No era necesario romperse mucho la cabeza para saber por donde iban a atacar las huestes socialistas y su vanguardia mediática. Unos días después de las elecciones de marzo, el director de cine Pedro Almodóvar anunciaba, a bombo y platillo, que el PP había estado preparando un Golpe de Estado en las horas previas a la jornada electoral. Semejante infamia se la tuvo que tragar ante la evidencia de los hechos, pero ahí quedó. Este domingo pasado el dirigente socialista vasco Miguel Buen –cree el ladrón que todos son de su condición- aseguraba que sectores de la calle Génova estaban intentando provocar una reacción del Ejército... Ejército en el que manda, que yo sepa, un tal José Antonio Alonso, ministro de Defensa del Gobierno de Rodríguez Zapatero, a quien no le he escuchado nada sobre esta nueva infamia urdida por el PSOE, y que no es más que la culminación de una auténtica escalada de despropósitos. Esto es lo que la izquierda sabe hacer cuando las cosas se le tuercen: urdir infamias, provocar... Intentar situar al centro-derecha liberal y democrático en los aledaños del sistema, cuando realmente lo que cabría preguntarse es dónde se encuentra hoy el PSOE... ¿más cerca de ETA que de los demócratas?

Porque esto es lo realmente grave del drama al que estamos asistiendo, que no sabemos dónde se sitúa el PSOE cuando parece que busca los mismos fines y que comparte los mismos objetivos que la banda terrorista. Por eso no comprendo que muchos socialistas de bien callen y otorguen... pero, sobre todo, no entiendo que muchos simpatizantes de la izquierda que siempre han mostrado firmeza en la defensa de la democracia y de la libertad, y de la dignidad y la justicia para con las víctimas del terrorismo, ahora, por temor a que la última jugada de Zapatero les haga perder el poder, hayan esgrimido sus dardos envenenados hacia el PP por el simple hecho de que este partido mantenga la cordura entre tanta locura colectiva a la que estamos asistiendo. Ejemplos tenemos, algunos tan cercanos como el de mi compañero de fatigas en esta sección de opinión. Pero no, querido Antonio, por mucho que tú te empeñes porque ya no sabes a qué agarrarte para justificar lo injustificable, no hay ultraderecha ni nada que se le parezca en el PP. Ayer, en una soberbia crónica de nuestra compañera Julia Pérez, descubrimos la verdad de lo que había pasado en Madrid: que los manifestantes del PP repudiaron a los que aparecieron allí esgrimiendo símbolos fascistas y gritando ¡heil Hitler! brazo en alto. ¿Hace lo mismo el PSOE cuando en las manifestaciones de la izquierda se esgrimen banderas republicanas inconstitucionales y se elevan proclamas marxistas y antidemocráticas?

A no ser, querido Antonio, y esto es lo que creo yo que pasa, que la izquierda tenga venia de vuecencia para todo y la derecha no la tenga para nada. Ni siquiera para protestar. Entonces estaba bien que las masas populares se echaran a la calle contra la Guerra de Iraq. Pero que el PP llame a la movilización ciudadana contra una decisión que resulta manifiestamente injusta e infamante para una gran mayoría de los ciudadanos de este país, eso es considerado por las huestes de Ferraz como una radicalización y un peligro para la democracia, y se compara a los cristianos con las fieras que se los comían. Pues bien, aquí el único peligro para la democracia que yo veo es el de un Gobierno que ha cedido a un chantaje terrorista, y eso sí que supone un peligro serio, porque ha hecho temblar, aunque todavía hoy no nos demos cuenta, las estructuras de todo el Estado de Derecho. Precisamente porque creo en la democracia y porque creo, también, que está en peligro pero por razones bien distintas a las que esgrimen Blanco y sus secuaces, es por lo que me parece extremadamente necesario que la ciudadanía exprese en la calle el absoluto rechazo que le produce la decisión de Zapatero de poner a De Juana en la calle y haber cedido a su chantaje. Eso es expresión de libertad, de la libertad que esos malnacidos de ETA quieren quitarnos a ti y a mí, querido Antonio... No lo olvides nunca.

Pero era evidente que la izquierda iba a sacar de nuevo los doberman de paseo. La acusación al PP de situarse en la ultraderecha era el único argumento que le quedaba al PSOE para evitar un desgaste aún mayor del que ya está sufriendo por la decisión, personal, de Rodríguez Zapatero. Y no solo por esto. De aquí a que lleguen las elecciones generales vamos a asistir una radicalización sin precedentes del discurso de la izquierda contra el PP. La provocación va a ser brutal, todo con tal de mantenerse en el poder. Y cuando digo todo, digo todo, porque ya una vez se utilizaron los resortes del Estado para el crimen, y este Gobierno tiene para eso muchos menos escrúpulos que aquel, mucha más sangre fría, y un absoluto desprecio por la moral, por la libertad y por la vida humanas, salvo, claro, por la de De Juana Chaos, como ya se ha visto.

El PP no debe caer en esa provocación, aunque a veces sea difícil aguantar tanta infamia, tanto insulto y tanta injusticia. Pero hay que hacerlo en nombre de la libertad y de la democracia. Merece la pena el sacrificio, porque al final tendrá la recompensa de la justicia. Y no caer en la provocación significa hacer, como hizo ayer Rajoy, oídos sordos a la infamia, por mucho que fastidie y que duela escuchar algunas cosas que sabemos son fruto de su nerviosismo, y de su intolerancia y sectarismo. Ni caso. Los demócratas a lo nuestro, que es defender la dignidad de nuestro país y del Estado de Derecho, y ojalá que todo esto sirva para despertar las conciencias de muchos, una labor para la que sería inestimable la ayuda de muchos socialistas de bien que tienen nombres y apellidos: Joaquín Leguina, Rosa Díez, Nicolás Redondo, Gotzone Mora (se que ya lo hace), Mayte Pagaza, Ibarra... y tantos otros que en su fuero interno saben que lo que ha hecho Zapatero poco o nada tiene que ver con los principios que ellos mismos defienden y por los que han muerto muchos de sus compañeros.

“Una nueva generación de políticos ha tomado el relevo a los agentes de la transición y lo ha hecho con criterios adánicos, como si la Historia se iniciara precisamente con su llegada al poder, adscribiéndose, también, a la fe del carbonero. Una fe mostrenca que se resume en una frase anunciadora de inmediatos desastres: Eso lo arreglo yo en dos patadas”. Lo dice Joaquín Leguina en el prólogo al libro de Francisco Sosa Wagner El Estado fragmentado, de recomendabilísima lectura. La dirige directamente a Zapatero y su generación. Al margen de las patrañas que pueda inventarse González -¿ya se ha olvidado de los GAL y de la cal viva?- no se sabe a cambio de qué favor que pueda hacerle Zapatero, todos sabemos que los políticos de aquella generación nada tienen que ver con los de ésta, y que nunca el Gobierno de González hubiera cedido al chantaje de un etarra como lo ha hecho este. A las pruebas me remito: no cedió al chantaje de los terroristas del GRAPO en huelga de hambre. Esta es una generación de políticos que se caracteriza, también en palabras de Leguina, por “el desprecio por el pensamiento y por la academia, la endogamia política y unos currículos poco presentables, donde brillan por su ausencia las experiencias laborales ajenas a la política, esas que exigen cotizar a la Seguridad Social por cuenta propia o ajena”. Un entramado que, añade, “no anuncia, a mi juicio, sino males”. Y así nos va.