Aspira usted a salir como figurante en la película que Woody Allen rodará muy pronto en Barcelona? No será usted el único. Sé de varias personas que harán todo lo posible por mudar su condición de espectadores del genio neoyorquino para convertirse -si les dejan- en parte de su mundo de celuloide. Entrar en la película que se proyectaba es la gran fantasía que teníamos de niños en medio de la oscuridad de la sala, un imposible a medio camino de Alicia en el país de las maravillas y los actuales juegos de realidad virtual que nos colocan en universos sintéticos, donde podemos ser el héroe o el villano de turno. Que Barcelona sea el escenario de un filme de Allen incrementa las ganas de aspirar a estar dentro de esa ficción que, a menudo, vivimos con más intensidad que muchos de nuestros días.

Mientras acariciamos la idea de que esta película de Allen recoja algo del espíritu de nuestra capital (no pregunte qué es eso porque no nos pondríamos de acuerdo) y lo proyecte al mundo, por encima de nuestras miserias y querellas sobre infraestructuras, inversiones oficiales, auge del ladrillo y déficit fiscal, lo global ya ha venido con todo su sabor. El cine Maldà ha reabierto para convertirse en la primera sala que exhibirá en Barcelona las películas de Bollywood, la potente factoría india que nutre de ficciones coloristas y musicales a millones de personas en todo el planeta. Mientras estamos aquí especulando si Allen sacará mucho partido a la Pedrera y al circuito modernista o preferirá buscar la luz de la Rambla y el Barri Gòtic, en el corazón de la ciudad surge la novedad que nos acerca al rumor actual de Londres, París o Berlín. Y nos hace tan igualmente distintos como otros europeos que viven en grandes urbes.

Dado que los catalanes siempre esperamos una oportunidad para poder explicar qué somos sin pasar por Madrid, no me extrañaría que, una vez terminada la película de Woody Allen, nos perdiéramos en mil discusiones bizantinas sobre si la cinta del cómico norteamericano recoge con más o menos acierto la realidad de Barcelona. Debemos evitarlo de entrada y asumir ya hoy que el cineasta no viene a realizar precisamente ese gran anuncio de promoción turística que haría las delicias del conseller Josep Huguet y de las empresas hoteleras. Ni a rodar un documental completo sobre el hecho diferencial catalán con guión elaborado por la junta directiva de Òmnium Cultural. Yo me conformaría con que, en la película de Woody Allen, no aparecieran muchos sombreros mexicanos ni confundieran la fiesta de la Mercè con las Fallas valencianas o los Sanfermines.