No es posible mantener el actual ritmo de «crecimiento» y consumo porque varios factores lo impiden: el cambio climático, la limitación de las fuentes de energía, lo insostenible de las guerras por la energía y materias primas, y el modelo económico devorador de recursos. Y aún cabría añadir un quinto factor, que el 20 por ciento de la humanidad consume el 80 por ciento de la energía. Los países emergentes, sobre todo los que ya han sacado los pies de las alforjas, han comenzado su propio desarrollo o se han convertido en países díscolos que no se avienen a ser sojuzgados. El imperio estadounidense y su modelo económico son vulnerables; en algunos países ya han perdido, en otros no ganan y en otros están encallados. El coste de la guerra cada vez es mayor, los beneficios -incluidos los energéticos- efímeros y, en algunos casos, sólo es una huida hacia delante.
Aunque abundan los fracasos estratégicos, logísticos y económicos en tantos frentes abiertos y en tantas guerras, las víctimas directas que causa el imperio estadounidense se cuentan por cientos de miles cada año y, con la complicidad de la Unión Europea, está dispuesto a seguir con la política de tierra quemada, como vemos que sucede en los países invadidos. Sin recurrir a la soflama, y sin esperar milagros, no es posible que esto pueda seguir, el freno y el cambio tienen que llegar por las limitaciones de su propia dinámica y por la resistencia de los pueblos.
La mayor parte de la energía que se consume, más del 85 por ciento, no es renovable: el petróleo, gas, carbón y uranio salen de yacimientos que ya han comenzado a agotarse; desde hace unos años el consumo crece más que lo que pueden aportar los nuevos descubrimientos, es decir, las reservas disminuyen. Los yacimientos pueden dar todavía más producción, pero no por mucho tiempo; la capacidad de extracción está tocando techo (el «peak oil» de Hubbert) y, a partir de ese punto, la producción comenzará a disminuir. Cualquier yacimiento, mina o cantera tiene un límite, todos hemos podido ver el principio y fin de alguno. Los yacimientos no se recargan, no son acuíferos, aunque es una observación pueril, nadie parece tenerla en consideración.
Las energías renovables provienen del Sol en forma de calor y luz que se aprovechan directa o indirectamente por la fotosíntesis, evaporación, lluvia..., y del movimiento de la Luna (mareas). A la energía nuclear de fusión, considerada renovable, le faltan decenios para su utilización.
La desertización y la deforestación aumentan peligrosamente. La agricultura intensiva ha llegado a un punto de rendimiento energético decreciente debido al agotamiento de los nutrientes y el agua, o por la contaminación de los suelos, plagas..., requiriendo mayor aporte de abonos, insecticidas, etcétera, que implican un mayor consumo de energía, petróleo y gas, con lo que gastan más energía de la que aportan. Los biocombustibles no se pueden considerar renovables, es más, su producción y consumo contribuyen a una mayor degradación. Obtenidos en cultivos intensivos, deficitarios desde el punto de vista energético, su rentabilidad -sólo económica- se basa en la destrucción y agotamiento del ecosistema. La naturaleza no puede soportar esta escalada ni tampoco la humanidad.
La población actual de 6.500 millones de personas para tener una buena alimentación tendría que consumir 11.304 kj/día (2.700 kc) aunque, por razones bien conocidas, el hambre está lejos de erradicarse. En cambio, el consumo mundial de las distintas fuentes de energía es de 31,9 Mtep/día (millones de toneladas equivalentes de petróleo) que equivalen a 1.336 Tera kj, energía suficiente para alimentar a 118.000 millones de personas, población equivalente a la de 19,7 planetas Tierra. Este es el gran disparate de un desarrollo montado sobre el despilfarro de los combustibles fósiles, el ahorro de la fotosíntesis de cientos de millones de años quemado en poco más de un siglo. Mientras tanto, todos embaucados con el «desarrollo» y el futuro de la biomasa, biocombustibles, biodiesel, etcétera. ¿Sabrán nuestros políticos de qué están hablando? El futuro inmediato es la falta de energía y no es una opción, sino una imposición para la que sólo hay una respuesta: otro modelo económico de ahorro a ultranza.
Miguel Ángel Llana, ingeniero y diplomado en Empresariales

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