Deambulan por las calles e incluso a veces por nuestras casas, por nuestra propia vida. Parecen errantes, o extraviados, indefensos como mendigos de otras necesidades. Son tan nuestros como extraños. Los chavales, los chicos y las chicas, los chaveas, quienes tanto dicen de los límites en los que nos desenvolvemos. Su mirada, en ocasiones desafiante, silencia la ternura, no siempre habitada de su corazón. Miran subrayando que no saben y que, quizá, nosotros tampoco. Empeñados en disfrutar, lo que sin duda no es reprochable, no disponen de los saberes adecuados para abordar de modo amplio, poco restrictivo, una visión lúdica de la existencia. Se divierten, supongo, pero en ocasiones de modo excesivamente convencional, casi diría propuesto; a veces, impuesto. Y su mirada no siempre brilla por la curiosidad. Estas reflexiones no nacen de la desconsideración y menos aún de un paternalismo compasivo, sino del afecto a aquellos a quienes conocemos de cerca e incluso a quienes, quizá, jamás conoceremos.

Alguna tristeza les moviliza para ir y venir permanentemente, para combatir una profunda soledad. La búsqueda desesperada del otro es tanto como la búsqueda insistente de sí mismo. Y, a lo mejor, buscan una palabra, una mano amiga. Salen, también, para ser queridos. Y tantas veces, como es razonable, retornan aún más solos. Pero no ya sólo los fines de semana, sino cada día. Y no siempre queda claro que sus estudios, que no pocos desatienden o abandonan, puedan tener que ver con su forma de vida. Merodean sin otro horizonte que sobrevivir cotidianamente. Y si ello es duro en la madurez, cuando se es un chaval resulta demoledor.

Tal parecería que viven abrumados por la consideración de que si no eres un ganador, o incluso un vencedor, no eres nadie. ¿Qué espacio les queda para soñar otra posibilidad? No hacerlo envejece, arrincona, acalla, rinde. ¿Qué les cabe imaginar? Resulta inquietante la desvinculación de la realidad, pero son bien poco estimulantes los permanentes ataques de realismo, de supuesto pragmatismo mal entendido que les requerimos. Ajustarse a lo que ya existe, buscar el bien propio, rentabilizar cada gesto, no esperar mucho y andarse con cuidado, sobre todo con mucho cuidado, genera otra forma de docilidad, una resignación que denominamos sensatez, y que produce tristeza. Para lo demás, queda esa mirada avejentada de quien no se siente capaz o sufre porque no triunfa rápido, porque se le resiste el éxito, porque no deja de ser chaval o, lo que sería algo similar, porque nunca parece dejar de serlo.

No es fácil saber qué hacer. En todo caso, nada es más saludable, ni más educativo, que el afecto. Y nada es más difícil que saber ofrecerlo, darlo. Ni se improvisa ni basta fingirlo.

Puede resultar peligroso amar mal, o mejor, malentender el querer. El deseo de abrazar a nuestros chavales no se reduce al necesario contacto, al imprescindible beso, a la proximidad, al calor cercano. Pero ningún proteccionismo elude la soledad. También la exigencia puede ser afecto, una forma adecuada de esperar algo de alguien, a fin de no reducirlo a apreciado y enternecedor peluche. Decir no no es siempre dejar de amar. Ni decir sí. Si no se transmite el saber y el conocimiento, se producirá violencia y resentimiento, personal y social, si no se comparten valores, la mirada perdida paseará descorazonadora y apagada buscando brillos y fulgores de trompetas y timbales grandilocuentes y peligrosos. Nuestros chavales se irán, y no sólo de nosotros, sino de su propio vivir, y se rendirán cautivados, cautivos.

La cultura de la ausencia de esfuerzo, de la inmediatez, del acceso fácil, de la combustión y del consumo que preconizamos con tantos de nuestros comportamientos dicta también su contundente y contagiosa lección y produce efectos implacables. Ciertamente, quizá, sólo quizá, está en sus manos su vivir, pero cabe decir, sin excesivos proteccionismos, que es indispensable velar con ellos, por ellos. Y un modo de hacerlo es empezar a ser de otro modo.

Una casa sin afectos no es un hogar. Tampoco lo es sin moradores. Quizá, la búsqueda permanente por parte de los mayores de estímulos en otros lugares, en otros contextos, en el trabajo, en el ocio, en el complejo mundo de las amistades, produce un fruto de casa vacía o sin alicientes, sin presencia, sin dedicación, sin calor, que explica un efecto de fuga donde no resulta fácil un almuerzo o una conversación compartidos. Es un pacto no escrito, una complicidad no confesada. Cada cual rentabiliza cómodamente ese vacío. Sin esa comunicación, todo produce efectos de chispa conflictiva o de denso silencio. Pasa tan poco, que parece preferible que no ocurra algo, probablemente peor.

Y resulta paradójico. Tan próximos, hasta el punto de producir invasiones de nuestro tiempo y de nuestro espacio, parecen a veces lejanos y enigmáticos. Los caminos y los esfuerzos, incluso sociales, son determinantes, pero nada suplirá la falta de afecto o el dejar de esperar en ellos, o el darlos por ya conocidos, que son formas supremas de indiferencia

Puede decirse, y con razón, que hay chavales animosos, desenfadados, que trabajan y luchan por labrarse caminos pero, en todo caso, ello no contradice estas consideraciones. Más aún, únicamente si tenemos en cuenta el temblor de sus latidos y algunas dosis de extravío podremos siquiera acompañar sus pasos, no limitándonos a asistir sobresaltados a sus irrupciones. Sólo cabe esperar que nos hagan mejores y que su mirada silenciosa devenga dicha, gozo, y alegría de vivir. Esos chavales no son en rigor nuestros, no son una propiedad, pero son nuestros chavales, reflejan de modo contundente verdades de nuestro vivir. Las hacen patentes. No es difícil recordar que lo fuimos. Su desamparo dice mucho de nosotros mismos.

A. GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.