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Reggio

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7 Marzo 2007

Universidad, también ´low cost´, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

Estamos asistiendo al fin de la clase media y al nacimiento de una nueva clase de masas caracterizada por el consumo de bajo coste, o lo que ya todo el mundo conoce por low cost. Así lo sostienen Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi en un libro muy sugerente publicado el año pasado por Ediciones Lengua de Trapo. El ensayo de estos dos italianos narra el fin no sólo de una clase social, sino de la sociedad que la ha hecho posible, y analiza con mucha lucidez este nuevo mundo, "un universo infraideologizado, decidido a procurarse bienes y servicios en el proveedor mundial que ofrezca las condiciones más ventajosas".

No estoy en condiciones de tomar partido inequívoco por las tesis de dichos autores, pero sus ideas resultan esclarecedoras aplicadas a muchos de los debates que tenemos abiertos y para los cuales parece que no encontramos otra salida que la del cansino recurso a la crisis de valores, presentada como causa y no como consecuencia de una crisis estructural. Y es que en cuanto uno empieza a observar las conductas individuales y los cambios institucionales a través del cristal del low cost, todo parece encajar. Por poner un ejemplo, quizás el aumento de la abstención electoral y la desafección política podrían hallar aquí una buena explicación. La participación democrática ha estado estrechamente vinculada a la consolidación de las clases medias y éstas al éxito de un proyecto político basado en un Estado de bienestar a cambio del cual se conseguía estabilidad y legitimación para el sistema político. En cambio, esa nueva clase de masas, de rentas medias y bajas pero con acceso a bienes y servicios de bajo coste -los que ofrecen Ikea, Ryanair, Zara o Corporación Dermoestética, por poner sectores bien distintos-, parece desentenderse de la Administración pública y no le importa que disminuya la calidad de ciertos servicios siempre que aumenten en cantidad. Otro caso que podría verse bajo el prisma de la sociedad low cost es el de la grave crisis en la que ha entrado la prensa de pago, la cual ofrece una información y análisis excesivos para una nueva clase que se contenta con esos otros informativos televisivos de corte social -por decirlo eufemísticamente- llenos de "sucesos, espectáculos y curiosidades", tal como eran descritos en este mismo periódico el pasado domingo. Sí: informativos también de bajo coste, en los que se puede sustituir a los corresponsales internacionales por becarios que interrogan a los vecinos de la última mujer asesinada y en los que es suficiente con contar anécdotas sin contexto ni sustancia alguna servidas por cualquier videoaficionado.

Uno de los terrenos donde podríamos aplicar el modelo del bajo coste es en el de la formación universitaria. De una universidad que simbolizó el acceso de las clases medias a un conocimiento que hasta entonces había sido patrimonio exclusivo de las clases altas y de grupos profesionales escogidos, se está pasando a unos centros que van a ofrecer formación barata a todo el mundo. Y lo que es más significativo es que lo harán con el asentimiento complaciente de los clientes del servicio, a una buena mayoría de los cuales tampoco les interesa la excelencia. El problema ya no es que el ascensor social funcione, sino que alguien quiera utilizarlo para subir más allá del primer piso. Es cierto que la universidad hace ya tiempo que abandonó la excelencia como criterio de organización con el pretexto de su democratización. Y aunque también es cierto que alberga centros de calidad investigadora, éstos llevan tiempo buscando la manera de autonomizarse organizativamente para evitar ser cogidos por la avalancha de la mediocridad. En cualquier caso, los cambios organizativos, sea cual sea la excusa, han llevado aparejada la disminución de la exigencia. El supuesto bajo nivel con el que llegan los estudiantes no es otra cosa que la consecuencia de ese abandono de la excelencia como criterio de selección y evaluación de alumnos, pero también de los profesores. La presión sobre el sistema siempre es a la baja: se facilitan los aprobados para conseguir menores tasas de abandono, se favorecen métodos docentes que permitan la no asistencia a clase, se elimina el número de convocatorias a examen, lo cual permite cobrar tasas ilimitadamente, se sustituye a los maestros por entrenadores, acompañando el cambio con una persistente descalificación de lo magistral y la exaltación de unas prácticas de interés dudoso...

Lo que sí señalan los autores de El fin de la clase media es la disolución de esta clase que apenas habrá durado una cincuentena años en favor de la aparición, por una parte, de lo que dan en llamar una burguesía del conocimiento compuesta por tecnócratas con alta remuneración y, por otra, de esta clase de masas, consumidora poco exigente, sin referentes culturales ni sociales, despolitizada y sin apenas ideología, además de poco centrada en las tradicionales agencias de socialización, como la propia familia o el sistema educativo. Para Gaggi y Narduzzi, la nueva sociedad postindustrial ya no tendrá obreros, pero tampoco ofrecerá un papel preciso para profesores ni médicos. A diferencia de la anterior, esta nueva sociedad de las masas de consumidores ya no proporcionará una identidad social definida ni estará cohesionada o, lo que es lo mismo, no permitirá identificar a un sujeto colectivo que represente con claridad el interés general. En este sentido, no es de extrañar que se trate de una sociedad cada vez menos gobernable, y no sólo porque los gobiernos actuales también sean low cost.

Si las cosas fueran realmente por ese camino, no sé si lo mejor sería resistirse a ello o, al contrario, buscarle una salida airosa. Los autores del libro, muy optimistas, esperan y propugnan un "neohumanismo de la sociedad de bajo coste". Lo que me preocupa es que no sea, también, un humanismo barato.

salvador.cardus@uab.cat

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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