A trancas y barrancas, la caravana europea, con Angela Merkel al frente, sigue la marcha hacia metas comunes. Medio siglo después de la firma del tratado de Roma, el viejo continente avanza en ese proyecto de unión política tramado con métodos pacíficos y democráticos. Construcción sin precedentes en la historia que, en rigor, nació en mayo de 1950, inspirados Jean Monnet y Robert Schuman en una idea motriz sine qua non,que rompe con las maldiciones del pasado: la unión entre Francia y Alemania, en torno a las cuales se apiñaron un grupo de naciones opuestas a sistemas autoritarios y catastróficos.
Diez años de aprendizaje franco-germano, de concordancia de intereses en el marco de la Autoridad del Carbón y el Acero, dieron paso a la acción comunitaria que hizo posible llevar a la práctica el anhelado ideal de unos Estados Unidos de Europa. No sólo juntaron esfuerzos las colectividades directamente interesadas, bajo liderazgos de un puñado de estadistas cuales Adenauer, De Gasperi, o Spaak. Churchill, tras la victoria aliada y su derrota personal en las urnas, también sostuvo firmemente el movimiento unitario de las democracias frente a los riesgos de nuevas amenazas totalitarias. El español Madariaga y el federalista suizo De Rougemont, se hallaban allí entre otros ilustres pioneros.
Al propio tiempo Truman, Acheson, Marshall, en lugar de volver al inveterado aislacionismo, evitaron repetir los errores de Versalles. Dieron pleno apoyo a las iniciativas europeístas. Supieron captar el interés que para los propios norteamericanos supondría el retorno a su función de liderazgo del Occidente europeo, al que había que tratar en pie de igualdad, si se quería salvar el sistema democrático, "el peor y menos malo de los sistemas", según sir Winston.
Han transcurrido, pues, sesenta años desde entonces. Y la democracia se fue afianzando, cayendo las dictaduras una tras otra. Pero no sin que rebroten nostálgicas teorías antidemocráticas. Lo experimentan la mayoría de países que eligieron las libertades que confiere el Estado de derecho. Sin ir más lejos, España, que tanto debe a su monarquía parlamentaria, vive atosigada estos días por culpa principalmente del cáncer etarra. Sirve de pretexto para una agitación en buena medida artificial.
La vida social y económica cotidiana, aun siendo mejorable, alcanza un nivel estimable. Una nueva generación más preparada que las anteriores desempeña un papel muy activo dentro de la comunidad internacional. Pero una estrategia enfermiza trata de hacer olvidar el craso error de apoyo, contra la voluntad popular, a la fracasada aventura bushista en Iraq, generador del sanguinario atentado islamista. Eso, a cambio de los hipotéticos beneficios que había de reportar un supuesto paseo militar.

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