LA TERRAZA

El pasado lunes, en la iglesia de Santa Maria del Taulat, en Poblenou, mientras el ataúd que llevaba los restos de Josep Maria Huertas Claveria abandonaba el templo, se escucharon un par de canciones: Al vent, de Raimon, interpretada por el propio Raimon, y Non, je ne regrette rien, de Charles Dumont y Michel Vaucaire, interpretada por Édith Piaf. La primera es una canción que define toda una época, una canción generacional -la época y la generación de Huertas Claveria-; una canción de combate, como combativo fue el periodismo que practicó Huertas Claveria. La segunda es una canción de 1960, prácticamente contemporánea de la de Raimon, en la que una mujer (o un hombre, un ser humano) confiesa no arrepentirse de nada, ni del bien ni del mal que le han hecho, todo le da igual. Es la confesión de una mujer que ha liquidado su pasado, que parte de cero en una nueva vida "que empieza contigo". Es una canción de amor, de amor y desamor, como todas las que cantaba la Piaf. Esa canción, en el funeral de Huertas Claveria, me sorprendió. Porque la idea que siempre tuve del periodista fue la de un hombre demasiado frágil como para de golpe y porrazo liquidar su pasado y empezar de cero.

Una mañana de mayo, a finales de los años sesenta, el periodista Manuel J. Campo (hoy Manuel Campo Vidal) cita a su compañero Josep Maria Huertas en un bar cercano al diario en el que ambos trabajaban, el Tele/eXpres, propiedad del abogado y empresario Sebastià Auger (Grupo Mundo) y del cual era entonces director Tristán de la Rosa. Manuel J. Campo le comunica a Josep Maria Huertas que el director le ha ofrecido la subdirección del periódico, a la que aspiraba Huertas, y le dice que está dispuesto a aceptarla. Huertas le aconseja que se lo piense dos veces, que el diario no pasa por un buen momento. Manuel J. Campo se lo toma a mal y le suelta a su compañero: "Tu has estat un gran periodista, com Manuel Vázquez Montalbán o Ibáñez Escofet, i heu sabut crear escola cadascun, però ara és el temps d´una altra gent". "El teu, no?", dice Huertas, y Manuel J. Campo le clava la puntilla: "Per què no? Es porta més el meu estil de periodisme que no pas el teu. Tu ja estàs una mica acabat".

La escena está sacada del libro Cada taula, un Vietnam (Edicions de La Magrana), en el que Josep Maria Huertas Claveria relata sus vivencias de periodista en la Barcelona de 1960-1980, desde que empieza a trabajar en El Correo Catalán hasta la estrepitosa caída del Grupo Mundo. Comentando la escena, el breve diálogo con su compañero, Huertas escribe en su libro que Manuel J. Campo militaba a la sazón en el PSUC. "El 1981 -escribe Huertas-, Campo encara apostava per l´eurocomunisme i publicaba a Grijalbo El PSUC i l´eurocomunisme. Tan sols un any després treia La España que hereda Felipe González a Argos. En la contraportada hi havia la relació dels seus llibres: hi sortien tots, menys El PSUC i l´eurocomunisme. Havia descobert que el camí del triomf passava per uns altres indrets i unes altres persones". Y añade: "Ni el PSUC ni jo érem ja cavalls guanyadors...".

Hay quienes sostienen que el atractivo, el encanto del periodista Josep Maria Huertas Claveria residía en su condición de caballo perdedor. Para esa gente, Huertas era el buen periodista, noble, con un gran sentido ético de la profesión; el hijo predilecto de Ibáñez Escofet, defensor de todas las causas perdidas; un profesional que en su día practicó el periodismo social, de combate, un periodismo que hoy se ha vuelto "més assenyat, més sotmès als llibres d´estil, més seriós; més avorrit, però" (Cada taula, un Vietnam).

A mí me indignaba la beatificación en vida del periodista Huertas Claveria, como me sigue indignando ahora en que ya no pertenece a este mundo. Me indignaba y me sigue indignando ese querer convertirlo en una porcelana de Lladró -El bon periodista- para tranquilidad de muchas conciencias profesionales. Como me indignaba la propia tendencia de Huertas a la autocompasión, fruto sin duda de su fragilidad. En mi opinión, Huertas ha sido uno de los mejores periodistas -amb nas- de mi generación. Un periodista al que le gustaba trabajar en equipo y le gustaba mandar (como a papá Ibáñez Escofet), y al que le hubiese gustado tener su periódico (como lo tuvo papá Ibáñez Escofet). No lo tuvo porque Huertas era incapaz de dar un codazo a tiempo, de poner la zancadilla o dar una patada en el culo a un compañero indeseable. Tal vez lo hubiese deseado en más de una ocasión, quisiera creerlo, pero era incapaz de hacerlo.

Josep Maria Huertas Claveria, a diferencia de la mujer de la canción de la Piaf, no s´en fotia del pasado. Huertas estaba tremendamente marcado por su pasado. En La memòria és un gran cementiri escribe Ibáñez Escofet-. Ho féu amb desconfiança i les urpes a punt. Temia que Huertas Claveria li plantagés alguna reclamació econòmica". Pero Huertas no le exigió ni una peseta, era lo último que se le hubiese pasado por la cabeza. Entonces, la mujer, ya más tranquilizada, le ofreció el reloj de su padre, pero Huertas Claveria lo rechazó y le pidió tan sólo "la col·lecció enquadernada de la revista Mickey, que li recordava la seva infantesa feliç però massa poc duradora", dice Ibáñez Escofet. Huertas Claveria mantenía con su padre una fuerte relación de amor-odio. No se veían, pero Huertas, de vez en cuando, llamaba a su padre por teléfono, sólo para escuchar su voz, y luego colgaba el auricular (eso me lo contó el miércoles el que fue su gran amigo y compañero, el periodista Josep Martí Gómez). Quisiera creer que dentro del ataúd, junto a los restos del periodista Josep Maria Huertas Claveria, alguien había colocado aquella colección encuadernada de la revista Mickey.

A raíz de su muerte, como si todavía no tuviese bastante con la porcelana de Lladró, la periodista Montserrat Minobis llamó a Huertas Claveria "nuestro Kapuscinski". Si uno no conociese a la Minobis, podría pensar que se trata de una muestra más de sarcasmo de nuestra sanguinaria profesión. Cuando, a finales de los sesenta, coincidí con Huertas en la redacción de Tele/eXpres, bauticé a él y a los suyos, a los que a la sazón practicaban aquel periodismo social, de combate, como "los huertamaros" (por los tupamaros). Alguien pensó entonces que yo hacía burla, que me cachondeaba de aquel tipo de periodismo, y no era así. En aquellos años a mí me gustaba inventarme cosas, inventarme nombres, y así me inventé "la cultureta", "la gauche divine", el "patufetismo-leninismo", que tuvieron bastante éxito, como "los huertamaros". Pero si en los tres primeros la coña era manifiesta, en "los huertamaros" había un cierto cariño, aunque a veces los encontrase excesivamente serios, carentes de esa pizca de humor, aunque sea de humor negro, que a mi modo de ver caracteriza el mejor periodismo.

El periodista Josep Maria Huertas Claveria no ha llegado a cumplir los setenta años. Como Manolo Vázquez Montalbán, como Montserrat Roig, como Terenci Moix, como Jaume Perich, como Fabià Puigserver, como Ramon Barnils, como Xavier Miserachs, como Miquel Bauçà, como Ovidi Montllor, como Josep Maria Carandell... No puedo afirmar, como Josep Martí Gómez, que con Huertas Claveria "se ha ido una parte de mi vida". Pero sí que con su marcha he perdido a un buen amigo y que el periodismo ha perdido una parte de la nobleza, de la generosidad y del entusiasmo que todavía le quedaban.

P. S. Mañana, a las 20.30 horas, inauguramos el coco de mi papi (el busto del escritor Josep Maria de Sagarra) en el bar del Ateneu, en la calle Canuda.