Todos los que rondamos los cuarenta años vivimos nuestra infancia bajo la gran amenaza de una guerra nuclear. La bomba atómica era el gran miedo y el hongo nuclear se convirtió en el icono por excelencia de una guerra fría que tenía al mundo pendiente de dos botones. Películas, novelas, canciones y demás productos culturales se encargaban de recordarnos que la destrucción de la Tierra no era una metáfora de los políticos, sino algo verdaderamente posible en cualquier momento. Los intelectuales opinaban acaloradamente sobre este asunto, referencia obligada a la que iban a parar, finalmente, la mayoría de los debates. Las dos bombas atómicas lanzadas por los norteamericanos sobre Japón al final de la Segunda Guerra Mundial eran un marcador terrible que superaba cualquier ficción. Sus efectos mostraban obscenamente la capacidad de destrucción y de muerte de la especie humana tras haber llegado a las más altas cotas de la razón y la estupidez.

Fuimos, pues, niños acostumbrados a pensar el fin del planeta en términos de infierno nuclear. Si las cosas terminaban mal, estábamos seguros de convertirnos en polvo anónimo de forma inmediata tras contemplar un resplandor impresionante.

Pasaron los años, la guerra fría terminó cuando el bloque soviético se desmoronó y, ahora, hemos sustituido el miedo de nuestra infancia por otro relato de pánico: el cambio climático. Leía el viernes en La Vanguardia una noticia bastante espeluznante: "El cambio climático ya inundará parcialmente el delta del Ebro en el 2045". Lo dice el Ministerio de Medio Ambiente a partir de un estudio de la Universidad de Cantabria. Las autoridades indican que debe actuarse rápidamente para prevenir que el nivel del mar suba y desaparezcan playas y miles de hectáreas de humedales. Por otro lado, el Gobierno central ha elaborado el documento Estrategia española de cambio climático y energía limpia,que incluye, entre otras medidas, la subida del precio de la luz para evitar el derroche, la prohibición de calderas de carbón en las casas para el año 2012, la limitación de los aires acondicionados, la obligatoriedad de la certificación energética en todos los electrodomésticos, la subida de los impuestos a los coches más potentes y la bajada de los impuestos en los biocombustibles. Ya no se trata de políticas sectoriales que sólo proponen los grupos ecologistas. La agenda de los políticos ha colocado el cambio climático en los primeros puestos y muchas empresas dedican recursos para aparecer como organizaciones responsables en este campo.

El cambio climático se ha convertido en un motivo de charla y de chistes. No sabemos exactamente de qué hablamos, pero aplicamos el concepto por aproximación, como una muletilla que sirve para todo. Para comentar el tiempo, la moda, la salud y lo que se tercie. También la amenaza atómica acabó integrándose como un aspecto más en nuestra vida cotidiana y mudó en materia trivial de la cual nos reíamos para conjurar el yuyu. En el caso del hongo nuclear, la mayoría de la gente pensaba que no se trataba de algo discutible ni falso. Algunos podían ser más pesimistas u optimistas sobre el sentido común de los gobernantes de las grandes potencias, pero había un consenso sobre la objetiva existencia de una tecnología militar que, si llegaba a usarse, podía reducirnos a la nada más literal. Hoy, ante el cambio climático, el punto de partida es distinto, pues no existe el mismo consenso acerca de la existencia del fenómeno. Por tanto, hay mucha gente que rechaza las advertencias severas y los presagios agoreros porque niega la mayor y no acepta la premisa. Ahora, hay niños cuyos padres les dicen, cuando regresan de la escuela, que todo esto es una exageración y que no hay para tanto. Antes, si el profesor te hablaba de la bomba atómica, tus padres simplemente asentían con cara de resignación y fatalismo.

Lo cierto es que uno lee los artículos de Xavier Sala i Martín y da argumentos plausibles para relativizar la cuestión y tratarla con menos alarmismo. Luego, uno lee los artículos de Manuel Castells y también da argumentos estimables para tomarse en serio ciertas recomendaciones y procurar cambiar algunas actitudes. No debemos quedarnos con un solo criterio. Aventuro que la mayoría de los ciudadanos nos movemos en esta franja de incertidumbre e ignorancia acerca del cambio climático y que, antes que ubicarnos en una u otra posición de forma férrea, preferimos hacer nuestra particular y modesta síntesis de razones, por si acaso.

Con todo, no estoy dispuesto -y creo que mucha más gente- a que el cambio climático se transforme en el nuevo terror diario y que imágenes tremendas de desiertos voraces, mares desbocados y tormentas perpetuas empiecen a poblar mis sueños hasta convertirlos en pesadillas. No nos pasamos nuestra infancia viendo imágenes de refugios antinucleares por la tele para vivir nuestra edad adulta atenazados por el Apocalipsis climático. Estemos atentos a los datos de los científicos, escuchemos a los gobiernos, consideremos los intereses de las empresas que dan la razón a unos o a otros, pero no aceptemos un nuevo Alien conceptual. Otros fenómenos, como los integrismos y los populismos florecientes, merecen mayor espacio objetivo en la vitrina de las amenazas contemporáneas. Además, en caso de pavor incontrolable, les recomiendo un paseo por el cibermundo de Second Life. Es otro clima.