XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
EL RECHAZO de Rajoy a la concesión de la prisión atenuada para De Juana Chaos se hizo desde cinco perspectivas que, además de ser discutibles, resultan insuficientes: «No es justa -dijo-, ni decente, ni moral, ni ética, ni inteligente». Se le olvidó, sin embargo, que era una decisión inevitable, después de que, con la ayuda indirecta del propio Rajoy, y por culpa de un error garrafal que se desencadenó con unas declaraciones del ex ministro López Aguilar, el aparato del Estado en su conjunto -con fuerte protagonismo del fiscal general y de algunos jueces- hubiese caído en el error de anteponer la opinión pública, y sus presuntas alarmas sociales, al simple y duro hecho de aplicar las leyes y reglamentos a un preso archicriminal que, de acuerdo con las leyes del Estado, había cumplido sus condenas.
La catástrofe de este engorroso asunto no está en que De Juana Chaos esté preso en su casa, sino en la impresionante zapatiesta montada para mantenerlo en la cárcel cuando ya era imposible, y cuando lo más que se podía hacer, a costa de torturar las cuadernas del Estado de derecho, era retrasar unos meses lo que ya era inexorable. Lo que hoy tiene perpleja a la opinión pública -que sólo se escandaliza cuando quiere- no es el hecho de que un preso cumplido se vaya a casa, sino el que para echarlo hayamos tenido que montar un cirio que puso en ridículo al aparato judicial del Estado, hasta dar la sensación de que, en un pulso inexistente entre un criminal y Zapatero (la demagogia siempre se hace por el atajo), ganó finalmente el criminal.
De lo que se trata ahora es de acabar con esta pesadilla. Y para eso resulta necesario que sepamos dónde está el problema. Porque no tiene sentido que toda España siga discutiendo «la justicia, la decencia, la moralidad, la ética y la inteligencia» de una decisión que ya estaba descontada desde que el Tribunal Supremo, pasando como el caballo de Atila sobre todas las argucias y triquiñuelas montadas para soslayar la liberación inevitable, dejase al etarra más etarra de todos los etarras con un pie en la calle y otro en el Hospital Doce de Octubre.
Al PP le queda la posibilidad de hacer demagogia y azuzar a todas las chusmas contra una decisión irreversible. Y al PSOE aún le falta por cometer el error de dar más explicaciones a quien no las quiere entender. Pero a los españoles de bien nos queda la tarea de aprender una gran lección de política, rebajar el tono grandilocuente de los discursos y llamar a las cosas por su nombre. Y lo de De Juana ya sólo era una pesadilla surrealista -para el Estado y para la gente de bien- con la que había que terminar. Así de simple. Y así de necesario.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados