Mañana CaixaForum abre una exposición antológica de modelos de Agatha Ruiz de la Prada. A la que conozco desde hace muchos años, y admiro en su persona y obra su aire, sus siluetas, que exhiben juventud, rebeldía, y juego. Y esto en un medio convencional como es el de la moda, sean los desfiles desbordados, la ostentosa alta costura o el funcional prêt-à-porter.

Coincidí con Agatha en los primeros años ochenta en Barcelona y en Madrid, época en la que toda novedad parecía posible, sólo con que se materializara con alegría e irreverencia. Y donde ella se distinguía por su originalidad, aunque compañera de viaje de la masa en movimiento, la movida llamaron en Madrid a aquellos espasmos en la vieja corte de currutacos monárquicos y en el reciente y estólido (estolidez o sinrazón aliada a necedad) ambiente franquista. Y recuerdo a Agatha en la galería de Fernando Vijande, la más atenta entonces al arte neoyorquino.

Todo lo cual en Barcelona adquiría otra faz. Correcta en su escenario burgués, mientras en el ambiente cultural se daban saltos o estéticas a la comba, sin duda refrescantes después de los años de moralina y policía. Pero que a menudo eran más guiños entre cofrades y succiones de allende fronteras que revelaciones genuinas. Agatha tampoco casaba allí, ella ya iba con ella. Y a veces con su abuela, la marquesa de Castelldosrius, que me decía: "Qué bien esa chica con sus cosas".

Después, he encontrado a Agatha en recepciones de rango institucional, supongamos en la Zarzuela, y me ha reconfortado divisar entre la etiqueta imperante un diseño extemporáneo y de color imaginativo, ella con un modelo suyo.

Pero este esbozo en el tiempo de Agatha la falsificaría sin un encuadre actual, que la exposición de CaixaForum culmina. Ahora que en el Museum of Fine Arts de Boston está la muestra Fashion show, basada en las diez colecciones de moda más destacadas de París el año pasado, de Chanel y Valentino a Yamamoto. Y el Metropolitan de Nueva York se exhibe la antológica Nan Kempner. American chic, título de Yves Saint Laurent que llamó a Nan la diseñadora más chic del mundo. Y por si no bastara el sesudo Victoria & Albert de Londres reúne el atrevido vestuario de la cantante pop Kylie Minogue.

Y es que el mundo ha cambiado, mejor aún, la Academia tiene que codearse con lo que no correspondía a sus cánones porque ¿cómo negarse a la moda actual cuando los fastuosos trajes de los cuadros de Veronese, Rembrandt o Velázquez son parte sustancial de su plástica? Al igual que pasa en tantos retratos de Picasso, como ese busto Mujer con pieles llegado al MNAC, pomo de trallazos cromáticos.