El ´Boulevard Solitude´ de la ópera, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
La cultura está enferma de beatería, como todo. Es difícil distinguir en el arte, en la cultura, lo que merece la pena de aquello otro que no es más que residuo del tiempo. No quiero decir que acertemos, casi siempre nos equivocamos porque la cercanía nos hace perder perspectiva y también porque las necesidades perentorias de un tiempo, del nuestro, no tienen que ser las de otras generaciones. La idea de la perennidad del arte, no sirve para nada, para ninguna época y menos aún para la música. Bastaría decir que Martín y Soler fue músico con mayor predicamento en su tiempo que el propio Mozart -y a tal fin debe entenderse el homenaje que le hizo éste en Don Giovanni-;buena parte del personal melómano de fin de semana con fascículo esbozará una sonrisa, creyendo que exagero.
Los medios de comunicación trabajan sobre lo efímero. Salen todos los días, bastaría con eso. Pero de ahí, de lo efímero, a la frivolidad hay un salto de cualidad. No es la primera vez que me planteo este interrogante ¿A qué llamamos acontecimiento cultural?
En esta pregunta está el meollo de la información sobre la cultura para la ciudadanía y el elemento motor para quienes escribimos en diarios. Los medios de comunicación deciden a los consumidores de cultura más con su silencio que con las recomendaciones. Y no por el desprestigio adquirido por incompetencia y corrupción, sino porque al recomendar algo, para bien o para mal, el consumidor de cultura tiene la opción de seguirlo o de obviarlo. Pero el silencio es letal; en sociedades como las nuestras, donde la gente se muestra indolente con la cultura, lo que no reseñas corre el riesgo de no existir. Está ahí, pero no lo sabe nadie. Y ese silencio sobre la obra valiosa o sobre el esfuerzo cultural y con sentido de aportar algo, ese silencio es criminal, porque mata dos iniciativas. Una la del creador, que ha puesto talento y entusiasmo, y otra la del degustador -¡cambiemos por una vez ese término definitorio de consumidor!- que jamás ya tendrá la oportunidad de gozar. Y además, ¡qué hostias!, para eso estamos.
Somos intermediarios sin derecho a mordida y si hay algo que me encocora, que diría un cursi, es no poder explicar por qué aparece tal o cual libro, o tal exposición, o tal concierto, o tal bazofia en páginas que deberían ser audaces y libres.
A mí la muerte de Baudrillard no me parece un acontecimiento cultural. Llevaba muerto ya hace muchos años, y el único interés estaría en dilucidar cuándo. Da para un par de columnas en la sección de necrológicas. A mí la muerte de Huertas Clavería sí me parece un acontecimiento cultural, porque con él se va una parte de la historia ciudadana de Barcelona y de la historia política de Catalunya, la de la transición. Yo apenas conocí a Huertas fuera de los saludos rituales, jamás conversé con él de nada; procedía y habitaba en mundos muy lejanos al mío, pero confieso que me impresionó lo que Martí Gómez narraba en su sentido elogio fúnebre. O sea que cuando Huertas salió de la cárcel, Franco ya muerto, nadie le quiso dar trabajo. Lo desconocía absolutamente, pero es muy bestia. Eso obliga a cambiar la fisonomía de una persona, por dentro y por fuera. Y lo que más me llama la atención siempre, que nadie se da por aludido en este país nuestro, Catalunya, donde tanto se exige a todo el mundo más allá del Ebro que pida perdón; a mí me basta con disculpas, porque esas cosas no se perdonan, todo lo más se disculpan.
¿Y el cumpleaños de Gabriel García Márquez es un acontecimiento cultural? Un tipo que escribió libros hermosísimos y que lleva muerto para la literatura un montón de años, ¡qué me importa a mí y a usted el negocio editorial!, convertido ahora en icono por un puñado de filisteos advenedizos que vuelven a contarnos la leyenda del manuscrito de Cien años de soledad...Cuando la literatura está viva nadie quiere montarse a ella, pero cuando está muerta es páramo de zánganos. ¡Ay, ese Triángulo de las Bermudas literario -García Márquez, Carlos Fuentes y Vargas Llosa- convertidos en El Corte Inglés; tienen de todo y lo venden muy bien.
Este es el año de la ópera, no porque hace 400 años un tipo llamado Claudio Monteverdi estrenara Orfeo,que vaya usted a coger esa mosca por el rabo y considerar que Monteverdi escribía óperas y no montaba recitales para sus señores amos, los de Mantua. Este es el año de la ópera porque tenía que haber un año de la ópera que favoreciera un género en dificultades, cuyos stocks discográficos no hay manera de sacar al público. Eso explica los muchos vídeos, deuvedés, papelitos en colores, homenajes, muchas hostias en vinagre en el cuarto siglo de vigencia de esa especificidad musical que es la ópera, y hete aquí que en Barcelona se ha estrenado Boulevard Solitude de Henze en el Liceo y nos hemos enterado casi por casualidad. Esto sí que me parece un acontecimiento cultural, y lo puedo explicar. Incluso diré más, es un motivo para sentirse orgulloso de vivir en una ciudad como Barcelona, que el Liceo haya programado al fin una de las óperas en mi opinión más interesantes del siglo XX.
La ópera, no me canso de decirlo, tiene un público fiel, beato, aburridísimo en su erudición pedestre sobre si la enésima versión de La Traviata fue mejor o peor que aquella que les contaron de la Renata Tebaldi en 1953. Es un público reacio a lo nuevo, y lo nuevo alcanza a todo lo que siguió a Puccini. Ese público se define por los comparativos, porque entró en la ópera comparando y se pasan la vida haciendo comparaciones. Pero luego está otro público que va a la ópera por gusto musical y tradición burguesa, y es público más receptivo, lógicamente no audaz pero sí sensible. Intuyo que este público se debió de quedar conmovido ante la novedad que representaba Boulevard Solitude de Henze.
Como género que es del siglo XIX, tal que la novela, dar un salto y situarse en el siguiente siglo supone una inquietud para todo oyente. Es sorprendente cómo las nuevas clases emergentes, desde mediados del siglo XX, han asumido la revolución en la pintura como algo obvio, y se puede escuchar a cualquier persona sin conocimiento de causa expresarse sobre Juan Gris, Modigliani o Malevich, con enorme soltura, no digamos ya Picasso, asumido con la misma facilidad que un Mozart pictórico. Y sin embargo la música no. Los progresos musicales de finales del XIX llegan tarde a España. La intelectualidad española no participa, podríamos decir, de la música hasta el período de la II República. Las estupideces sobre la música de Unamuno y Ortega no son para repetirlas sobre el papel. No olvidemos que la posguerra hispana está dominada por los dos Joaquines, Turina y Rodrigo. A mí siempre me impresionó que un músico tan callado como Frederic Mompou pusiera como condición para ser entrevistado el que no admitiría ninguna pregunta sobre el franquismo y él. ¡De cuántas cosas debía avergonzarse!
Pero estamos con Henze y su ópera Boulevard Solitude. La segunda mitad del siglo XX tienen en Hans Werner Henze uno de sus músicos emblemáticos. Por muchas razones. Primero su vinculación de la música con la historia. Vive la escuela de Darmstadt, la vivencia de una generación que salía de una derrota como la de Alemania en la II Gran Guerra, y donde la música más despreciada y cuestionada formaba un arco entre dos Richards, Wagner y Strauss. Darmstadt es el dodecafonismo y Leibowitz y Stockhausen y la llegada espectacular de Luigi Nono, la izquierda ortodoxa italiana metida de pies juntillas en la más elitista de las músicas. Eso en la historia de la música de Henze desde su primera sinfonía de 1948, y me quedo corto, porque habría que contar su relación con Britten y Stravinsky, tan alejado de él en todo lo que no fuera audacia musical.
Henze es también muchas otras cosas. Su vinculación con importantes poetas de su época, Auden el difícil, la atractiva Ingeborg Bachmann -por cierto que con ambos compartiría sucesivamente cama, creatividad y ciudad-. Italia, Henze es difícil de entender sin Italia, esa obsesión germánica que decimos de Goethe y que podríamos ya situar en Johann Sebastian Bach, sino antes, en el viejo Schütz, su maestro musical. Henze vivió más tiempo en Italia que en su país, porque su país, el que escogió fue Italia y no la República Federal de color gris vergüenza.
Creo que es la primera vez que en España se estrena Boulevard Solitude.Tiene su lógica, la obra es de 1952 y Henze mantuvo durante su larga vida -cumplirá 81 años en julio- un compromiso inequívoco contra Franco y el fascismo -su Novena Sinfonía está dedicada a los antifascistas alemanes- y el que sea de 1952, fecha hoy tan lejana, se vuelve actual por el tema. La sordidez de la posguerra que supo trasladar al cine Clouzot en su Manon y que fue el motivo de inspiración de Henze. No la Manon de Massenet o de Puccini, sino la que representaba el cine negro francés en sus comienzos.
Si pueden no se pierdan adentrarse en ese Boulevard Solitude de Henze, merece la pena encontrarse con una música magistral, un montaje digno y expresivo que debe tanto a De Chirico -volvemos a Italia- y a la espantosa sordidez de las telas de Hopper. Y sobre todo penetrar en ese ambiente que algunos creían imposible de una música contemporánea, donde se mezcla el dodecafonismo, el jazz y acordes de la mejor música de cine. Un acontecimiento cultural.
