AQUI NO HAY PLAYA

Hace años, cosa de 20, en Magallanes, estribaciones de Quevedo, había algo así como un callejón de sombras llenas de prisa, de siluetas impulsadas por la urgencia y la vergüenza, de cuerpos frágiles ya conquistados de antemano por la efervescencia onanista -o, dicho de otro modo, o sea, en el siempre fulminante idioma de los castizos-, pobres diablos llenos de prisa para la primera manola del día, salvadora de tantas desgracias y tanto penar. Había una expresión proscrita en aquel callejón de sombras y no era otra que «por un quítame allá esas pajas». El refranillo era entendido como un himno de los beatorros, de los aguafiestas y de los cobardes. Porque ir al cine «X» de Magallanes era cosa de valientes o, por lo menos, de inconscientes.

Pero el masturbatorio callejón de sombras se difuminó en el olvido cuando el cartelito de neón donde refulgía la «X» redentora fue enviado a criar malvas por la apisonadora de los tiempos y el desánimo del exhibidor de turno. Salió una cosa llamada vídeo y la sala «X» empezó a morir en Madrid. Pero ¡ah!, dos décadas han transcurrido y el cine «X» resiste en el Foro cual Guzmán el Bueno aupado en su atalaya -un Guzmán viciosillo y no tan bueno, eso sí-. Vinieron, aunque ya casi se fueron, las cassettes de vídeo y con ellas sobrevino un inesperado ámbito de intimidad que muchos prefirieron al casi violento ágora de la sala «X». Llegó el DVD y luego llegó internet, o a lo mejor fue al revés, ya no importa el orden de los factores, y al gentío libertino le hicieron los ojos chiribitas al descubrir lo que podía tener en su estupenda pantalla de plasma o en su estupendo monitor del ordenador: un onanismo sofisticado, íntimo pero con luz y taquígrafos si se quería, y hasta con vasito de whisky. El madrileño guarrete e incontinente, que siempre había sido muy de la cultura de Perpiñán y París, dejó de peregrinar a los templos paganos del pecado hecho cine. Pero no del todo, no para siempre.

Y así, las salas «X» de la calle de las Postas y de la calle del Duque del Alba resisten y hasta siguen apareciendo en la cartelera de los periódicos serios como vestigios vivientes de una época que toca retreta. Y en estas salas oscuras y pringosas -minúscula y casi escondida la primera, enorme y casi exhibicionista la segunda- lloran hoy Rocco Siffredi y otros héroes de la carne la muerte lenta del «X» madrileño... y del «X» en general. Latinas divinas y Maravillas culo a culo vienen a rendir homenaje junto a la Plaza Mayor o a tiro de piedra de Tirso de Molina a las viejas sombras de Magallanes. Del callejón de Magallanes. Pajilleros irredentos, chaperillos de barrio y lumis de labios gordos pasan la tarde junto a abueletes en busca de sobresaltos. Dios les pille confesados.

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