SEXO EN BCN

A los 18 años conducía un Seat-600 de segunda mano cuyo depósito llenaba con un billete de 100 pesetas (marrones eran), y tenía un llavero con tres llaves: portería, piso y coche. No llevaba bolso y era militante de apoyo a Santiago Carrillo, al cual le perdoné, incluso, que se colocara peluca de trenzas al volver a España mientras nacía la democracia. Declaro, pues, con orgullo haber entrado en la maravillosa edad de los referentes. La única diferencia con aquellos 18 es el peso del llavero.

El 600 se convirtió en un 850 gris (la misma marca pero más potente). Hasta ahí, salía a la calle con la cara lavada. Llegaron un R-5 amarillo (era nuevo y entré en el popular mundo de los plazos del que ya nunca escapé) y, con él, la máscara en las pestañas; pasé a un Ford Fiesta rojo (un XR-2 con un tubo de escape que cada vez que petaba me sentía la más), y a la máscara de pestañas se sumó el colorete en las mejillas.

Después opté más por un estilo de vida que por un coche: un Golf cabriolet negro con capota beige. Aquí ya me ponía polvos compactos para salir de noche. Para matizar los brillos, que se dice.

En medio, es obvio, sucedió todo lo necesario para que lo que en realidad cambiara con evidencia fuera el peso de mi llavero. Éstas son las llaves que hay en él ahora mismo, mientras escribo: dos del coche (puertas y depósito), tres de la Scoopy (contacto, cofre y pitón), tres de la oficina (portería, local y alarma) y tres de casa (portería, piso, buzón). Pero no es sólo eso.Llevo bolso para meter en él, además del llavero, lo imprescindible: gafas-lupa (para no ver sólo códigos de barras en la pantalla del Mac), paracetamol (para no detenerme si me sobreviene la migraña), fluoxetina (por si se me olvida tomarla en casa), un mínimo de cinco inútiles euros (para un paquete de tabaco y, según dónde, un cortado), dos Visa (una por si la otra falla), papel y lápiz (para que no se me olvide nada porque con la Palm no me aclaro) y el teléfono móvil (para no sentirme sola en el mundo). Luego está el kit nocturno: colorete (para seguir matizando), barra de labios (para dibujar algún rasgo tras diez horas laborales entre el Mac y las reuniones), crema hidratante (para las manos) y un collar (porque dice Dona Karan que con un cambio de complementos puede una usar el mismo traje por la mañana y por la noche). Hay más trastos en mi bolso pero, como tales, son prescindibles. Excepto los preservativos, que son lo único que puede hacerme volver atrás si los olvido. Aunque luego tarde un trimestre (bendito optimismo!!!) en utilizarlos.

Aparte del peso he aprendido algo fundamental: reírme de mí misma.¿Se imaginan a alguien sin peso en el llavero? Se lo cuento porque estos días cumplo años. O sea, sumo referentes.

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