Bush está de gira oficial por Sudamérica. Cinco países en seis días. Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala, México. Con los quebraderos de cabeza que tanto le ocasionan lugares distantes como Iraq, Afganistán o Irán, este viaje que comenzó el jueves debería servirle para mirar más de cerca. No le será cómodo porque la Latinoamérica donde ahora está no es la que vio en su primer viaje como presidente de Estados Unidos.

Latinoamérica ha dado un notable, a veces inesperado cambio. El giro hacia la izquierda de Brasil, Argentina, Uruguay. Con características de revolución democrática populista en Venezuela y Bolivia. Estados Unidos se movió con holgura durante demasiado tiempo en este terreno mediante recursos igualmente expeditivos y simplistas. Creación de intereses comunes con oligarquías de los países afectados, intervenciones militares directas contra gobiernos poco sumisos, apoyo a golpes militares y dictaduras, métodos para sofocar todo intento revolucionario. Los ejemplos más recientes y escandalosos están todavía muy vivos. El Chile de Pinochet, la Argentina y el Uruguay de las juntas militares, el Paraguay de Stroessner, por un lado. Por otro, la mano claramente visible en las fuerzas que combatieron y derribaron el sandinismo de Nicaragua y ahogaron a la guerrilla revolucionaria de El Salvador.

América Latina era considerada el patio trasero de Estados Unidos porque allí tiene grandes intereses económicos y disponía de una segura dependencia política y estratégica. El "América para los americanos" del presidente Monroe tenía un significado claramente explícito. La historia del continente occidental ha girado prácticamente desde el siglo XIX en torno a este entendimiento de la realidad. Por esto el fantasma del comunismo se utilizó durante años como justificación ideológica de abusivas injerencias.

Había prepotencia en este comportamiento. Y funcionaba. Pero la dinámica misma de los intereses de Estados Unidos como primera potencia del mundo ha desviado su atención hacia lugares considerados vitales en áreas muy distantes. Latinoamérica, tan cercana, fue olvidada. ¿No se había repuesto la democracia, en todo el continente, la globalidad económica no lo integraba en el gran mercado en que se había convertido el mundo? El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial habían de ser instrumentos para cubrir desniveles, rehabilitar carencias. Pero los hechos iban por otro camino. Para los países subdesarrollados el remedio era peor que la enfermedad. Y los tentáculos del capitalismo multinacional ahogaban a los estados de economía débil.

De nuevo actuaba el espejismo. Tres cuartas partes de Latinoamérica seguían ocultas, a oscuras. En Washington creyeron que bastaban las redes infalibles del libre mercado. Europa creó el Mercado Común, camino hacia la Unión Europea. Y EE. UU. quiso seguir sus pasos con el tratado de Libre Comercio que le vincula con lazos económicos especiales a Canadá y México. La idea fructificó en el subcontinente: Mercosur, Pacto Andino, tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y Chile, de Estados Unidos con Centroamérica y tantos otros. Era la panacea. Y desde Estados Unidos se lanzó la idea de un amplio mercado común americano. Del cual el gran vecino del norte había de ser el motor.

Mientras tanto se producían tres hechos que han alterado la validez de estas propuestas. Por una parte, la dura lección aprendida por Bush y su equipo en Oriente Medio. Por otra, que ha surgido a la luz la América Latina sumergida, reclamando su puesto al sol con voces inéditas, que ya no surgen de revoluciones antidemocráticas, sino del apoyo masivo de las urnas. Y que Europa y China penetran económicamente.

El Bush que realiza ahora una rápida gira por países sudamericanos es un Bush que se ha dado contra duras paredes. Obligado a medir bien sus fuerzas. Dentro y fuera de Estados Unidos. Ha aprendido en la escuela de la adversidad. Sabe lo que le están costando las consecuencias de haber dado el paso en falso de la intervención en Iraq. Mostró que lo tenía bien aprendido respecto a Corea del Norte.

Y, al mirar hacia el sur del continente americano se apea, parece, de la arrogancia. Se pone los guantes de la diplomacia y el buen hacer. No se trata sólo de que ante el mal tiempo conviene poner buena cara, sino de procurar que las puertas medio cerradas se vuelvan medio abiertas. Y las hay.

Que en la Casa Blanca se mueven con cautela se percibe en la reacción ante el giro no precisamente tranquilizador de la revolución bolivariana de Hugo Chávez y de la presidencia de Evo Morales en Bolivia. Nada de rechazos precipitados, de epítetos descalificadores. Aquí no hay ejes del mal.

Se está a la espera. Con prevención pero sin amenazas ¿Con la convicción, o la esperanza de que la revolución socialista del siglo XXI de Venezuela se desintegrará por su mismo autoritarismo demagógico y populista y que la Bolivia indigenista no soportará sus tensiones internas y externas?

La ruta del presidente norteamericano en Latinoamérica sigue el trazado de una línea sutil. Contornea al núcleo duro de los regímenes democráticamente revolucionarios de Venezuela y Bolivia y hasta de la Argentina reticente de Kirchner. Va directa a un Brasil y un Uruguay, inclinados hacia la izquierda por los triunfos electorales respectivos de Lula da Silva y Tabaré Vázquez, que, sin renunciar a los objetivos de su coloración política, evitan toda demagogia, se sitúan con medido realismo en la circunstancia particular de su propio continente y del rumbo económico del mundo. No hablan el lenguaje fácil del antiimperialismo, no tienen por qué mantener línea telefónica directa con Fidel Castro.

Son gobiernos que procuran evitar estridencias en el cumplimiento decidido de cambios y reivindicaciones populares totalmente justificadas. Yque orientan la política continental de acuerdo con algunas líneas de conducta fundamentadas en la sensatez. Respecto al gran vecino del norte ningún entreguismo o subordinación pero tampoco rupturas inconvenientes. Y, en cuanto a los regímenes revolucionarios de Venezuela y Bolivia, guardar distancias sin crear fisuras.

El Bush que va a São Paolo, Montevideo, Bogotá , Managua y Mérida no es el que, a bordo del portaaviones Abraham Lincoln,proclamó, exultante, el éxito total de la invasión de Iraq el 1 de mayo del 2003. Lleva una carga de contrariedades sobre las espaldas. Y mira bien dónde va a poner los pies. O le aconsejan que lo haga. Por esto su gira latinoamericana es pródiga en detalladas previsiones, cálculos diferenciados. Pero hay por medio un largo historial de agravios. Y Bush no dispone ni del tiempo necesario para intentar borrarlos. Desde 1923, año de la Doctrina Monroe,el ejército estadounidense ha intervenido 9 veces en Nicaragua, 8 en Panamá, 6 en Honduras, 4 en Cuba, 3 en México, la República Dominicana y Haití, 2 en Argentina, 1 en El Salvador, Guatemala, Chile, Colombia Granada, Uruguay. Ahora está enfangado en latitudes mucho más lejanas y de riesgo.

La América Latina de la oscuridad está ahí, mostrando en voz alta sus llagas endémicas. Altísimos porcentajes de miseria y paro, de analfabetismo, delincuencia, corrupción, abandono y explotación. Sin excluir a naciones que se califican de económicamente emergentes como Brasil y México. Y el mismo Estados Unidos se está hispanizando por la inmigración. Lo cual le liga de manera hasta ahora impensable a un continente que ve en el poderoso vecino del norte a la vez un referente obligado y motivo de rechazo.