistas, que han servido y sirven a la citada y noble causa, cerca de las instituciones europeas, desde Marcelino Oreja hasta Javier Solana o Joaquín Almunia, dignamente presididos por Durão Barroso, en cuya persona desea la Fundación rendir homenaje al medio siglo de fructífera obra desarrollada por la Comisión de Bruselas.

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