La Coctelera

Reggio

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12 Marzo 2007

Guardemos la verdad del vino, de Eugenio Suárez en La Nueva España

El vino se ha salvado por los pelos y esperemos que una futura embestida haya fortificado sus defensas y justificado una pacífica existencia con la ciudadanía. Se ha convertido en un estólido abuso el recurso a la cultura y cualquier mentecato -o mentecata- nos endilga su opinión sobre la cultura del aspirador de polvo, la del salvaslip, del surfismo o la depilación de las ingles. La perezosa lasitud de los académicos permite que se cuelen vocablos, modismos o interpretaciones que tienen vida en el lenguaje coloquial y transitorio y no se corresponde con el lema imperativo de limpiar, fijar y dar esplendor al idioma. Pero ése es otro tema.

Hay que suponer siempre buena intención al legislador, que ya no se acerca al prototipo de la sabiduría de quienes encarrilan y conducen a los súbditos. Ahora parece que, cuando hartos de la mediocridad televisiva, pulsan el botón de cierre, por reacción, pudieran tener alguna idea. Eso, en sí mismo, no es perverso, sino cuando el crepuscular impulso sobreviva a una noche de descanso incompleto. El alcohol es malo. Y tanto, en especial si se trata de ingerirlo; ergo, cualquier derivado debe ser descartado del consumo de esta desvalida y estólida sociedad, regida por las consignas que recibe a toda hora.

Sin la necesaria reflexión y la opinión sincera de los contrincantes, si se trata de sacar adelante cualquier ley que, por su propia naturaleza, debe afectar a gran número de ciudadanos, tendremos permanentemente a buena parte de la población descontenta y eso es la antítesis del buen gobierno. La errónea ley del vino ha sido, simplemente aplazada, según la ofendida y terca versión de los responsables, sólo torcidos ante los presuntos males electorales que acechan. Esperemos que el paréntesis sirva para elaborar una orientación distinta a lo que, en sí mismo, no es bueno, pero cuya abolición traería peores remedios. Hay asuntos tan importantes, o más, en este ámbito. Descubrimos que, al cabo de los refinamientos y los avances técnicos falla, con daño y estrépito, una regulación de nuestra vida. Ni los españoles, ni siquiera los europeos -y no hablemos de los norteamericanos-, sabemos comer y en gran medida no por la desdichada imposición de la hambruna, sino por la catastrófica e inadecuada manera de alimentarnos. Quién iba a decir que aquellos escuálidos, esqueléticos niños españoles de hace medio siglo fueran camino de la obesidad mórbida, por los intereses de poderosas empresas alimenticias aliadas con la desidia de los padres, que ya vienen alimentándose mal desde hace treinta años.

Dijo Cicerón -y lo sabe medio mundo- que hay que comer y beber con tal moderación que nuestras fuerzas se restauren, no se recarguen. Ahí está el arte de comer, en la restauración. Fue, ciertamente, asunto de las clases privilegiadas, cuyos cocineros se iban transmitiendo los secretos culinarios. Es verdad que un rico puede morir de hartazgo, pero los amigos y conocidos más longevos que tengo son gente adinerada que ha sabido gustar buenas viandas y catar excelentes vinos. Nos lleva esto a considerar la alimentación como un problema de conjunto. Creo coincidir con quienes consideran que el botellón es malo no sólo por el daño que el alcohol produce en organismos muy jóvenes, sino porque suele ser mal vino, mal licor, mala mezcla de ambos.

En la sabia Andalucía se informa al forastero visitante de las bodegas que don Fulano y don Mengano no dejaron de echarse al coleto, todos los días, una, dos o tres medias botellas de fino hasta los noventa y más años. Claro que solían acompañarla de unos taquitos de jamón, dieta que conviene a cualquier cristiano e incluso a los que no lo sean.

Ésta sí es una especie de cultura que se esparce por todos los niveles de la sociedad. La gente opulenta tiene quienes le inculcan esta forma de vida, pero los resortes publicitarios de los que disponemos deberían ser guía suficiente para educar la salud de los contribuyentes. No sé si desterrando las incitaciones hacia lo que es intrínsecamente nocivo para la salud, de lo que sería partidario, importándome poco las apelaciones a la libertad de los fabricantes de comida basura para atiborrar a la niñez y juventud. Debería ser algo más sutil. Ya que de los estudios básicos se han desterrado ya, por ejemplo, la historia, la geografía, las matemáticas, la religión como parte de la educación, podrían enseñar a comer. Empeño difícil, si echáramos mano de la tradición, que nos presentaba a los maestros de escuela como Carpantas irredentos.

A la delicia y variedad de la mesa contribuyen los congelados, que proporcionan manjares en toda temporada. Comer y beber bien no es sólo alimentarse con caviar y langostinos, sino fomentar la controversia entre mujeres y hombres acerca de cómo ligar una salsa, preparar un hojaldre, condimentar cualquiera de los infinitos gazpachos o potes que oferta nuestra geografía gastronómica. La igualdad de sexos ya ha conseguido que el varón entre en la cocina, pero que no sea sólo para fregar los platos.

Sería un gran avance -quizás el único- que sosiegue al contribuyente el intercambio de opiniones, alternado con el fútbol, la política, el terrorismo y la inmigración. Podrían crearse específicos seminarios sobre la dietética, a nivel nacional. El ganador o la ganadora anual tendrían derecho a un almuerzo en el restaurante de Ferrán Adrià, Arzac o Subijana. Yo no veo otra posibilidad de conseguirlo .

Tags: vino

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