CANELA FINA
Lo ha dicho Rubén Múgica: «El Gobierno debe decidir si sigue a merced de Eta o si empieza a perseguirla». Rubén es hijo de Fernando, asesinado por la banda, sobrino de Enrique, uno de los políticos serios y grandes que ha producido el socialismo español, un hombre que combatió de verdad contra Franco y que acostumbra a remover los cadáveres del osario político de Zapatero.
El Gobierno, no sé qué ha resuelto. Sí sé que Zapatero decidió el mismo día de la atrocidad de Barajas seguir a merced de Eta. Se quedó grogui pero ni por un momento pensó en modificar su política y empezar a combatir a la banda. Sostenella y no enmendalla. No sólo no ha reconocido el error mayúsculo de su negociación política bajo cuerda con la banda terrorista sino que persiste en su proceso de rendición. Nadie cree ya sus palabras de condena con la boca chica. Todo el mundo sabe que ha tendido la mano para que Batasuna se presente a las elecciones, robustecido el brazo político de Eta por la propaganda sin límites que ha hecho el Gobierno al partido deslegalizado y a su dirigente Otegui, interlocutor hoy en las televisiones públicas al nivel de Rajoy.
Zapatero, embustero. Con la kale borroka adueñada de las calles del País Vasco, el presidente por accidente esconde la cabeza ante una realidad innegable y se expresa con ambigüedad calculada que apenas esconde la negociación subterránea que prosigue con los terroristas. Esto es así y un sector cualificado del pueblo español lo ha comprendido. Zapatero, embustero.
«Mi partido» -ha dicho Rubén Múgica- «ha arrinconado a las víctimas y ha olvidado su pasado por deseo de poder». Exacto. Zapatero ha cambiado de socio constituyente para mantenerse cómodamente en Moncloa. El acuerdo de Estado con el PP en cuestiones sustanciales de terrorismo y territorialidad suponía la tranquilidad para España, la garantía de respeto a la Constitución y, también, la incertidumbre del resultado electoral entre los grandes partidos. Zapatero ha marginado al PP y se ha aliado para todo con los partidos nacionalistas del más diverso pelaje ideológico pero unidos por la ambición independentista. A medio plazo, la política zapatética será un desastre para España. A corto plazo, le garantiza a él mantener su puesto en la madriguera monclovita. Las nuevas alianzas de Zapatero obligan a Rajoy a ganar casi por mayoría absoluta si quiere gobernar. Rubén Múgica, repito, ha resumido muy bien la política del presidente sonrisas: «Mi partido ha arrinconado a las víctimas y ha olvidado su pasado por deseo de poder».
El diario adicto y los tertulianos domesticados proclaman en cada votación de Estado en el Congreso: «El PP se ha quedado solo». Es al revés. PSOE y PP han votado juntos en cuestiones de Estado -y Felipe González fue ejemplar en ese sentido- con más del 80% de los votos. Zapatero pasa ahora débilmente del 50% y vota al lado de muchos de los que quieren destruir la Constitución y fragilizar la unidad de España. Sigue, además, a merced de Eta, que le puede destruir si cuenta la verdad de las negociaciones bajo cuerda y los compromisos contraídos; o hacerle perder las elecciones si repite una salvajada como la de Barajas. La segunda legislatura de Aznar dejó a Eta moribunda. Acosada nacional e internacionalmente, perseguida de verdad por la Justicia, desbaratada su estructura económica, cercada por las Fuerzas de Seguridad, la banda daba sus últimas boqueadas. No mataba porque no podía, porque intentarlo sí lo intentó. Zapatero ha resucitado al moribundo que se mueve de nuevo robustecido y engallado por la vida nacional, exigente y amenazador.
Rajoy se ha zafado de la inagotable ineficacia del PP y ha convocado, esta vez a tiempo, una manifestación en la que los españoles explicarán mañana a Zapatero lo que piensan de su claudicación ante el chantaje de De Juana Chaos dentro del proceso de rendición en favor de Eta que el presidente mima con el mayor esmero.
Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.
© Mundinteractivos, S.A.

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