De Juana y Enel: muchos socialistas 'echan las muelas' contra ZP, pero callan como muertos, de Jesús Cacho en El Confidencial
De Juana Chaos y Enel. Política y Economía. Un caso para la ignominia y otro para la vergüenza ajena. Dos asuntos que se dan la mano para ejemplificar una forma de ejercer el Poder desde la falta de respeto al Estado de Derecho, tal vez desde el desconocimiento de las obligaciones que impone al gobernante la defensa de ese Estado de Derecho.
Me dicen algunos amigos socialistas que la vieja guardia del PSOE, entendiendo por tal el socialismo que no medra a la sombra del Gobierno Zapatero, “está que echa las muelas” con lo que está ocurriendo en España en asuntos tan dispares como la excarcelación del etarra De Juana Chaos o la aparición, del brazo del Gobierno, de la eléctrica pública italiana Enel en la guerra desatada hace año y pico por el control de Endesa.
Y, ¿qué quieres decir -pregunto- con eso de que echa las muelas? “Que les parece absolutamente impresentable lo que están haciendo con Endesa, que no es otra cosa que entregar algo que ya fue privatizado en España a una empresa pública italiana. Para ese viaje...” Y es posible que mi amigo tenga razón, es posible que sean muchos los socialistas que se sienten íntimamente avergonzados por la aparición en la batalla de Endesa de una eléctrica propiedad en más de un 30% del Estado italiano, a la que los embajadores del Gobierno Zapatero han sacado de la cama para hacerle viajar a España de forma precipitada y en el último minuto.
Pero ni uno de ellos levanta la voz para denunciar lo que está ocurriendo, que no es otra cosa que la determinación de Zapatero de que E.On no se salga con la suya, por un lado, y que Manuel Pizarro no aparezca ante la opinión pública como el triunfador de esta refriega. Un ejercicio de soberbia. En la paupérrima democracia española, nadie le echa un pulso al presidente del Gobierno, ni aunque sea el Gobierno más raquítico habido desde la transición. Utilización arbitraria del Poder, con desprecio a las reglas del mercado. Y nadie sale, desde las filas socialistas, a criticar lo obvio. Ni siquiera los que, por razón de cargo, deberían hacerlo.
Pedro Solbes, por ejemplo. Es evidente que la operación Enel se ha urdido a sus espaldas, pero nuestro flemático Tancredo no se inmuta, dispuesto incluso a prestar su bonachona sonrisa al Consejo de Ministros para defender lo indefendible. ¿Y qué decir del señor Conthe, presidente de la CNMV? A él tampoco le ha gustado la operación, pero calla cual muerto.
El caso es que los italianos se han plantado a las puertas del 25% del capital de Endesa sin permiso de la CNE ni del Consejo de Ministros. Hechos consumados. Saben que no necesitan papel o certificado de ninguna clase: es el Gobierno quien les ha abierto la puerta de la finca para que procedan. Ahora se explica por qué la CNE dio hace un par de semanas la razón a Florentino Pérez, en contra de Iberdrola y de la legislación vigente, otorgando al de ACS derechos políticos que la Ley prohíbe. Pero, ¿qué importa la Ley al Gobierno Zapatero?
Y si escandalizados andan no pocos socialistas con el episodio Enel, muchos más son los que se sienten simplemente avergonzados con el caso De Juana, algo que, al margen de disfraces argumentales varios, supone lisa y llanamente la rendición del Estado de Derecho al chantaje planteado por un terrorista, algo que entiende todo el mundo sin necesidad de haber ido a Salamanca. El Estado es la nación organizada políticamente, y ninguno de sus nacionales puede dejar a su albedrío de pagar impuestos, circular por la derecha o cumplir una condena impuesta por los tribunales; porque si así lo hiciere, ese Estado estaría obligado a hacer uso de la fuerza, cuyo monopolio le hemos concedido todos, para obligar al díscolo a volver al redil.
El etarra De Juana ha decidido no cumplir la ley y reclamar su libertad bajo amenaza de acabar con su vida. Y Rodríguez Zapatero ha optado por ceder al chantaje, porque considera más relevante para sus intereses políticos a corto plazo la libertad del terrorista que la defensa de los principios de legalidad en que se basa todo Estado de Derecho. Esto no tiene nada que ver con la caridad, como la velocidad nada tiene que ver con el tocino. Pero ningún socialista, que se sepa, ha salido hasta el momento a denunciar el atropello. Sí ha salido, en cambio, el mismísimo Felipe González, de tripas corazón, para echar una mano al mequetrefe y anteponer los intereses del partido al sentido de Estado que algunos le suponían.
Pobre país, sometido a los azares interesados de un grupo de políticos mediocres, llegados por descarte al Poder. Pobre España, carente de esos liderazgos morales que de cuando en cuando, y en situaciones críticas, aparecen en los países de honda tradición democrática para decir “basta” desde la independencia y el ejemplo, y para arrojar alguna luz en plena tormenta. Sostenía Einstein que este mundo es peligroso no tanto por los malos como por los "buenos" que ven, impasibles, cómo ocurren las cosas malas. Y nuestro Ortega y Gasset afirmaba que el siglo XX será recordado no tanto por las atrocidades cometidas por los malos, como por el escandaloso silencio de los buenos.
En eso estamos, en el silencio de los corderos, o en la traición miserable y cortoplacista a los principios de quien, conociendo el error, lo encubre por razones partidarias, tipo Felipe. Que se hunda la nave, con tal de no dar ventaja al adversario. La situación actual evidencia de nuevo un mal viejo: la ausencia de la menor crítica interna en nuestro sistema de partidos, convertidos en sacristías donde se exige fidelidad al jefe que ordena las listas electorales. Pobre democracia nuestra, que ni siquiera por el nombre se reconoce.
