Dicen los maestros orientales que hay dos formas de evolucionar, bien a través de la sabiduría, o bien a través del dolor. Desafortunadamente, suele ser más frecuente la segunda vía de aprendizaje y, aunque no necesariamente ha de ser malo aprender de las dificultades, para muchos no resulta un método agradable; amén del regusto amargo que suele dejar este tipo de enseñanza. Desde este prisma resulta observamos como la sociedad se resiste al cambio y al aprendizaje y como, pese a llevar milenios de historia suele mantener las inercias, resistirse a los cambios, e incluso rechazar lo nuevo con ataques.
Pese a que la historia muestra con todo lujo de detalles la cadencia de tropiezos del hombre al bregar con el paso del tiempo, basta observar los vaivenes de la Humanidad, para ver cómo el ser frena una y otra vez su devenir ante las transformaciones, siempre temeroso y un poco mojigato ante los cambios. En momentos de crisis generalizada y de incertidumbre como el actual, parece que siempre va muy bien encontrar un chivo expiatorio contra el que poder arremeter hasta la saciedad, si la situación así lo requiere, aunque sólo sirva como mera descarga. Y mal que nos pese, la lectura mediática de nuestros días lleva a pensar que, en este momento, el chivo elegido para expiar las culpas son las nuevas tecnologías de la información.
No quiero que nadie pueda pensar que hago apología de Internet, es más, quienes siguen habitualmente Patologías Urbanas, saben que siempre intento ofrecer una lectura crítica que, a través de la reflexión, ayude a construir una Nueva Sociedad mejor. Pero últimamente suelen aparecer noticias que asocian todo tipo de males, vicios y corrupciones a la Red. O más bien al revés: las noticias que destacan de Internet lo hacen por llevar aparejado algo malo. Quizá convenga recordar, una vez más, que Internet está construida por humanos y que el uso que se hace de ella o sus contenidos, es obra de los propios individuos que conforman la sociedad; y normalmente lo hacen a imagen y semejanza del mundo real.
Pese a que desde la perspectiva de la narrativa multimedia pueda hablarse de nuevas formas de comunicación o creación de comunidades, etc.; siempre se trabaja sobre un contenido de base que alguien previamente ha subido a la Red, que reproduce, disemina o amplifica lo que ya hay en la calle, en la vida, en el mundo real (basta ver ejemplos como Second Life).
Pero pese a todo, es frecuente observar titulares recurrentes contra Internet y analizarlos resulta muy eficaz para desmontar tópicos que se manejan como válidos: "Internet es peligroso porque hay timos y estafas. Internet provoca adicción. Internet tiene imágenes y contenidos explícitos sólo para adultos. Internet es malo para los niños, hay que protegerles de Internet. Internet va a acabar con los medios, por culpa de Internet se venden menos diarios de papel. Internet es malo porque crea una nueva brecha digital. Internet acabará con la industria de la música. Todos los que usan Internet son piratas". Y así un largo etc. Pero, si lo analizamos detenidamente, ¿Acaso en el día a día y fuera de la Red y en la vida cotidiana, no existen todas estas facetas? ¿No se supone que estamos inmersos en la Sociedad del Conocimiento, cuya base universal es Internet? Quizá si aprendemos a manejar bien la Red, entendamos como funciona y sepamos bregar con estas zonas oscuras, al igual que la Educación ayuda a elegir entre todas las opciones que la vida pone a nuestro alcance.
Los ejemplos pueden alargarse hasta el infinito, pero suelen ser una simple retahíla de temores que se materializa en muchos casos puede resumirse como miedo a lo nuevo, a lo desconocido. En un artículo de hace casi diez años titulado "En torno a Internet", Igor Sádaba ya decía "Nos queda saber por dónde nos movemos, tener en cuenta vicios y virtudes, los pros y los contras de la Red (que se construyen día a día). Entre la euforia ciberespacial y el derrotismo hay mucho camino. A Internet merece la pena sacarle su jugo, sin crearse adicción ni mitificarlo. Se trata pues de crear un modelo comunicativo nuevo, de crear nuevos vínculos, de comunicar y coordinar. Cuando se construyó el ferrocarril hubo quien auguraba atrofia en las piernas y trastornos mentales por la sucesión vertiginosa de paisajes...". Más de cien años después y más de diez años después, respectivamente, vemos que se sigue multiplicando la confusión y alimentando los tópicos. Pero resulta imprescindible –más que nunca- abrir el foco para captar toda la perspectiva, pues, como dice el refrán, "no hay peor ciego que el que no quiere ver".

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