El país se nos descose, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
Estaba a punto de escribir colapso feliz como título de este artículo pero una afortunada frase del alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, me ha parecido muy gráfica y he estirado su metáfora. La primera autoridad de la capital catalana, a propósito de los repetidos problemas en el servicio de cercanías de Renfe, ha dicho que "se ve que hay un vestido que se ha quedado pequeño y a veces se descose y, por lo tanto, hay que hacerlo más grande". Tiene razón Hereu, las infraestructuras de Renfe en Catalunya, al margen de las inoperancias políticas y la falta evidente de inversiones, se han convertido en insuficientes en relación con el crecimiento demográfico y de actividad que se ha producido en los últimos diez años. Consideren las dos siguientes imágenes como ilustración de esta realidad: por la mañana, los viajeros que llegan por ferrocarril a Barcelona son, mayoritariamente, trabajadores de cuello blanco que se dedican al sector de los servicios. Por la tarde, mientras éstos vuelven a sus hogares en el primer y segundo cinturón metropolitano, otros trabajadores se desplazan también por ferrocarril en sentido inverso; se trata de miles de personas dedicadas a la construcción y sectores afines, muchas de ellas procedentes de la inmigración, dedicadas a construir urbanizaciones y barrios de casas adosadas que surgen por doquier, los nuevos paraísos donde -a pesar de los problemas de seguridad- aspiran a vivir los que, durante años, han vivido en pisos colmena y, con esfuerzo y ahorro, han prosperado.
Pero el vestido que se nos ha quedado estrecho no es sólo el de las cercanías de Renfe. Cualquier lector de La Vanguardia lo comprueba diariamente cuando se dirige a un centro sanitario para ser atendido, cuando trata de matricular a sus hijos en una escuela o cuando dedica una parte del fin de semana a explorar centros comerciales o a buscar un poco de aire fresco en las afueras de la gran urbe y sufre kilómetros de embotellamiento. Somos muchos en un territorio ciertamente limitado por una geografía tan rica como complicada. La emergencia indominable de las masas en el espacio público, que glosara don José Ortega y Gasset en la década de los años veinte del siglo pasado, cobra nuevo contraste en la Catalunya actual, convertida en espacio de intersección y colisión de intereses, sueños y proyectos diversos.
Las cifras oficiales indican que hoy en Catalunya somos más de siete millones de habitantes, concentrados mayoritariamente cerca de Barcelona y pegados a la costa. El estudio Catalunya a l´horitzó 2010, promovido por el Institut Català d´Estudis Mediterranis (ICEM) y editado en 1993, ofrece un interesante ejercicio de prospectiva que hoy debe repasarse para constatar que vivimos una historia de éxito que amenaza con colapsarnos. En aquel trabajo, dirigido por Hugues de Jouvenel y Maria-Àngels Roque y elaborado por prestigiosos expertos en diversas disciplinas, se proponían cinco escenarios de futuro que combinaban de manera diversa las variables económicas, demográficas, sociales, culturales y políticas. Sólo dos sobre tres escenarios contemplaban una Catalunya cercana a los siete millones de personas para el 2010, algo que ya es un hecho en el 2007. Los otros escenarios se movían entre los 5,8 millones de habitantes y los 6,5. La Generalitat, de la que dependía el ICEM, se preocupó en su momento de lanzar algunas sondas al futuro, pero la realidad ha sobrepasado todos los cálculos y análisis, hasta el punto de haber pillado en falso a toda la clase política, que hoy trata -como es su obligación- de gestionar las carencias y atrasos que sufrimos.
Pero, más allá de la demografía, la mirada prospectiva sirve para entender que algunos horizontes acaban siempre topando, de algún modo, con nuestra nariz. Por ejemplo, el escenario cinco que propone el mencionado estudio, titulado de forma nada halagüeña como Catalunya resistencial, muestra un cuadro en el que "constricciones externas paralizan las grandes obras de infraestructuras y equipamientos" y predomina la búsqueda de "competitividad al precio que sea" al igual que la "emergencia de una economía sumergida". ¿No resulta inquietante leer hoy, a la luz de lo que vemos y oímos, estas previsiones formuladas hace quince años? El debate sobre el aeropuerto de El Prat y la nueva terminal encaja perfectamente en la definición de constricciones externas muy poderosas. En este mismo escenario, curiosamente, los expertos colocan "el retorno del Estado" y un cierto "repliegue de la sociedad catalana sobre sí misma". Esta resistencia, según se escribía en 1992, consistiría "en la reacción contrastada de una parte de la sociedad civil, mientras la sociedad catalana, en su conjunto, se presenta como un mosaico desintegrado de identidades diversas". Además, retornaría el centralismo y ello acarrearía el crecimiento de posiciones independentistas. Mientras, el empresariado se mostraría con miedo de perder el mercado español y la gente esperaría tiempos mejores. ¿Les suena todo esto? Seguro que sí. Piensen, tan sólo, en las reacciones que ha generado el nuevo Estatut fuera de Catalunya o en el embrollo del AVE, que se eterniza.
El país se nos descose por todos lados. Los que gobiernan hoy echan la culpa a los que gobernaron ayer. El éxito nos ha llevado a un colapso frente al que es deseable y exigible altura política, unidad en lo esencial, responsabilidad, coraje y ambición de ser algo más que una provincia.
