Leer una sentencia es bastante aburrido, porque los jueces sólo son graciosos, dicharacheros y ocurrentes un poco bebidos. Las jueces, en cambio, no suelen tener tanto tiempo para ponerse estupendas en el sentido de ingeniosas, a lo Max Estrella, porque, aparte de la redacción de los antecedentes de hecho, de los hechos probados, de los fundamentos jurídicos y del fallo, tienen siempre, como mujeres, quieran o no, con pareja o desparejadas, cargas personales y familiares ineludibles: que si llevar al oculista a la niña, al pediatra al niño, al veterinario al perro, a la madre al callista, a la suegra al fisioterapeuta, a una amiga a sesiones de radioterapia, o llevarse a sí mismas al gimnasio para desentumecerse, e incluso las empleadas de hogar suelen llamarlas a ellas al móvil, para preguntarles si descongelan la merluza o fríen patatas para acompañar los bistecs, sin que se les pase por la cabeza telefonear al codueño de la casa, para plantearle semejantes cuestiones; total, que su agenda está más apretada que el carné de baile de María Antonia, que ésa es la traducción exacta de Marie Antoinette, hoy tan de moda.
La sentencia condenatoria de Morala y Carnero no es tampoco de lectura amena, aunque choca un poco que el juez, que lo mismo condena a un nazi que a un insumiso y no se deja seducir por sirenas ni por sirénidos ni por las circunstancias de ningún encausado, aquí sí se casa decididamente con los agentes de policía que cuentan algo, desde un punto de vista literario, muy peregrino, como es que Morala fuera vestido de rojo, lo que todo el mundo que tenía el día de autos ojos en la cara y se encontraba movilizándose pudo ver a la luz de la mañana, y que, según la versión policial, negada por los testigos y por cuantos estaban en las barricadas, Carnero fuera como alguien que por Carnaval sólo se pusiera una careta y no todo el disfraz, con un pantalón verdoso y una prenda de abrigo azul, pero con el casco de trabajo en la cabeza y una braga militar negra cubriéndole el rostro, que se quita antes de entrar en el astillero para que los espías de la acción que, hasta entonces, había tratado de ocultar a chotas y mirones, se enteren de su participación en el ataque a un bien comunitario y vayan corriendo a contárselo a sus superiores: un despropósito muy notable, propio de novelistas pardillos, de esos que ponen a merendar tortilla de patata a Isabel la Católica. Esa pareja de líderes sindicales o iban los dos con el mono del tajo, casco y carátula, o ambos con ropa de calle, según liturgia de esa clase de guerra y, como es evidente que el anorak o chubasquero o lo que fuera de Morala cantaba por su color y él ya estaba en el saco, a Cándido Carnero que se hallaba igualmente de paisano y a cara descubierta, por no encontrarse donde exigía el guión, se le hace protagonizar un relato de los hechos conveniente, en el que se le coloca en el lugar adecuado, con el atuendo preciso para culparlo también, porque de lo que se trataba era de cazar juntos a los cabezas visibles de la lucha del naval. Lo que les ocurre no es nuevo, sino viejísimo. Les pasa a todos los combatientes que cruzan la raya de la barricada, se transforman en dirigentes y suponen, con mentalidad de jefes, que por darles la mano a los políticos y ser invitados a matinés y «suarés» son intocables. Pero lo peor de todo lo que les está sucediendo a estos dos luchadores es que la gente más reaccionaria y jamás ahíta de succionar a los vivos y a los muertos derrame tantas lágrimas de cocodrilo por ellos. Hay que acordarse más de Chinameca y Zapata.

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