Agustí Pons, torero, de Jordi Llavina en La Vanguardia
Recuerdo muy bien ese mediodía del 23 de abril de 1976 en que sonó el timbre impertinente de mi casa en Gelida. Tras abrir la puerta, alguien nos alcanzaba el primer ejemplar del diario Avui. A mis ocho años yo no acertaba a calibrar el aporte simbólico de esas páginas con la tinta todavía escurridiza, sujetas por una faja de papel en que venía impreso el nombre del suscriptor o partícipe de turno. Todo esto ha vuelto a mi memoria después de leer la magnífica crónica que Agustí Pons acaba de publicar en Angle Editorial: Temps indòcils a Catalunya.
El relato abarca desde 1963, cuando el joven aprendiz de periodista recala en El Noticiero Universal, hasta 1984, año en que, tras haber trabajado tres en el Departament de Cultura del primer gobierno Pujol, codo con codo con Max Cahner, Pons se reincorpora a la redacción de Avui. Su narración de la puesta en marcha del primer periódico en catalán tras el franquismo tiene poco que ver con mi recuerdo emocionado de niño. Pons viene a decir que dejar el Ciero para ingresar en la nueva cabecera tenía algo de kamikaze: perder dinero y ganar en quebraderos de cabeza. Aun así -explica- el esfuerzo mereció la pena. Como también lo mereció el de trabajar en la Administración, con todos sus sinsabores y una áspera campaña por medio de desacreditación del conseller Max Cahner, por un lío a propósito de cierta obra de teatro (que ya nadie recuerda) y que, hoy en día, parecería ridículo, puesto que nació de una cuestión lingüística y de una supuesta censura estilística de dicha obra desde los más altos cargos.
"Yo quería cambiar el mundo, pero antes debía encontrar trabajo": con esta gran frase arranca el relato de Pons. Tiene apenas diecisiete años, no dispone de estudios de periodismo ni mucho menos de carnet, pero muestra tal arrojo que el señor Hernández -a la sazón, director del Ciero, inquiriéndole si llegaba recomendado (a lo que respondió negativamente), le acaba espetando: "Así me gusta. Que saltes al ruedo como los toreros, sin ninguna protección". A Pons -que actualmente luce una media melena flamenca- le gustan los toros, así como el boxeo. Más allá de sus aficiones, la voz narrativa tiene, en efecto, algo de torero: quizá por ese individualismo del personaje; un self-made man de talante posibilista, en la línea de su querido Terenci. Por su repudio de las distintas ortodoxias férreas, que sin duda es uno de los aspectos más gratos de un personaje que, aquí mismo, no nos ahorra un prolijo capítulo de fijación literaria de sus viejas predilecciones libertarias. De vez en cuando, el lidiador Pons -todavía vestido de luces- se calza unos guantes de boxeo y arremete contra ciertos personajes. Sin embargo, tengo para mí que aún podría haber sido más peleón o deslenguado. Ahí está uno de los atractivos de este libro sobre un periodo archiconocido: la hiel. Pero es una hiel relativa.
Varios personajes -lo que, en un uso algo oblicuo, la vóx populi catalana denomina patums- se ganan una dosis superior de varapalo, marxistas en mayor o menor grado: el poeta Joan Brossa -outsider oficial-, el pintor Antoni Tàpies -envidioso-, el editor Xavier Folch -comisario político-. También reciben lo suyo el filósofo Sacristán, el escritor Vázquez Montalbán y el político multiusos Solé Tura. Desde esta óptica -la de los puntos calientes-, Temps indòcils se me antoja un libro de lectura muy amena, aunque a menudo uno no sintonice del todo con algunas de las opiniones expresadas. Pero hay más: Pons también describe al dedillo la Caputxinada -su bautizo de fuego en la profesión-, el asesinato de Puig Antich, sus contactos personales con Frederica Montseny para devolverla a casa -con algún chascarrillo que da fe de la ortodoxia férrea de Frederica- o el regreso de Tarradellas -prohombre de naturaleza mesiánica-. Algunas de las páginas más interesantes, sin duda las que dedica a la vida intestina de las redacciones del Ciero o de Destino y ciertas semblanzas de personajes del oficio, ciertamente memorables.
