LAS concentraciones humanas en Gijón, Oviedo y Avilés para protestar por la excarcelación del terrorista De Juana Chaos no fueron un acto de apoyo al PP, ni la consecuencia de un reflejo ultraderechista de la población, sino una prueba del profundo rechazo que sienten grandes sectores de la ciudadanía ante la política del Gobierno con ETA y Batasuna. Por dura que sea la imagen del terrorista excarcelado, orgulloso de los 25 asesinatos cometidos, no provocaría una movilización tan grande en toda España si no fuera una muestra más de la política antiterrorista del Gobierno, consistente en ocultar los planes que tiene con respecto al nacionalismo violento, tapándolo todo con la constante repetición de eslóganes vacíos: «Todo por la paz» (año 2006); «Todos contra ETA» (año 2007).
Al ministro Rubalcaba le tocó comunicar la mala nueva con tres calificativos: decisión personal, legal y humanitaria. La decisión fue de Zapatero, de nítido carácter político y con la mira puesta en evitar nuevos atentados de ETA, que serían nefastos para los intereses electorales del Partido Socialista. En cuanto al hipotético riesgo vital que sufría De Juana, baste recordar la jugosa peripecia del último fin de semana con su novia en el hospital para comprender que las palabras de Rubalcaba son más propias de una madre aprensiva con la salud de su hijo que las de un ministro del Interior con un terrorista en huelga de hambre.
Si la consigna del Gobierno en lo que va de año es «Todos contra ETA», no se entiende que ceda ante el chantaje de un preso de esa banda. El mensaje de Rubalcaba no era creíble, y por eso la vicepresidenta del Gobierno, Teresa Fernández de la Vega, añadió veinticuatro horas más tarde que «todos compartimos el rechazo que conlleva esta decisión». Con otras palabras: el Gobierno asume que le toca tragarse el marrón. Tras tres años dando cuenta de los acuerdos de los consejos de ministros, nunca había realizado una comparecencia tan a la defensiva la vicepresidenta del Gobierno.
No hacía falta que dijera nada Mariano Rajoy para que la gente tuviera ganas de protestar, como ocurrió en las principales ciudades asturianas. La reinserción del terrorista en el País Vasco es la gota que colma el vaso, porque la gente intuye que el Gobierno da por finalizado el periodo excepcional abierto por el atentado de la Terminal 4 de Barajas y cree llegado el momento de relanzar el 'proceso': De Juana se arranca la sonda gástrica; Otegi dice a la prensa catalana que el Estado no tiene que pagar ningún precio a ETA; traslado del terrorista De Juana al País Vasco; inminente comunicado de ETA Aquí viene bien la famosa cita de Kennedy: «se puede engañar durante poco tiempo a muchos o durante mucho tiempo a pocos, pero no se puede engañar durante mucho tiempo a muchos». Las urgencias electorales del Gobierno no se acomodan al lapso de tiempo que necesita el ciudadano medio para metabolizar sus emociones y poder pasar página.
Daños colaterales
El año electoral condiciona los movimientos del Gobierno, pero no se debe hablar en abstracto. Dentro de 84 días se celebran comicios autonómicos y municipales, así que toda esa presión emocional y social, generada por la singular política antiterrorista de Zapatero, la van a pagar los presidentes autonómicos, alcaldes, consejeros y concejales socialistas. Habrá daños colaterales. Para comprender esta situación vamos a recurrir a la analogía. Unos días antes del 19 de marzo de 2003, Aznar reunió a la dirección nacional del PP para decirles que el inicio de la guerra en Irak era ya inminente. En medio del silencio, levantó la voz Esperanza Aguirre para expresar una petición: «Que se acabe pronto». El 9 de abril terminaba el conflicto (en su fase de guerra abierta) y el 25 de mayo los socialistas ganaban las elecciones locales por más de 100.000 votos de diferencia, tras llevar perdidas cinco contiendas electorales con el PP.
Algún dirigente del Partido Socialista debería recordarle a Zapatero la frase de un antiguo ministro del Interior socialista: «Los experimentos con gaseosa». Y nunca mejor dicho lo de «experimento», porque todo lo que tiene de novedoso la política de Zapatero alcanza la categoría de experimento. Si nos fijamos en el famoso diseño territorial, nos encontramos con unos flamantes estatutos de autonomía que niegan el espacio competencial al Estado y convierten en ilusorio cualquier intento de revisar la financiación autonómica desde unas pautas de equilibrio territorial. La cocina de la política antiterrorista ya vemos los platos que sirve: el caldo de De Juana Chaos. En cuanto a la política exterior, Zapatero tiene la virtud de enemistarse con los americanos, y provocar a los alemanes, gritando '¿Viva Italia!' al negociar la entrada de Enel, empresa eléctrica controlada por el Estado italiano, en Endesa. Otros aspectos de la política española, como la gestión de la economía, van bien porque Zapatero se abstiene de incluirlos en su "experimento».
Los militantes socialistas sienten que están en deuda con Zapatero porque les sacó de la oposición y les llevó a un triple triunfo: municipales y autonómicas, en el año 2003, y generales y europeas, en el año 2004. Por eso callan sin rechistar. Pero no se deben engañar. En Asturias, los beneficios del tren tranvía no podrán competir electoralmente con los daños que provoca la excarcelación del terrorista De Juana. No se merecen los dirigentes socialistas asturianos que el enorme esfuerzo en obras públicas quede sepultado por la imagen blanqueada de Batasuna-ETA. Es injusto que los avances logrados en el empleo (nunca hubo tanta gente trabajando en Asturias) queden olvidados al hacer pasar por personas decentes a individuos miserables. Tal como están las cosas, el peligro para los socialistas asturianos está más en la política antiterrorista de Zapatero que en las propuestas electorales de Ovidio Sánchez. Curiosa ironía del destino: en caso de batacazo electoral les va a pedir cuentas el responsable último de la derrota. ¿Qué listo es Zapatero! ¿Por algo no se presenta para alcalde de Madrid!

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