Dice Stanley G. Payne en su libro El fascismo que el concepto de régimen fascista no puede sino emplearse en un marco muy flexible y genérico puesto que el fascismo como tal no tiene, como sí tienen el nacional-socialismo o el marxismo, un fundamento ideológico reconocible salvo por sus actitudes –este es un resumen muy light de un libro recomendable para quienes les interese conocer los orígenes de este movimiento totalitario-, de ahí que “muchos prefieren calificar de fascista a todo sistema autoritario no marxista basado en un partido único y que trate de regular una economía mixta”. Es evidentemente un concepto excesivamente genérico por el cual se califica de fascista a todo régimen autoritario que no sea marxista, pero que realmente podría englobar también a los segundos si no fuera por que una de las características del fascismo es, precisamente, su antimarxismo. En nuestros días, las fronteras entre unos y otros son casi irreconocibles, y eso permite la convivencia armónica de regímenes próximos al nacional-socialismo como el de Gadaffi en Libia o el régimen iraní, o en su día el de Sadam Hussein en Iraq, con otros supuestamente próximos al socialismo real o marxismo como el cubano, el chino, el norcoreano o los experimentos populistas latinoamericanos.
Hacía esta reflexión el otro día –y volveré a ella al final de este artículo- con un amigo al tiempo que leía y escuchaba los comentarios que los intelectuales progres de visa oro y abrigo de visón de esos que le producen urticaria a Pepiño Blanco arremetían contra quienes hemos levantado la voz en protesta por la decisión de liberar a De Juana Chaos, calificando a los asistentes a la manifestación de este sábado y a cualquier otra manifestación en la que tenga algo que ver el PP, cuando menos de fachas. Hace tiempo que la izquierda nos metió en la caverna, nos marginó al fondo de la cueva del ostracismo político y la negación por sistema de la crítica, y por eso mi amigo, al hilo de estas reflexiones, me dijo: “¡Salgamos de la caverna!”. No entendí muy bien la propuesta y añadió: “Sí, salgamos, expresemos nuestra disconformidad con una actitud que, precisamente, supone la expresión máxima de lo que se nos acusa a nosotros. Déjame que te envíe unas líneas y me dices”. Me las envió, y tal cual se las transmito a ustedes después de decirles que las suscribo de principio a fin, y que a modo de manifiesto deberían servir para elevar la moral de los que injustamente nos encontramos habitando una caverna que otros construyeron para nosotros como expresión máxima de gulag del pensamiento.
“Nosotros, los fachas, queremos expresar nuestro rechazo a permanecer en el ostracismo al que nos tienen sometidos los apadrinadores del pensamiento único y la verdad oficial. Nosotros, los fachas, manifestamos nuestra fe en la discrepancia y la pluralidad de pensamiento, y por eso repudiamos cualquier forma de pretendida imposición por la vía del insulto y la descalificación del adversario. Nosotros, los fachas, nunca calificaremos de hijos de puta a los votantes de los partidos de la izquierda como sí hacen los intelectuales de salón del progresismo en sus artículos en El País sobre los votantes del PP. Nosotros, los fachas, no nos inventamos golpes de Estado ni conspiraciones judeomasónicas –en este punto permítanme un inciso, adelantándome a algunos comentarios, porque nadie ha acusado nunca al PSOE de estar tras el 11-M ni ha deslegitimado su victoria electoral-, ni proponemos cordones sanitarios, ni detenemos militantes de otros partidos, ni enviamos a la cárcel a alcaldes de otras formaciones políticas sin orden judicial. Es decir, nosotros, los fachas, respetamos el Estado de Derecho y defendemos la pluralidad, creemos en la división de poderes y en la independencia del poder judicial y en la no interferencia del poder ejecutivo en sus decisiones, consideramos necesario el control del poder y la exigencia de transparencia en la gestión de Gobierno.
Nosotros, los fachas, defendemos una nación plural de ciudadanos libres e iguales, en la que se reconozcan los derechos de todos y las señas de identidad de cada pueblo, dentro del marco de la Constitución y de la unidad de la Nación Española. Nosotros, los fachas, rechazamos la intervención del Estado en la economía siempre que coarte la iniciativa privada. Nosotros, los fachas, creemos en la libertad, amamos la libertad, y por eso no concebimos que se pueda ceder al chantaje de los terroristas y creemos que a los violentos se les vence con la firmeza de la ley. Nosotros, los fachas, queremos y respetamos los símbolos que nos identifican, nuestro himno y nuestra bandera, y no aceptamos otros que no sean los que la propia Constitución identifica como tales, sean de un lado, o del otro. Nosotros, los fachas, creemos que gobernar es una acción de servicio al ciudadano, y no una imposición de la mayoría sobre la totalidad de un país. Nosotros, los fachas, rechazamos el crimen de Estado y la corrupción del sistema, y nunca nos abrazaríamos con los que han sido condenados por los Tribunales. Por todo ello nosotros, los fachas, no entendemos que se nos llame tal cosa, sobre todo cuando quienes esgrimen semejante calificativo, son los que actúan como tales”.
Decía al principio que las fronteras que separan el fascismo de los regímenes totalitarios de izquierda son cada vez más difusas. “El fascismo y el comunismo comparten muchas características fundamentales”, afirma Payne, sobre todo en nuestros días, donde los regímenes comunistas se precian de elementos propios de la cultura fascista, como el culto al jefe, el extremo nacionalismo, el gobierno por carisma... La izquierda ha ido asumiendo, poco a poco, algunas de las esencias propias del fascismo, probablemente porque a raíz de la caída del Muro de Berlín y la pérdida del referente del socialismo real, se ha visto abocada a una reformulación identitaria que la ha llevado a completar la doctrina igualitaria con un componente marcadamente autoritario... Así, no es en absoluto sorprendente que asistamos, como está ocurriendo en España, a la pretensión de eliminar la oposición y la discrepancia, a la descalificación del contrario por el simple hecho de no compartir el pensamiento único y, lo que es peor, a la negación de su legitimidad democrática. Esa es una actitud propia de cualquier ideología totalitaria, y sí además se acompaña de un uso fraudulento de los resortes del poder para acorralar a la oposición, entonces estamos hablando de auténtico fascismo. Aunque a algunos no les guste escucharlo.
fquevedo@elconfidencial.com

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